11 de diciembre; VILALBA – BAAMONDE

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Senda Estelar 469

Revolucionario será aquel que pueda revolucionarse a sí mismo. L Wittgenstein.

 

Al despertar me miro la herida del dedo, la que me hice en Cadavedo. Se ha ido reabsorbiendo poco a poco, pero su presencia en forma de mancha oscura me sigue resultando inquietante, el recordatorio de que algo se oculta en los sueños, en la noche. Las noches siempre contienen cosas. De noche, todo luce diferente. Siempre.

Igual que en los últimos días, el desayuno se alarga. Pocas ganas de empezar. Té negro se encarga de remover mis entrañas ateridas. A falta de tazas, Max desayuna en el cazo de calentar la leche. Mientras terminan, subo un momento a la habitación, y Pepe, el francés extraño, me da un abrazo que viene a cuento de nada y que resulta raro. Me hace sentir raro. Al despegarse, sin embargo, veo que no es más que un niño pequeño, uno de esos chiquillos retraídos que fueron maltratados por vaivenes de padres o por compañeros de clase o por profesores dictatoriales o por quién sabe qué. Buscan contacto pero sin habilidad para encontrarlo, se quedan en lo incómodo.

Senda Estelar 463

De hecho, los tres respiramos aliviados al ver que Pepe se queda sentado mientras nos vamos, avanzando ya hacia el centro de Vilalba, que despierta mientras nuestros pasos resuenan en las calles. Un pueblo que bien podría estar en el medio de Arizona, o Kansas, y que pronto queda atrás. Nos introducimos en un sendero que se mete hacia el bosque, pero que antes pasa por la parte de atrás de una gasolinera, una pendiente cubierta de basura. Muy espiritual: asqueroso.

Senda Estelar 464

Justo allí nos cruzamos con un jubilado de pelo blanco que resulta ser húngaro y habla muy poco español. Solamente está en Vilalba por su hija, y por su nieta, completamente alienado de todo lo que fue su vida pero alegre…

Senda Estelar 470

Más adelante hay otro conjunto de casas ruinosas que me recuerda de nuevo la España en Ruinas. De dentro parecen estar a punto de salir los fantasmas de otras vidas. O una manada de yonquis. O el mismísimo diablo.

Me llama la madre de María (ella se quedó sin móvil hace días), y mantenemos un divertido y breve e incómodo conato de conversación. Después atravesamos el patio de una casa en donde un perro tranquilo nos mira sin la menor intención de ladrar. Es raro encontrarse con un chucho amable y poco dado a la territorialidad (¿qué territorio has de mantener cuando permaneces toda la vida atado a una cadena? ¿Qué podrías perder? ¿La cadena? ¿La jaula? ¿Puede existir el temor a ser libre, a no saber qué hacer con la propia libertad? ¿Es, quizá, más fácil permanecer enjaulado sin verse obligado a elegir?).

Senda Estelar 465

Me paro a orinar todo el tiempo, fantaseo con la historia de las siluetas y la del muro gigantesco, ambas fusionadas finalmente bajo la sombra común y mágica de un eclipse. Lo cósmico fundido con la mundano, como si alguna vez hubiesen sido algo diferente. Lo mundano al cielo. Me apunto buscar algún poema sobre galernas. O escribir uno.

 

La atmósfera es calcada a la de ayer: caminos llanos entre árboles, súbitos cruces con la nacional, leves hondonadas encharcadas. Gris cielo que favorece la fantasía y los castillos en el aire. Juego a ponerme deberes para la vuelta, deberes que sé que terminaré por no cumplir del todo: Hamer, astrología, permacultura, plantas medicinales, literatura. Si acaso cumpliese una de esas cosas, ya estaría satisfecho. Salgo de ese ensimismamiento al toparme con una bandera de Galicia toscamente pintada en el lateral de un hórreo.

Senda Estelar 473

Más tarde, pasamos por un lugar que se llama como aquel en donde se ubica la casa familiar de María: A Lamela. Mil casas arremolinadas en torno a la nada, un señor de traje delante de una casa con mil perros que ladran a su alrededor, perros que luego nos acompañan pero que van abandonado, a excepción de un cachorrillo imberbe que finalmente se detiene, a casi medio kilómetro de su casa, decepcionado y temblando como aterido de frío.

En la nacional que nos recibe de nuevo, le cuento a Max mi Expediente Noia, que el holandés encuentra divertido y lleno de aprendizajes. No me hace sentir avergonzado, o humillado, como suele ocurrir cuando hablo de ello. Mi expediente da pie a que hablemos de la Transpirenaica, de qué llevar y no llevar en la mochila, de vivir en el camino.

Finalmente, Baamonde, otro pueblo perdido en la nada con un albergue sorprendentemente maravilloso a pesar de su fachada: fabricado en madera y baldosa de pizarra, es largo y acogedor, tiene una chimenea y un lavadero, un porche, un jardín. Lo único malo es que la cocina (nueva) carece de utensilios y es inútil.

 

Un bocadillo al sol de mediodía. Luego, un té. Y tirado en un sofá, frente a la chimenea apagada, termino con alegría y pena el sublime Los detectives salvajes de Bolaño, que a falta de una palabra mejor, tiene un final que describiría como EL GRAN FINAL DEL PUTO AMO. Para sacarme ese regusto de pena de encima, leo sobre prehistoria y protohistoria ibéricas, para intentar comprender las oleadas migratorias que llegaron del este y así seguir ordenando en mi cabeza el verdadero origen de esta senda estelar que estoy recorriendo. Todo está relacionado con el sol, de eso no hay duda. Como todo. Soy capaz de imaginarme hordas de humanos sucios y desaliñados en una migración de decenas de generaciones, siguiendo la estela del sol en su vuelo, en sus ojos los muertos que se deslizan hacia una realidad diferente.

Senda Estelar 475

Así va pasando la tarde, con la súbita percepción, ya familiar, de todo lo que hay para leer y el poco tiempo del que se dispone para ello en una vida. Elegir es inevitable, el tiempo limitado. Jordi canturrea tras recomendarme de nuevo la Transpirenaica, Max lee sobre budismo en su móvil, y Pepe ha llegado soltando en la puerta un inquietante cu-cu, para luego dar vueltas por el hall con su silbato de llamada de patos. Le entrego a María el libro de Bolaño, como una ofrenda secreta, ella lo recibe con los brazos abiertos. La miro leer las primeras páginas, sonriendo de puro placer. Sabiendo lo que la espera.

Afuera, el día se ha vuelto insoportablemente azul tras muchos días de niebla y lluvia. Hemos comprado unas patatas de bolsa, y chocolate, y solamente al terminar de comerlo todo me doy cuenta de lo mal que sienta comer veneno. He empezado La familia de Pascual Duarte, y entre el veneno de la comida y el de la lectura, se me queda dentro una angustiosa sensación de tristeza. En la oscuridad de la habitación, antes de dormir, palpo la tragedia, la opresión, y dejo caer en mi lengua unas gotas de remedio de rescate, intentando que nadie me escuche, y también como remedio de rescate, leo la biografía de Wikipedia de Terry Pratchett, para enterarme de que sufre Alzheimer y está en las últimas. El peor futuro para un escritor: olvidarse de sus propias historias.

Al final me quedo dormido, sueño con mi pueblo natal inundado bestialmente por la ruptura de la presa, a mi abuela arrastrada por la corriente entre las copas de los árboles, a mi gato atado a mi cabeza, y una sensación de picor en la garganta. De enfermedad.

Senda Estelar 471

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Un comentario en “11 de diciembre; VILALBA – BAAMONDE

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