Cáncer, ¿tiene cura?; de Javier Herráez

reflexiones medio fragmentadas de una lectura iluminadora

Hay textos que llegan a ti en el momento justo; o que quizá parecen llegar en el momento justo porque es eso lo que precisamente necesita tu alma; o que, simplemente, ya están en ti, de alguna forma. He tenido la fortuna de vivir esa sensación varias veces, la última con Cáncer, ¿tiene cura?, de Javier Herráez, un médico oncólogo al que hace tiempo descubrí a través de la entrevista que le hizo Alicia Ninou (cuyo canal de Youtube recomiendo). Aunque su título pueda dar pie a pensarlo, el libro de Herráez no habla exclusivamente de cáncer, sino de vida y salud y bienestar, de cómo afrontar la existencia de forma valiente y sincera, ofrece espiritualidad y auto-comprensión. Sin prejuicios ni exclusiones fáciles.

El libro es de libre descarga (aquí).

 

Curiosidad: leyendo el prólogo de La práctica de lo salvaje, de Gary Snyder (Varasek Ediciones): Ser verdaderamente libre es aceptar las condiciones esenciales tal como son: dolorosas, transitorias, abiertas e imperfectas. Curiosidad porque ha terminado de dispararme a hablar del libro de Herráez, algo que mi cabeza llevaba rumiando unos cuantos días. Son textos que llaman textos.

 

La enfermedad es una forma de darnos tiempo a cambiar o Deja de considerar al remedio externo como la única ayuda posible […] Tenemos miedo a nuestro propio poder porque es el gran desconocido. Esta sociedad nos ha enseñado (engañado) a delegar la auto-comprensión de nuestro propio cuerpo y nuestra alma en otros, a ceder ese enorme poder (y responsabilidad) y convertirnos en autómatas. ¿Exageración? Echando una mirada al exterior, a la calle de cualquier pueblo, cualquier ciudad, se puede ver ese modo de comportarnos: velocidad de crucero hacia la muerte. Así es cómo nos movemos. Hasta que algo nos detiene. Una enfermedad, un accidente, una tragedia. Nuestra salud física la delegamos en los médicos, la espiritual, en los religiosos (o en el vacío). Estamos despistados de nosotros mismos (No estás deprimido, estás distraído, clamaba Facundo Cabral), y la enfermedad aparece para decirnos algo. SIEMPRE hay un significado en ella, al cual podemos acceder si lo hacemos a través de la honestidad y la intuición, esa gran despechada del mundo científico mecanicista racionalista que nos ha tocado en desgracia vivir.

 

Herráez defiende sin dudas la integración de todas las medicinas que pululan en el mundo humano. Sin caer en dogmatismos fáciles, ni en bandos marrulleros entretenidos en acusarse mutuamente. La medicina científica acusando a las demás de no-científicas, otras medicinas, intuitivas, acusando a la científica de deshumanidad y mentira. ¿Tiene que ser así? ¿Acaso no podríamos no escoger, y tomar lo más adecuado de cada una en función de nuestras necesidades y nuestras percepciones personales? ¿Por qué nos reducimos a nosotros mismos a valorar la enfermedad como una molestia, como un enemigo al que hay que batallar hasta la muerte? ¿Es tan escandaloso empezar a valorar que la enfermedad puede estar hablándonos de algo en lo que hasta entonces no habíamos pensado?

Pues sí. Al parecer lo es. Muy escandaloso.

 

¿Por qué enfermamos? ¿Por qué esa máquina tan perfecta que es el cuerpo humano acaba enfermando, de una forma u otra?

Todos hemos estado enfermos, o lo estaremos, o lo estamos ahora mismo (esa misma diferenciación entre estado enfermo, estado sano, es a veces difusa y casi imperceptible). La gran mayoría de nosotros, en este Primer Mundo, solucionamos la enfermedad con tiempo o con un médico (o de la forma que sea), pero en general nadie se para a pensar demasiado en la naturaleza de la enfermedad (y esto no es cuestión de conocimientos). Nos limitamos a pensar cómo nos sentíamos cuando estábamos bien, y en la enfermedad, perdido ese estado de confortabilidad, buscamos volver a él cuanto antes. Fácil y básico. Reflexión, cero.

Y Herráez apunta algo que en nuestra sociedad es muy común y cotidiano: el miedo: porque el miedo causa bloqueo y está íntimamente relacionado con la falta de flujo de energía y con el descenso de esta. Y estamos todos, como pensé al leer esto en su momento, tan tan asustados.

Se exige cambiar la noción de enfermedad como enemigo. Porque la enfermedad es una aliada. No hay necesidad de luchar contra ella, sino de desarrollar la salud, pues esta depende hasta en un 60% de nuestros hábitos mentales y físicos, del ambiente y el estilo de vida.

