9 de diciembre; LOURENZÁ – GONTÁN (ABADÍN)

ETAPA ANTERIOR

Senda Estelar 443

Ningún sistema moral puede basarse únicamente en la autoridad. AJ Ayer

 

Al menos no llueve, pienso. La mañana es oscura, cielo negro al abandonar Lourenzá por una carretera vacía que parece subir hacia la nada. Los valles están inundados de niebla, una niebla pegajosa que se nos descubre a medida que nace la luz, desparramándose por el mundo como si siguiese la sencilla y paródica ley de movimiento de la luz del Mundodisco de Terry Pratchett. Estamos atravesando aldeas silenciosas no sé si por muerte o por abandono o por soledad, todas en esta senda que conduce a Mondoñedo. El sol empieza a iluminar los valles que adolecen bajo esa niebla líquida, y todo es una visión esplendorosa y radiante, también fantasmagórica, indudablemente bella.

Senda Estelar 434

La senda se convierte en un corredor entre muros de fincas con el suelo cubierto de fango, musgo en las rocas. La rama colgante de una silva me roba la cinta del pelo, me devuelve a una realidad en la que noto los isquiotibiales duros y tensos. En las casas que despiertan, los perros guardianes nos saludan y acompañan como si, de pronto, quisieran ser también ellos peregrinos. Me sorprende el aspecto de los hórreos, alzados en lo alto sobre enormes pilares que se convierten en arcos que atravesamos.

Bajamos una pendiente en absoluto silencio, para luego avanzar por la nacional. En una señal de tráfico encuentro una pegatina con inscripciones en un idioma que podría ser polaco, y me acuerdo de Mirek. Luego paramos a tomar algo en la cafetería de un hotel, y hacemos la compra. Al salir está llegando el silencioso peregrino medio ecuatoriano, por detrás los cuatro gallegos, estruendosos y amenazando con tomarse la primera caña del día.

Senda Estelar 436

Son las diez de la mañana.

 

En el centro de Mondoñedo, una señora nos dice valientes.

A mí me emociona el resto de la etapa, que desde Mondoñedo asciende durante casi siete kilómetros por un valle estrecho hasta coronar al principio de la Terra Chá. Empezamos a subir, pronto queda atrás el chico medio ecuatoriano, que ha empezado el camino el Ribadeo y cuyas piernas aún no aguantan el ritmo de los que llevamos cientos en nuestras piernas (¡cómo suena eso de cientos!). La carretera está medio asfaltada pero visiblemente abandonada, a la izquierda corre un arroyo flanqueado de robles, al otro lado del cual la tierra se dobla y asciende hasta conformar una cresta de la cual brotan como champiñones decenas de molinos eólicos y una autovía recién estrenada. El bosque lo puebla todo, a veces primitivo, de carballos bajo los cuales crece la hierba, a veces artificial, eucaliptos. Con cada kilómetro, se queda a nuestra izquierda una aldea abandonada, en los tejados de las casas el musgo, entre casa y casa postes de madera del tendido eléctrico rezumando humedad. El paso del tiempo y de los inviernos.

En un recodo del camino, veo a una anciana que está sentada en una silla plegable y nos saluda al pasar, me imagino que pasa el día entero en esa posición, viendo pasar peregrinos, quizá las únicas personas que ve desde que se levanta el sol hasta que cae.

Seguimos ascendiendo con paso calmado y constante, envueltos en un silencio que solamente rompen el agua que corre por todas partes, y los pájaros, y el siseo débil que dejan los coches a su paso por la autovía. Un lugar llamado Maariz, cubierto de vacas. Hay un albergue que muestra como amigable símbolo un bisonte, su hospitalera es una alemana emigrada que quiso huir de todo pero no de todos, y que busca en el peregrino su propio reflejo. El paisaje es innegablemente bello, e intento recordar en vano a Russell para tener algo de qué hablar con María, pero lo cierto es que no he retenido nada de su historia. En cambio, empiezo a recitar el nombre de todos los pueblos por donde hemos pasado desde aquel lejano primer día en Irún. Lo cierto es que los recuerdo todos. María se enfada conmigo de broma, envidiando mi memoria, sin darse cuenta que mi memoria es de un tipo bastante inútil en el mundo moderno.

 

Paramos en Lousada a comer algo de fruta. Hemos dejado atrás una casa derruida, una más de esa serie de miles que ya han pasado por delante de mis ojos. Es un cementerio metáfora del tiempo.

