la licorería abandonada

La magia que se desprende de la decadencia. Y yo orbitando hacia ella como si fuese un agujero negro.

licorería abandonada 02

En algún momento de hace unas semanas, voy en coche con mi padre. Estamos pasando por un lugar por el quizá hayamos pasado un millón de veces. Solamente ahora lo veo: el edificio emergido de la hierba amarilla y acechado por la maleza, el polvo, el óxido. Entropía, vieja zorra. Pregunto qué es. Una licorería, me responde él, ahí hacían aguardiente, pero un día ardió. Y ya está. Ahora es un cadáver que la hierba lame, que las enredaderas salvajes y las silvas constriñen. Ya hace lo menos treinta años. Los que yo tengo, más o menos. Luego se pone a hablar de aguardiente, de un hombre quemado, del propietario huido a Lanzarote. Cosas así. Yo ya he desconectado.

Porque cuando finalmente ves algo, solamente es cuestión de tiempo.

 

Es por la noche y meto la bolsa de la cámara en la mochilita verde de Decathlon. Eso y un plátano, no voy a desayunar. Pongo el despertador para bien temprano. Cuando solamente los duendes del polvo recorren la realidad.

 

2º C, las calles vacías, un peregrino en el puente. Me pongo el Infinite sun de Kula Shaker, para agitar la mañana. Dejo atrás el rumor de la nacional, y de una fábrica vaporosa. En los campos, el rocío como una sábana ligera, las que usamos en verano para protegernos de los mosquitos. Rocío que se evapora formando una neblina que es un saludo. Dentro de los coches que zumban por la carretera, rostros destemplados de trabajadores que huyen del mundo.

Ya casi se intuye el sol.

 

Unos metros antes de la licorería abandonada hay un taller de material agrícola, un bar de carretera. En la puerta, dos hombres fuman y me miran pasar, hablan en voz baja, luego se callen y noto sus miradas mientras saco la cámara, unos cincuenta metros más adelante. Delante de mí, en una marquesina, dos niñas esperan el Benito Abalo.

Espero un momento a que los hombres se cansen de mí. Es solamente un minuto, terminan tirando sus pitillos al suelo, se saludan, se suben a sus coches, se van. Pasa el bus escolar y recoge a las niñas. Yo salto a los terrenos de la licorería, abiertos y sin valla. Hay xiada sobre la hierba, la luz es bonita, pálida con el sol a punto de salir de entre los árboles.

Y empiezo mi sesión. Sobran las palabras cuando las imágenes hablan.

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El resto de las fotos están en el álbum de Flickr Licorería abandonada.

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