Así que hay espacio para crecer.

 

Del mismo modo, los microorganismos, habitantes de nosotros mismos, han sido considerados largo tiempo como enemigos. Nos hacen daño y hay que matarlos. Pero ya incluso la ciencia oficialista reconoce que nuestros microorganismos son parte de nosotros mismos, somos nosotros mismos. El ser humano es un colosal ecosistema en donde vive una cantidad impresionante de seres vivos, entre los cuales apenas hay separación. Somos más microorganismo que ser humano.

Entonces, ¿por qué esa consideración de enemigo? Si ahora tenemos una infección de garganta. O una candidiasis. O un herpes. Significa algo. La presencia de esa incomodidad indica algo. Sin embargo, al llegar al ambulatorio, la medicina oficialista nos empuja a batallar contra el microorganismo en cuestión y así eliminarlo. Y el significado que nos lanza a la cara su aparición jamás llega a nosotros.

Hay que hacerse la siguiente pregunta: ¿por qué ese microorganismo, que vive en nosotros o alrededor de nosotros o con nosotros, de pronto, decide ir en contra de su propia casa y provocar una infección, incluso matar? ¿No será, más bien, que somos nosotros los que hemos favorecido toda la situación?

 

Hay otros caminos.

Herráez cita en varias ocasiones la película documental Ayurveda, El arte de vivir, que relata una forma de curar radicalmente diferente. Se ven cosas similares en documentales sobre medicina china. La ciencia oficialista, en general, tacha todas estas prácticas de anticientíficas. Pero su posición suele ser, a menudo, también anticientífica (aceptación de estudios que no cumplen con la práctica científica y que se apoyan en meros intereses económicos o de poder –dar ejemplos alargaría este texto hasta el infinito), así que, ¿dónde está su integridad, su legitimidad?

No comprender algo no significa que sea falso, o que no exista. NOTA: la acupuntura fue tachada durante décadas de pseudociencia. Hoy, ya han sido descubiertos ramales del sistema linfático que corren, precisamente, por los mismos lugares por donde la medicina china lleva siglos afirmando que se sitúan los canales de acupuntura.

INSISTO: no comprender algo no significa que sea falso, o que no exista. (la lectura de El médico perplejo, de Robert S. Bobrow, también es ilustradora).

 

Como decía más arriba, dar ejemplos de cómo los intereses económicos contaminan la supuesta ciencia oficialista sería casi eterno, y hay decenas de libros por ahí sueltos que detallan casos flagrantes. Es especialmente duro observar cómo se han cubierto completamente descubrimientos médicos importantes, como el del español Antonio Bru, que recuerdo haber visto durante unos días en el telediario de Antena 3, hace años, y que luego desapareció para siempre; o el del BioBac, un producto con resultados probados y reconocidos que, de la noche a la mañana, fue prohibido y tachado de ilegal y de no probado. Otros médicos y científicos han acabado en la cárcel por defender prácticas médicas más humanas y de perspectiva amplia, como el doctor Hamer, prácticas que empoderan al propio paciente para que tome parte activa en su propio salud. Si nos introducimos en temas de dieta e intereses económicos, la ciencia oficialista se cubre de vergüenza, sangre y delito. Pero la dieta no es patentable.

¿De veras alguien sigue confiando en la ciencia oficialista, esa misma que se anuncia en la TV?

 

Entre otras muchas cosas, Herráez recomienda en su libro unos nuevos mandamientos que hagan la práctica médica más libre y objetiva, notablemente más humana, y lo hace sin necesidad de renegar de fármacos alopáticos en favor de los naturales (¿por qué habría que elegir?). Propone que los médicos receten solamente medicamentos de larga experiencia, con muchos estudios realizados sobre su eficacia y efectos secundarios, y que se usen siempre los menos posibles; que sean baratos y accesibles, y que ningún médico acepte nada de los laboratorios; que se prohíba la publicidad farmacéutica, y que se luche para que cada médico pueda disponer de media hora para tratar a cada paciente. Etcétera.

Un radical, ¿no? (el médico Juan Gervás se expresa en términos muy similares, también aquí, en el blog del implicado periodista Miguel Jara).

 

Cuando uno profundiza en ese batiburrillo de gurús, algunos charlatanes, de prácticas diversas, medicinas naturales, naturistas, herbolarios, indicaciones, consideraciones, etcétera, es fácil encontrar, también, profundas críticas a la ciencia oficialista. Muchas son merecidas. Pero si algo he aprendido de Herráez es que hay que aprender a tolerar todas las perspectivas y a juzgarlas con criterio propio, sin ceder esa capacidad de criterio a otros. No importa si nos hablan de homeopatía, ibuprofeno, hierbas en infusión o constelaciones familiares. Todas pueden aportarnos algo, todas pueden ayudarnos cuando algo se manifiesta en nosotros. Sin olvidar, nunca, de que ningún remedio externo tiene la solución definitiva a lo que nos ocurre.

