Lecturas devoradas: Instrumental, de James Rhodes

Se sinceraba la persona que me regaló Instrumental, de James Rhodes, que su primera opción de regalo había sido La práctica de lo salvaje, de Gary Snyder, libro del que yo me había enamorado y que, además, me esperaba como parte de un falso acuerdo tácito por el que casi siempre logro que termine regalándome los libros que yo quiero (guiño guiño). Al desenvolver el regalo y encontrarme con Instrumental, sorpresa sorpresa.

9788416290437

Portada de Instrumental

Tengo un problema doble con los Blackie Books, que pudiera no serlo en absoluto: me gustan (primer problema), pero son muy caros para mi naturaleza de eterno pobre (segundo problema). Es por este motivo que solamente tengo otro libro de Blackie Books en mi biblioteca además de Instrumental: Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett. Estoy seguro de que valen lo que cuestan. No eres tú, soy yo.

 

Me prometí a mí mismo no explayarme con esta crítica, imitando la visceralidad que Rhodes transmite con sus memorias, que son como una segunda hostia en la cara cuando aún no te has recuperado de la primera y crees que ya ha pasado todo. O como llorar escandalosamente y con muchos mocos delante de gente. O como vomitar en la alfombra y resbalar con tu propio vómito. De hecho, es tan visceral que puede llevarte a fruncir el ceño, desagradado por tanta información (o la otra cara de la moneda: flipar con que haya sido capaz de exponerse de esa forma). Y, de paso, dudar de que quien haya escrito esas palabras no esté ayudando a encumbrarse a sí mismo a través del victimismo. Pero, ¿sabéis qué? A Rhodes lo violaron de pequeño, durante cinco eternos años. Por mí, todas las licencias que se toma son aceptables.

Igual que las motivaciones que pueda haber tenido para escribir todo esto, y sobre las cuales elucubro:

La primera, la de cualquier artista: porque le dio la gana, porque le salió de ahí, porque quiso. Y sin necesidad alguna de explicarse.

La segunda, por la música clásica, convertida en un género musical marginal acostumbrado a levantar bostezos. Considerada un terreno vedado y lleno de prejuicios que son como minas antipersona, libros como Instrumental ayudan a abrirse paso. De igual modo que me pasó con Una pequeña historia de la filosofía, de Nigel Wartburton, en el campo de la filosofía, Rhodes me ha abierto el campo de la música clásica, al que, no voy a mentir, ya llevaba tiempo intentando acceder (sin mucho éxito, más allá de Erik Satie y sus insuperables Gymnopèdies). Y hoy, tras cinco días de frenética lectura, me veo escogiendo con cierto criterio atávico entre las diferentes Ghost Variations de Schuman, o soltando una lágrima de enamorado maravillado al escuchar, una y otra vez, el maravilloso Adagio assai del Piano Concerto in G, de Ravel.

Así de rápido suceden las cosas a veces. Así de rápido aprende el ser humano a apreciar el arte, quizá porque estamos prediseñados especialmente para la apreciación de la belleza, independientemente de nuestra formación. Es solamente porque apartan la música clásica de la gente que no la conocemos en absoluto.

Y la tercera motivación, creo yo, es la de la recíproca capacidad sanadora del arte general y la música en particular. Desconozco cuánto ha ayudado escribir este libro a Rhodes, pero el modo en que evolucionan los capítulos, el tono, y los temas musicales que van adosados a ellos, me revelan que mucho. De un pasado desolador, doloroso y escalofriante, a un futuro vagamente esperanzador (aquí, la crítica de El País incide en que el libro pierde cierto fuelle al final, una mezcla de literatura y terapia, y supongo que es cierto, pero, ¿no es acaso inevitable que un autor que las ha pasado tan jodidas y ahora vive tiempos mejores no caiga en ello?). La otra cara de esta capacidad sanadora es para quien lee Instrumental. El sentir que una persona de cierta posición pública habla del tema con esa visceralidad solamente puede ayudar, hacer sentirse acompañado en la putada de haber sido follado de pequeño. No uso el follado por casualidad. El mismo Rhodes incide en que es hora de abandonar etiquetas como abuso de menores, y decir bien alto que un abuso de menores es un abuso sexual, un adulto follándose a un niño. Las cosas, por su nombre, aunque se nos atragante el desayuno mientras vemos la última noticia escabrosa en el periódico. Atragantarse es el primer paso para hacer que las cosas cambien.

 

No me gusta ponerle nota a los libros, me parece reduccionista para cualquier obra. Además, estas hablan perfectamente de sí mismas en virtud de lo que nos regalan mientras lo leemos y también después. Y del mismo modo que, en muchas ocasiones, la lectura de una novela nos abre los ojos hacia otro grupo de lecturas relacionadas, la lectura de Instrumental nos abre los ojos, como mínimo, a un mundo nuevo de compositores mal-conocidos, que si les dejas, te cambian la vida.

Anuncios

Un comentario en “Lecturas devoradas: Instrumental, de James Rhodes

  1. Pingback: Libros de 2016 | aullando

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s