La carrera de los clásicos: El lamento de Portnoy, de Philip Roth

En mi ruta de novelistas norteamericanos del siglo XX (que empezó ya hace tiempo, pero conscientemente con Sallinger y DeLillo), ahora le toca el turno a Philip Roth y su El lamento de Portnoy (en forma de lapsus dentro de la titánica y perturbadora experiencia de La broma infinita, de Foster Wallace). Su calificación se ubica entre el estrepitoso suspenso de Sallinger y el casi notable de DeLillo en Libra. Por descontado, aún no he conocido a ninguno que supere a Cormac McCarthy.

portnoy

Con Roth y El lamento de Portnoy debo reconocer cierto encanto intermitente, pero no creo que su calidad justifique la fama que le precede. Dicho esto con la precaución de quien solamente ha leído una obra del autor neoyorquino (ignorando esta precaución, me animo a dudar que Estados Unidos sea epicentro literario de algo, más allá de que, como en todas partes, se alumbren autores de gran calidad entre una mansedumbre de mediocres), a todas luces menos de lo necesario para emitir un juicio razonado (cosa que no pretendo). Da la impresión, a veces, que en cuanto una obra se rodea del aura de clásico, ya nada se puede decir o hacer al respecto. Pero todavía me faltan muchos clásicos norteamericanos en mi ruta (el siguiente, Dos Passos) como para dejar estas ideas como definitivas.

Abro paréntesis: en los últimos tiempos soy cada vez más consciente de la importancia de las traducciones. En esta edición de El lamento de Portnoy me he encontrado fallos ortográficos y construcciones gramaticales extrañas. Lo digo desde la ignorancia de quien no es traductor, pero con el sentido crítico de un lector que sufrió en sus carnes las pésimas traducciones de los grandes clásicos de la ciencia-ficción. Muchos de sus autores siguen considerándose de técnica pobre a causa de malos traductores. Cierro paréntesis.

El lamento de Portnoy es una crítica medio subversiva y feroz de la sociedad judía de los Estados Unidos de postguerra. Tras su lectura, cualquier lector podría pensar, equivocadamente, que Roth se tomó una venganza dulce y pública, placentera, a cambio de una infancia y adolescencia traumáticas, pero responde a su acierto como escritor que esto no sea así y solamente lo parezca (según he leído en artículos biográficos, la infancia y adolescencia de Philip Roth fueron bastante tranquilas y plácidas; no así su vida adulta). Esta impresión autobiográfica la favorece la primera persona con la que el autor nos conduce por la vida del protagonista, Alexander Portnoy. Esta conducción no es demasiado dinámica, todo lo contrario, es una curiosa combinación entre sesión terapéutica y monólogo interior, moviéndose a saltos entre infancia, adolescencia y adultez. La familia de Alexander Portnoy, judía y con tintes vagamente fundamentalistas, está imbuida en una sociedad cambiante, y el protagonista se encuentra atacado internamente por un explosivo despertar sexual y por las continuas contradicciones derivadas de fallidos intentos de emancipación. La familia como agujero negro. Adornan el relato una retahíla casi infinita de personajes femeninos sin casi diferenciación y que conforman la historia sexual de Alexander (y que le valieron a su autor la consideración de misógino). Se azota la moral judía de la época, y encima de la mesa luce el ambiguo universo mental de quien se siente exiliado de cualquier lugar. Alex Portnoy no forma parte ni del mundo judío, del que huye, ni tampoco del mundo no-judío, al que no acaba de pertenecer. Así, vive atosigado en todos los frentes, lo que le lleva a la poltrona de psicoanalista desde la que clama su historia.

Con la obra de Roth, descubrí con cierto asombro detalles sobre la cultura judía de los que no era consciente, especialmente un lacerante racismo hacia el no-judío, y un exacerbado sentimiento de pueblo perseguido. En cuestiones de moral, sin embargo, no he visto nada que no conociera ya por la moral cristiana, pues ambas, en el fondo, están enraizadas en el mismo núcleo… La sociedad descrita por Roth, además, es muy similar a otras relatadas por miembros de la generación beat, por el mismo Sallinger, Henry Moore, y un largo etcétera.

En su día, El lamento de Portnoy fue pura subversión, un auténtico escándalo, pero al contrario de lo que he leído en alguna crítica, no creo que la novela haya envejecido bien. Las escenas sexuales descritas resultan inferiores a las de Henry Moore o Bukowski (y notablemente menos divertidas): repetitivas, excesivas e irreales. Por otro lado, el psicoanálisis ha pasado de moda, y aunque la extensa vomitona llena de derivaciones edípicas y evidente desequilibrio mental contiene episodios memorables, todo acaba resultando lento y demasiado amargo: el sarcasmo pierde sentido y se transforma en una aflicción como de mentira. Hay que reconocerle, en todo caso, el intento (creo que fallido) de ofrecer una perspectiva equilibrada entre lo interno y lo externo. Controlar toda esa bilis es un ejercicio complejo.

Pero la novela, por momentos, funciona. Le concedo eso.

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2 comentarios en “La carrera de los clásicos: El lamento de Portnoy, de Philip Roth

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