8 de diciembre; RIBADEO – LOURENZÁ

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Senda Estelar 420

Carecer de algunas de las cosas que uno desea es condición indispensable para la felicidad. B Russell

 

Por la mañana hace mucho frío, salimos del albergue inspirando ese aire helado mientras todos los demás se van despertando y empezando a recoger sus cosas. Ribadeo está desierto, nos terminamos metiendo en un bar cualquiera a desayunar unos churros. Un jubilado nos explica el trazado con profusión de detalles inútiles. Al abandonar definitivamente el pueblo, un mojón solitario nos indica que estamos a 193,830 km de Santiago, una exactitud que me resulta pretenciosa y estúpida. Vamos internándonos a un mundo poblado de eucaliptos, con su aroma mezclado con el de la lluvia sempiterna que cae sobre nosotros. Las nubes van pegándose al suelo, intensificándose por momentos mientras el camino pica hacia arriba, hacia un lugar llamado Vilamartín. Pasamos una fuente, caminos imposibles, mientras los cuatro gallegos que llegaron tarde al albergue nos alcanzan y sobrepasan. Luego les devolvemos el adelantamiento, mientras ellos se paran bajo un alpendre con mucha guasa. La lluvia aprieta, en los arcenes del camino pisamos la luz pálida y bermellonas amanitas que nos observan con la misma indiferencia que las vacas, muchas de ellas rotas por la constante caída de gotas.

Cuando llegamos a Vilamartín ha dejado de llover, y en el cielo lucen grandes claros por donde entra la luz del sol. El mar ya quedó atrás, y no volverá en lo que nos falta de camino, al igual que las vías del FEVE, que han ido jugando con nosotros desde Bilbao y que ahora se apartan de nosotros, bordeando la costa de la Mariña lucense. Lo que ahora tenemos ante nosotros son las mareas eternas de eucaliptos que cubren los montes como una pátina de nieve, densa e irrompible, en cierto modo desagradable. En las fincas de alrededor, veo navizas creciendo con la fuerza de la humedad y el invierno, y planeo mentalmente robar algunas para cocerlas y comérmelas, un año más tarde de la última vez que lo hice, pero al final no lo hago. Y no por respeto a su legítimo dueño, sino por cobardía. Siempre he sido un poco cobarde, reconozco para mí mismo.

Me paro un momento para cambiar los calcetines mojados, y aprovechamos para comer un poco del pan con pasas. Sentados en un tronco caído, atrás de nosotros las chimeneas de un par de casas escupen humo.

Respiro. Este Vilamartín es el Pequeño, hemos de seguir subiendo hacia el Grande, y por el camino huyo del silencio escuchando al Sr Chinarro, que no me gusta y precisamente por ello es el álbum que menos trillado tengo. Max camina de nuevo haciendo el tonto, especialmente dedicado a las imitaciones de Kim. La verdad es que clava la imitación, con su Many many kilometers y el Long long long way. María siempre se ríe al verle. Me pregunto qué pensaría el coreano si le viese. ¿Se identificaría a sí mismo en la imitación?

Senda Estelar 423

No hay nada entre Gondán y San Xusto, solamente monte. Los cuatro gallegos se paran a comer en un restaurante en mitad de la nada, y nosotros nos tomamos una caña rápida mientras vemos llegar a Jordi, a lo lejos. El catalán planea quedarse en el refugio de Gondán y no seguir hasta Lourenzá, algo abatido por tanta lluvia. Mediterránidos, pienso. Max, María y yo avanzamos los últimos kilómetros hasta llegar a destino, tranquilos, Max con su música y María y yo hablando de Nietzsche y del uso que los nazis hicieron del término de superhombre como argumento a favor de la supremacía aria, y luego también de Freud y de los sueños y su interpretación, y de nuevo de Nietzsche al hablarle de El día que Nietzsche lloró y de la esa película de Viggo Mortensen cuyo título no recuerdo pero en la que interpreta a un profesor alemán en la época previa a la Segunda Guerra Mundial, y que expresa a la perfección el impacto de la connivencia.

Y finalmente aparece ante nosotros la escuálida y languidecida Lourenzá, sus calles vacías y la impresionante fachada de la iglesia, al parecer un ensayo previo del mismo arquitecto que diseñó la de la catedral de Santiago.

Senda Estelar 427

El albergue es nuevo. Ponemos rápidamente la ropa a secar frente a un ventilador de suelo, mediante un complejo sistema de sillas y apoyos, y también las botas, y luego nos damos una ducha.

Senda Estelar 428

Al rato, aparece el hospitalero, que se limita a cobrarnos y poco más, y los tres salimos hacia algún bar. Pretendía no gastar, pero termino comiéndome un bocadillo de queso. A nuestro lado, un grupo de jubilados juega a las cartas con aire de sobremesa, enfadándose entre ellos medio en broma medio en serio. Uno de ellos tiene un parecido sorprendente con Harry el Sucio, y lo mira todo con malos ojos y el gesto torcido en la cara. Mirándole, me gustaría saber qué pasa por su cabeza, cómo es su vida, qué cosas he adivinado de ella correctamente y cuáles no.

 

Leo sobre la teoría de conjuntos, intentando entenderla, pero finalmente hastiado, leo un nuevo capítulo del libro de los filósofos (Russell). Anochece un día sin historia a más o menos 163 kilómetros de Compostela. Las cifras empiezan a parecerse a una cuenta atrás, quizá porque ya estamos en Galicia y cada vez queda menos para llegar. Todo resulta inminente.

Le digo a María lo que me frustra la cocina del albergue, porque sería perfecta si no fuera por su carencia de sartenes y ollas. Eso nos obliga a cenar en frío, o buscar un bar. A media tarde, llegan los cuatro gallegos haciendo un barullo increíble y alegre, casi exagerado. Están rompiendo la rutina de sus vidas y eso les hace sentirse felices. Con su barullo de fondo, juego con María a un Conecta 4 enmohecido, y recuerdo vagamente mi infancia mientras me destroza. Termino por hacerme el enfadado, negándome a aceptar mi obvia derrota, y en esto llega otro peregrino, un muchacho moreno y de rostro algo achinado que resulta ser medio ecuatoriano.

 

Caminamos por la calle oscura cuando observamos una impresionante pelea ninja entre dos gatos en celo. Estamos buscando algún bar en este pueblo vacío, y terminamos encontrándolo. Igual que los cuatro gallegos, que lo habían encontrado antes que nosotros. Arrinconados entre familias jóvenes y grupos de amigos, hablamos de budismo, del samsara y de la realidad, del tú eres yo, y cenamos algo dejándonos llevar por el ruido de los niños, que juegan corriendo y dejándose caer al suelo sembrado de cáscaras de cacahuetes; y por los cubiertos sobre la mesa, el entrechocar de copas. La Navidad ya está tan cerca. Tiempo de reencuentros.

Senda Estelar 422

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Un comentario en “8 de diciembre; RIBADEO – LOURENZÁ

  1. Pingback: 9 de diciembre; LOURENZÁ – GONTÁN (ABADÍN) | aullando

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