Las asperezas de la seda (Seda, de Alessandro Baricco)

Entré en la biblioteca del pueblo a por un volumen de Asterix y Obelix, y también a por algún libro de Rafael Chirbes, al que quería meterme entre pecho y espalda antes de emigrar a Islandia. El que había era, precisamente, el que yo quería, Crematorio. Después de hacerme con esos dos, ojeé distraídamente las estanterías, maravillado por toda esa sabiduría silenciosa. Entre todos esos lomos, me encontré con un librito pequeño que decidí sumar a los otros dos: Seda, de Alessandro Baricco.

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Seda nos cuenta la historia de Hervé Joncour, un comerciante de gusanos de seda que, en sus viajes a Japón, acaba enamorado de la mirada sin palabras de la mujer de un terrateniente nipón, alrededor de la cual seguirá girando su vida hasta el fin.

 

Mañana siguiente: desayuno en cama, afuera un vaporoso día de finales de invierno (niebla inundando los bosques, cubriendo los montes, el silencio roto por las urracas y los mirlos), y me sumerjo en la lectura de Seda. Alargo el desayuno hasta terminar. Del tirón. La lectura de Seda es así: rápida, leve pero a la vez profunda. Seda es un cuento que te atrapa, aunque la historia no es original, más allá de la apariencia exótica de los gusanos de seda y el toque oriental que aporta Japón. Además de un cuento, también es una fábula: un cuento adulto de simpleza infantil, sin gran profundidad intelectual pero con un obvio peso de narrativa oriental. Se equivocan, creo yo, aquellos que critican la historia por ello. Cada historia tiene su función, sus objetivos y pretensiones, cada historia se cuenta por un motivo, y en Seda prevalece el juego de emociones y no la intelectualidad. Y, desde luego, habrá quien la encuentre banal y de aires coehlianos, y quien la encuentre conmovedora, profunda y preciosa, como una postal. Todos somos seres humanos y el arte sin opinión no es nada. Cierto que quizá sobran algunos giros, algunas repeticiones. Que la potencia de los personajes masculinos aplaca la de los femeninos, generando un desequilibrio que Baricco podría haber evitado. Pero igualmente la obra termina resultando redondo. Quizá pequeña, pero redonda.

 

Seda me resulta como deshacer en la boca una onza de chocolate negro. Sin excesos ni glotonería, un sabor único y fuerte, amargo pero indudablemente bello. Es esta sencillez estética la mejor arma del librito de Baricco.

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