14 de diciembre; ARZÚA – PEDROUZO

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Senda Estelar 519

Podemos saber poco del futuro, pero lo suficiente para darnos cuenta de que hay mucho que hacer. A Turing.

 

Es curioso como ahora ya no hay prisa para nada. Nos levantamos tarde y salimos a desayunar los tres, mientras Jordi se escapa a alguna parte sin decir nada. En la televisión de la cafetería contemplamos un documental de domingo sobre ballenas y gorilas, pareja insospechada de un hilo narrativo invisible: el aparato está en silencio. Max nos habla de su próximo viaje a Indonesia, en marzo, Aunque allí no hay gorilas, pienso yo sin decir nada, sino orangutanes. Hace tiempo que descubrí que, aunque no siempre pueda evitar serlo, los sabiondos/listillos no le gustan a casi nadie. El sabio es el que calla, el que hace fértil su silencio, y aunque sé de sobra que no soy sabio, al menos intento aparentarlo. Vemos en el móvil de Max el video de un canguro enfadado, y luego ya no tardamos mucho en echar a andar. En los primeros kilómetros de marcha, Max nos cuenta acerca de sus misteriosas parálisis del sueño, que le aquejan desde que tiene memoria, y que a mí me recuerdan el hilarante y siniestro síndrome del brazo alien. Episodios en los que permanece despierto pero no puede moverse, y oscuras siluetas le rondan. Imaginármelo me pone los pelos de punta, pero su relato me lleva a hablarle de la película La cuarta fase, y también fantasmas y entidades, mientras los túneles de carballos nos miran con incredulidad vegetal, cómplices.

Senda Estelar 513

Ahora no está lloviendo y la temperatura es buena. Dejamos atrás el puente sobre una autovía sin terminar (ni siquiera está asfaltada), por delante distinguimos a la francesa de voz estridente, y que camina con una calma contemplativa. Sobre el horizonte no acaba de levantarse el sol, aunque la luz brilla en el aire. A un lado de la nacional, un rato más tarde, nos paramos un momento y comemos mandarinas, chocolate y plátanos, con el sudor congelándose en nuestras espaldas. Hemos estado hablando otra vez de Pepe, al que hemos perdido de vista desde Vilalba, y nos ensañamos con él imitando sus preguntas profundas, What is love for you? What does it means friendship for you? Hemos escogido un mal sitio para parar, puesto que medio kilómetro más adelante surge como de la nada un bar que despide un dorado aire de domingo: empanada y otras tapas, cañas, grupos de amigos entre los treinta y los cuarenta. En la mesa de al lado se sienta un grupo de coreanos que van ataviados con tal exceso de accesorios que me da la impresión que la idea que tienen de España es la de un país muy peligroso (ellos, que viven al lado de Corea del Norte). El techo del bar está lleno de banderas de equipos de fútbol y de balonmano, el aire es cálido y mis piernas se niegan a seguir. Anoto en mi móvil un artículo sobre el Subcomandante Marcos que no me da tiempo a leer. Quizá nunca lo haga. Recuerdo que un compañero del equipo de baloncesto llamaba así, Subcomandante Marcos, a su propio padre, para risa general.

Adolescencia perdida.

 

Pasillos de eucaliptos oscuros, bosques tranquilos, australes seres desplazados. El café ha dejado fuera de sí a Max, empezamos a hablar de nuevo de la realidad y de la percepción de la misma, mientras en los márgenes del camino no dejan de aparecer recordatorios de peregrinos fallecidos que transforman la senda en una marcha fúnebre y vagamente feliz: la súbita apreciación de la muerte me hace sentir alegre de estar vivo. La vida es para vivirla y para pisarla con fuerza, pienso. Veo un histriónico Gibraltar español en una valla, y ya estamos internándonos en Pedrouzo y de nuevo hablando de la realidad (cómo si hubiera tanto que hablar…), con el consabido Everything is an illusion con el que Max lo soluciona todo.

Senda Estelar 516

Nos paramos a comprar pan, pero apenas puedo comérmelo: la agresividad reprimida que me hace apretar los dientes por las noches en sueños vagos que jamás recuerdo, dientes doloridos.

 

El albergue parece sacado de un catálogo de IKEA, y tras un absurdo instante de indecisión, piso de arriba, piso de abajo, nos quedamos arriba y comemos algo. Me voy a la ducha, en donde dos coreanos charlan enjabonados y entre risitas femeninas. Su cháchara extraña me entretiene mientras observo de refilón sus sorprendentemente minúsculos penes. Al salir me siento en la sala común, y dejamos pasar el tiempo. De tanto en tanto, miro de reojo a una de las compañeras de los coreanos hipopénicos, una mujer bellísima que dormita en una litera, levantando sus piernas alternativamente para tocar el techo. La atmósfera del albergue es crepuscular, y aunque intento concentrarme en la lectura, no soy capaz y la sensación de que todo termina me inunda, la siento terrible, trágica, más incluso que la partida de Islandia, que ahora me parece que haya ocurrido hace varios años y apenas un mes y medio.

Pensamientos absurdos.

 

Hemos perdido a Jordi en alguno de los albergues de una Pedrouzo que se orienta y existe únicamente para el peregrino. Sin su apellido y sin su móvil, es probable que no volvamos a verle más, otra lección de lo efímero del camino. Nos tomamos un té silencioso, mientras leo en una revista sobre ginebra, misticismo cuántico y new age. Dominicales, suspiro cerrando la revista. Al otro lado de la barra está el uruguayo imbécil, pero hacemos como que no le conocemos de nada. Y él también.

No tardamos en volver al albergue. Max ve en su móvil ¿Y tú qué sabes?, ese documental que un día fue rompedor pero que ahora resulta de lo más convencional, y yo me maravillo de la alegría contagiosa y poco espontánea del video de Coldplay para la canción A sky full of stars. Luego vuelvo a caer en la nostalgia con el Linger de Cranberries. El diario de Anna Frank me resulta tedioso y decepcionante. Una pérdida de tiempo. Quizá es que estoy tan cansado de historias de judíos y nazis. Casi tanto como de nacionales y rojos.

 

Una gruesa hamburguesa con patatas fritas y cerveza, luego un paseo de vuelta al albergue haciendo el tonto en un camino vacío, farolas escupiendo luz naranja. Es la piel de la noche, sobre nosotros. Hoy es la última noche que compartimos antes de llegar a Compostela, y esta gracia absurda es necesaria para sobreponerse a la sensación de que algo se termina.

Me quedo en la mesa de la sala común hasta que están casi todos dormidos, mirándoles en silencio. Max con la luz del móvil reflejada en su cara, María en la litera de arriba tendiendo la mano como para saber si estoy ahí. Ronquidos y el olor a pies mezclado con incienso y con la luz de las farolas, diáfana y naranja a través del ventanal.

Quietud.

Recojo mi moleskine en silencio, también mis libros, y luego me meto en cama intentando apagar mis pensamientos.

Senda Estelar 522

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Un comentario en “14 de diciembre; ARZÚA – PEDROUZO

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