 

Así que hagamos algo, algo con nosotros mismos. Rompamos el cielo. Digamos no a lo que se espera que hagamos para seguir formando parte de esta gran manada. Asumamos el riesgo, y tomemos acciones concretas a todos los niveles. Practiquemos el amor, a nosotros mismos y a los demás.

Supongo que alguno estará pensando que todo esto es demasiado místico, demasiado abstracto. Pero en realidad no lo es. Antes he citado que hasta el 60% de los factores de riesgo (factores, no causas) dependen del estilo de vida, de los hábitos, de las emociones. Aquí todo se vuelve más concreto. Reneguemos de azúcares industriales y edulcorantes de mierda. Bebamos agua de manantial (y si no la tenemos cerca, usemos algún aparato que filtre). Digamos NO a todo lo refinado, ya sean harinas o sal o lo que sea. Nuestro cuerpo necesita productos frescos, que podamos imaginar creciendo en el campo. Aceite de oliva virgen, y aguacate y frutos secos, y ajos y cebollas. Jengibre. Dejemos las frituras y tostados para el infierno. Paremos de sobrecocinar verduras. Y que siempre sean de temporada, igual que las frutas. Huyamos de carnes, y si hubiéramos de comerlas, que sean lo más orgánicas posible, y que los animales de los que proceden hayan sido tratados justamente (puesto que su sufrimiento pasará de ellos a nosotros, por pura connivencia). Comamos con mesura, el exceso también refleja un conflicto. Agradezcamos por alimentarnos, por seguir vivos. Agradecer es la clave.

Y meditemos, respiremos. Meditar y respirar ayuda a tomar el miedo entre las manos y hacer una pelota con él. Le quita su base. Evita que nos controle.

 

Para los que viven (vivimos) un viaje sin paradas, la recomendación es clara: de vez en cuando hay que parar y aprender a ver los signos de nuestros conflictos: no sé lo que me pasa o estoy hecho un lío o lo tengo todo y no me siento bien.

Hay que entrar en contacto con el yo interno y esto sólo se consigue con la meditación.

Así que, otra vez: meditemos.

Todos los conflictos tienen como base un vacío existencial absolutamente epidémico hoy en día, y que tiene como base el conformismo (hacer lo que todo el mundo hace), el totalitarismo (somos manipuladores manipulando, manipuladores manipulados) y la falta de valores.

De vez en cuando, necesitaremos parar, mirar. De lo contrario, nos perderemos en un movimiento hacia ninguna parte, sin haber aprendido nada. Y los aprendizajes que no realizamos, vuelven. Tarde o temprano.

 

La medicina oficialista nos empuja a ceder el control de nuestra salud. Pero Herráez incide en que se necesita un gesto desde el interior de la persona para curarse. La persona tiene que desear encontrar la solución, desear encontrar la vida. Para conseguir algo hay que desearlo primero.

Necesitamos desde ya una medicina integrativa, múltiple, que nos trate como a seres humanos, y no como a ítems de una lista de objetos. Ser tratados con ternura y seriedad, con responsabilidad, en plena colaboración con el médico, con el que nos une el propósito de mejorar nuestra propia vida.

Todo lo contrario nos seguirá llevando por un camino de sufrimiento y frustración.

 

PD. Además, si es su momento, seguro que para entonces ya se habrá encontrado un libro que le empiece a guiar. No necesita ninguno en especial, sólo si aparece alguno que le llama la atención, léaselo. No lo busque, llegara a usted sin esfuerzo. Como todo. Lo importante es la fe, confiar en que todo tiene un sentido.

PD2. Algunas de las lecturas citadas por Herráez en su libro: La mafia médica, de Ghislaine Lanciot; El gran secreto de la industria farmacéutica, de Philippe Pignarre. Cáncer, qué es, qué lo causa y cómo tratarlo, de José Antonio Campoy y Antonio Muro. La enfermedad como camino, de Thorwal DEthlefse y Rüdiger Dalke. Libro del Ego, de Osho. El caballero de la armadura oxidada. Qué demonios he venido a hacer a esta Tierra, de Ghislaine Saint Pierre Lanctôt. Usted puede sanar su vida, de Louis L Hay. Etc.

 

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2 comentarios en “Cáncer, ¿tiene cura?; de Javier Herráez

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