10 de diciembre; GONTÁN (ABADÍN) – VILALBA

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Senda Estelar 455

No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo. A Camus.

 

Nos damos un desayuno tan abundante y largo que da pereza ponerse en marcha. De aquí a Vilalba (la capital de la Terra Chá) solamente distan veinte kilómetros, y los afrontamos con la misma calma del día que crece. Remontamos la cuesta y atravesamos un Abadín medio desierto. Yo hablo con Max de drogas: LSD, DMT, cristal; y en estas nos despistamos y perdemos las flechas. Damos media vuelta al llegar a una rotonda, y a los pocos metros nos reencontramos con el camino, aunque Max mira la nacional con la pena de ver que por su asfalto la etapa sería incluso más corta. La senda es más bella, sin embargo, siempre. El cielo está pegado a los prados que la flanquean, también acaricia las arboledas.

Son caminos entre muros en los que me enfrasco en una larga carta mental a mí mismo, una en la que cuento mi propia historia vital de los últimos años. Recuerdo especialmente los días de San Pedro y del tango que bailé con María en un día de mucho calor que empezó con pura desesperanza. La atmósfera es vagamente tenebrosa, la niebla lo cubre todo y no hay ninguna referencia topográfica, es todo jodidamente llano. Nos encontramos con pocas casas, dormidas entre caminos de gravilla y agua, hojas y barro, túneles rodeados de vacas y hierba. En algún momento, empezamos a hablar de lo que los sentidos pueden llegar a percibir, de qué grado de ajuste puede presentar esa percepción con la auténtica realidad, si es que esta existe, de ese hombre que puede, literalmente, escuchar la wi-fi en cualquier habitación, de la sinestesia y otros supuestos desórdenes perceptivos. A mí eso me lleva a pensar en Kant y su nóumena, pero mis pensamientos se cortan porque no hago más que parar a mear. He bebido demasiado té, y María y Max bromean al respecto. Luego la conversación se corta de nuevo, y empiezo a escuchar a Samaris, que es un acompañamiento perfecto para este ambiente. Por delante, María está algo taciturna y concentrada en sí misma, camina sola.

Vuelvo a enredarme en mí mismo, fantaseando con escribir mi propio Tratado de la realidad escrito a los treinta, usando el estilo que en los últimos tiempos vengo disfrutando a la hora de escribir ensayos. Sabiendo, al mismo tiempo, que jamás tendré la paciencia suficiente para escribir algo de esa envergadura. Creo.

DON´T GIVE UP.

Senda Estelar 456

 

La mañana transcurre evitando charcos. Cruzando puentes. Llegamos a un lugar llamado Goiriz en donde los muros han sido devorados por la naturaleza. Las nubes cada vez más bajas. Hay un largo puente romano en cuyo arcén deslumbran cascarones de viejos ordenadores de mesa.

Senda Estelar 459

Atravesamos el patio de una casa en donde un anciano meditabundo languidece apoyado en su bastón, tranquilo y con los ojos de pronto alegres al observar un cachorro que me persigue, intentando que le vuelva a tirar una piedra. Luego nos recibe la nacional, alrededor de la cual vamos girando como la serpiente alrededor de la copa de Higía. Hay un cementerio, sus panteones exhiben techos picudos que se remarcan a sí mismos sobre el cielo gris. Esta forma de la senda de meternos y sacarnos de la nacional me parece peligrosa, existe riesgo de atropello en una carretera nacional completamente llana y recta.

Senda Estelar 457

Pero pronto llegamos al polígono industrial de Vilalba, en donde un albergue completamente nuevo nos recibe con su aspecto de ataúd negro. Es como un enorme cubo de antracita. Dentro, una hospitalera sudamericana visiblemente aburrida nos dice que ya casi no hay peregrinos, y tras las indicaciones habituales, se sume de nuevo en el silencio inevitable del que mira llover. Al menos, hay cocina, y María y yo caminamos bajo la lluvia para ir a comprar al pueblo. Es una recta eterna que la lluvia transforma en postal tristona. Casas abandonadas. Flores a destiempo empapadas de agua. Metal oxidado. Hago una de las fotos más bellas del camino.

Senda Estelar 462

Para cuando estamos de vuelta, Max ya ha hecho la comida, una pasta con calabacín y cachitos de jamón que no es muy del agrado de María, vegetariana, pero que está bastante rica. En la larga sobremesa dentro de la cocina caliente, leo sobre Sartre, Beauvoir y Camus, como si fueran un triunvirato, luego también a Bolaño, que por momentos se convierte en un filósofo mucho mejor que esos tres franceses tan pretenciosos. Hago un último intento de comprender la teoría de conjuntos, pero me rindo.

 

María intenta hacer una tortilla, tras días de comentarios acerca de lo buena que le sale. Mientras tanto, el francés extraño, Pepe, nos hace incómodas preguntas, tratando en vano de resultar trascendente y profundo. What is love? What is for you a friend? Durante un rato, intento responderle, pero luego me doy cuenta de que Pepe está perdiéndose en los vasos de vino, y le ignoro sin piedad. Hay cosas que no se pueden explicar, exceden la capacidad de la razón y también del propio lenguaje humano. También hay personas que no pueden aceptar esto, y que confunden profundidad y esencia con tedio. En este rato, a María se le ha pegado la tortilla a causa de una sartén defectuosa, y la tortilla termina convertida en una tortilla deconstruida que la hace enfadarse y marcharse a dormir. A mí me hace gracia, pero lo disimulo como puedo.

 

El negro no es un buen color para un albergue. De noche, toda esa pizarra resulta tenebrosa y siniestra. Me meto en cama.

Senda Estelar 454

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Un comentario en “10 de diciembre; GONTÁN (ABADÍN) – VILALBA

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