Un año gaélico

Hace ya un año, doce meses, día arriba día abajo, que un amigo me preguntó si le acompañaba a probar un deporte nuevo: el fútbol gaélico. Al parecer, habían montado un equipo en la Illa de Arousa, y prometí ir con él. La vida es vivir experiencias nuevas, e ir a probar fútbol gaélico a la Arousa sonaba muy exótico. Por increíble que parezca, además, por entonces yo nunca había estado allí, en esa isla enclavada en la ría de Arousa y cuya fama la precede. Así, acudir a ese encuentro gaélico tenía también cierto componente de matar la curiosidad. La Arousa tiene fama de ser tierra de gente con carácter, de bateas y marisco y conservas, de muchas anécdotas deportivas, de narcos y de docenas de playas; así que al final fuimos a probar, y una tarde de sábado nos plantamos en el campo da Bouza, encontrándonos con lo que a día de hoy constituye el núcleo duro del Dorna FG. Aunque al principio me sentí un intruso (uno del Depor entre celtarras; uno del continente en tierra de isleños), mi padre ya me había advertido que a pesar de su carácter fuerte y peculiar, los arousanos eran gente que actúa de buena fe y con la palabra por delante, y que siendo todo corazón, si están contigo, están. Y ‘si hay que ir a hostias, van todos’. Esas aseveraciones, de buenas a primeras, casi daban miedo. Pero con todo, lo que yo y mi amigo nos encontramos fue un grupo de gente divertida y que estaban para divertirse (y ganar ganar ganar), y tras un par de sesiones, ya estaba adicto. Se tarda en entender las normas del fútbol gaélico, y aún hoy, doce meses después, me cuesta a veces no mezclarlas con las del baloncesto, mi deporte de procedencia. Por otro lado, me sorprendía (y aún me sorprende) el impulso que este deporte irlandés está viviendo en Galicia. El Dorna estaba, ya por entonces, enfocado con seriedad y, antes de lo que pensaba, estaba vistiendo su (nuestra) indumentaria blanca, negra y azul, en el torneo ibérico de Culleredo, en un día de calor tremendo. Desde ese día llevo el 3 a la espalda, y además, ganamos el primer partido, la primera victoria en nuestro palmarés. Aquel fue un torneo maravilloso. ¡Y cómo sabe la victoria! Ya casi me había olvidado de lo que era la competición, la adrenalina, el sudor, la persecución de objetivos, el estar sin pensar. En un 2015 lleno de derrotas y amarguras varias, ese ir y venir de Caldas de Reis a la Arousa trajo un poquito de luz a mis semanas, que empezaron a girar alrededor de los entrenamientos y de los largos intentos de empaparme de las normas, por no hablar de las dos docenas de nombres de mis compañeros, que tardé meses en aprender. Estoy convencido, a día de hoy, de que el fútbol gaélico limpió muchas toxinas y malas emociones de mi organismo, y de que me carga de energía. Pasó Culleredo, y también la Copa de Galicia en Teo, en donde repetimos victoria (frente a Pontevedra, remontada incluida) y buena actuación. El nombre de Dorna pasó de ser una pura anécdota (¿De dónde decís que sois? ¿Pero ahí vive gente? –escuchado en Culleredo), a ser conocidos en el naciente mundo del gaélico gallego. Supongo que empezamos a ser reconocidos especialmente por nuestra intensidad dentro y fuera del campo (nuestro banquillo es uno de los más rebeldes de la liga). Corremos más que ningún otro equipo, y apretamos los dientes. Esa es nuestra bandera en la vida. Y yo, que nunca antes había estado en la Arousa, empecé a sentirme allí como en casa, a conocer la idiosincrasia de sus habitantes, aprendiendo sobre ese sentido de pertenencia a un lugar y sobre la voluntad de conservación y cuidado, a conocer su historia prendada de anécdotas e inclusive a saber moverme por sus calles, en las que aún ahora me desoriento fácilmente. Todas esas son sensaciones maravillosas. También aprendí de humildad y de orgullo. Con la llegada del verano, pasé a desempeñar funciones de CM, administrando las redes sociales del equipo, pero también en la búsqueda continua de patrocinios, o haciendo carteles, o cualquier cosa, porque ya entonces el proyecto era firme y crecía de forma imparable, no sólo en lo deportivo, sino también en su atmósfera más social. Empezamos a hablar de la creación de un equipo de mujeres, también de la posibilidad de hacer uno de niños, de talleres en colegios, de pedir ayudas para montar las porterías propias del fútbol gaélico, de organizar fiestas recaudatorias, de sorteos benéficos, de recogidas de alimentos. Y también el grupo crecía, con la incorporación de nuevos miembros y siempre abierto, como ahora, a la participación de cualquiera que quiera ir a probar el fútbol gaélico. Tras el verano, participamos en el europeo de A Estrada, con nuestra vitola de equipo sorpresa ya olvidada, y ganamos unos cuantos partidos. Los rivales ya conocían nuestro grito: ¡Sopa de caracol! ¡UH! Y comenzó la liga, con victorias, y con la satisfacción de ver el campo da Bouza lleno de gente que se acercaba a conocernos y a conocer el fútbol gaélico, gente que a los pocos minutos seguía el partido con intensidad y animando como si fuesen aficionados de toda la vida. Y así seguía nuestro camino de institucionalización, forjando la historia de un club que más que club ya es familia, un club en donde cada cual aporta lo que puede para que las luces del Dorna FG estén siempre encendidas.

Y hoy, un año más tarde, y ante la posibilidad de que vuelva a irme del país y aparcar el gaélico temporalmente, no puedo sentir más que alegría de formar parte de este mundo y del Dorna, de haber conocido personas tan excelentes, compañeros de equipo y rivales sólo en el campo, de haber vivido experiencias de vida invalorables, oro puro. Estas palabas son el pequeño agradecimiento público de un escritor también pequeño por estos doce meses gaélicos que vienen a cumplirse estos días.

No puedo más que acabar con lo inevitable:

¡FORZA DORNA!

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Un comentario en “Un año gaélico

  1. Pingback: Un ano de gaélico | aullando

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