Senda Estelar 444

Tras el receso, nos desviamos de la carretera asfaltada por un camino de gravilla que desciende un trecho, hacia un arroyo. Debajo de todo hay unas extrañas edificaciones devoradas por la maleza y que se parecen a un búnker. Max y yo los miramos intentando averiguar su finalidad, pero no hay ninguna inscripción que la delate, y nuestros intentos de detectives aficionados se quedan en nada. Ese corto descenso termina y entonces el camino pica hacia arriba, en una subida larga y brusca que nos saca del bosque y expone al aire y al sol que brilla entre las nubes. Estamos subiendo desde la costera Mariña lucense hacia la Terra Chá, la planicie que cubre parte de la provincia. Al llegar a la misma altura que la autovía, escuchamos su estruendo, hasta ahora oculto. El camino que sigue la carretera es precioso, serpenteando por la cima de los montes y entre molinos.

Senda Estelar 445

Estoy sudando, y empiezo a notar el cansancio en mis piernas.

En el cruce de una rotonda, un siniestro muñeco atado a una señal. El mojón marca 146.

Senda Estelar 448

En una explotación ganadera, se me estremece el cuerpo al observar a una vaca que tiene un ojo tan hinchado y ensangrentado que parece ir a reventar. La miro y me da la impresión de que quiere que sigamos, que dejemos de mirarla, y se gira como para ocultar su desgracia, como diciendo Ya nada se puede hacer por mí, qué más da. Me hace sentir muy triste, pienso en la vida de esa vaca, en la vida de cualquier animal, en cómo le roban la energía. En cómo la matan.

Podríamos cambiar el matan por matamos. Sería más realista. ¿Alguien quiere un vaso de leche, o un pedacito de queso?

 

El albergue de Abadín, en Gontán, también es nuevo. Recogemos las cosas para ducharnos, y me doy cuenta de que he olvidado el champú en el albergue anterior. Y ya van tres veces. María me mira sin decir nada e incapaz de creérselo. Después de la ducha, caminamos hasta el pueblo desolado a hacer la compra. Son un puñado de casas alrededor de una calle, podría ser perfectamente Arizona. A la vuelta, hablamos con el hospitalero de jabalíes, de gamos, de bosques de acebos y de la falta de explotación turística de la región. Y menos mal, pienso yo, para luego preguntarle sobre los extraños edificios que encontramos cerca de Lousada. El hospitalero es honesto con su ignorancia, así que aprovecho la wifi para husmear en google, y al final, descubro que esos edificios eran hornos de cal, lugares en donde se machacaba y calentaba la piedra para extraer un polvo lo más fino posible.

En esto ha llegado Jordi, armado con material para cocinar una tortilla, y mientras lo hace la tarde avanza. Afuera en el balcón, las botas se secan, y noto una punzada de nostalgia anticipada, la de un viaje que está terminándose. Igual que todos los viajes, supongo. Intento sacarme de encima esa sensación mientras leo y Jordi cocina a ritmo de reggae, en la mesa una cerveza solitaria. Esta paz la rompen los cuatro gallegos, que entran armando el estruendo acostumbrado. También ha llegado un hombretón francés llamado Pepe, solícito y extraño, también silencioso y muy observador, al que Max ha conocido en una etapa anterior, y que no parece capaz de integrarse con los demás. O quizá no quiere, pienso.

Jordi está intentando una finalmente fallida tortilla sin aceite. Cuando termina, los gallegos cocinan bistecs. Mañana se vuelven ya a Redondela, y tienen un caldero lleno de hielo y vino tinto para celebrarlo debidamente. Somos casi diez alrededor de la mesa, y comemos y escuchamos las historias que cuentan los gallegos, que son tres hermanos y un cuñado. Todos son muy divertidos. Uno se escapó de su mujer, engañando a su yerno para que le llevara hasta Luarca, pero el cuñado es, con diferencia, el que cuenta las historias más divertidas. Lleva una camiseta de asas, el pelo largo y desordenado y canoso, y es un auténtico dandy punkarra que habla con alegría de sus viejos tiempos en el Vigo post-industrial. Su anécdota estrella es hilarante: volviendo a su casa, un vagabundo le pide una moneda y él responde con un histriónico Yo iba a pedirte lo mismo, y entonces el supuesto mendigo le da algo de dinero, y le revela el complejo sistema de falsos pedigüeños que puebla la ciudad. No sabría decir si me creo o no la historia, y desde luego, ¿qué más da? A estas alturas, el francés se ha aburrido, en parte molesto porque nadie ha querido probar su ensalada de kiwi, y ha desaparecido dejando el vino tinto sobre la mesa.

 

Todavía queda tiempo para que le explique a Max lo que he descubierto del camino de Santiago, la Senda Estelar. Lo hago con la ayuda de un mapa del Camino de Santiago que cuelga en la pared, y con dificultades para explicar algunas cosas en inglés.

Afuera, todo es silencio. Mientras me meto en cama, me arde la piel. El vacío es pura potencialidad, pienso.

Senda Estelar 441

 

Anuncios

Un comentario en “9 de diciembre; LOURENZÁ – GONTÁN (ABADÍN)

  1. Pingback: 10 de diciembre; GONTÁN (ABADÍN) – VILALBA | aullando

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s