primavera de día primavera de noche

          Primavera de día, escucho una música nueva mientras se esfuman las banalidades, observo un montón de niñatos ociosos sentados en el malecón, en grupitos de dos, de tres, de cuatro, fumando y hablando, ojos brillando, cuchichean y señalan, gesticulan, hacen lo mismo que yo hacía tiempo atrás, mientras el aire arde, en sus pies la intrascendencia de los años efímeros, el agua oscura del río moviéndose como una serpiente mercuriana, sobre ellas las porterías de kayak-polo, trémulas, y entre las ramas de los árboles enormes el aroma de la primavera, un aroma dulzón, sexual, fértil, entre los setos y matorrales, los seres ocultos rastrillan el esperma muerto de un invierno frío, veo a esa pareja de adolescentes que se levanta, ella le agarra la mano como de casualidad, mallas negras de falsos aires punk, chaqueta ajada, el pelo muy negro, qué negro, él lo nota dentro de sus vaqueros disimuladamente viejos, delgado casi anoréxico, lo nota y mira el río sin decir nada, haciendo como que no se lo esperaba o que ya lo sabía, pretende una falsa indiferencia de hombre débil, sobre ellos dos y sus pasos tranquilos, un tornado de gorriones que buscan la esencia de algo innombrable, desde una camelia, las urracas miran con sorna, esperando la plata de una luna llena…

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          Primavera de noche, esa luna entre los techos musgosos y viejos y fluorescentes y fantasmales de los panteones del cementerio, entre la telaraña de ramas de carballos, esa luna que asciende prendida en oro blanco, puro fuego, enorme, mamaria, tras mi espalda erguida suben y bajan coches, el cristal que transforma a quien mira de un lado y del otro, hay pancartas que nadie cree mirar y farolas que se susurran chistes verdes unas a otras, y ríen con chispazos de estática, suena una música mientras la luna sube, arrancando destellos del asfalto mientras la ola del futuro lo arrasa todo, imparable como ella, que brilla y me brilla, arriba arde, empequeñeciéndose un poco al subir, volviéndose más pálida y menos macilenta, en la parada de bus hay una llanta rota y la cuña oxidada de un tráiler, y la misma chica de antes está sentada a horcajadas sobre el mismo chico de antes, se olvidó la indiferencia y los dos arden, a sus pies una miríada de colillas que son la estrella del norte, la osa mayor y la menor, el cinturón apresado de Perseo, todo entre sus pies de zapatillas desatadas, y arriba, muy arriba, cada vez más arriba, la luna arde y me saluda, y me enciende y los enciende y nos enciende a todos.

 

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