El intocable

Estaba amaneciendo cuando, a palos, les condujeron como ovejas por un largo pasillo. La luz se filtraba por unos ventanucos minúsculos. Afuera nevaba, copos perfectos que tímidamente se iban posando sobre la gravilla. Graf se frotó las manos, notando un ligero escalofrío en la espalda. Aunque todas las personas en la fila se movían, temblaba de miedo o de frío o de ambas cosas, le daba la impresión de encontrarse dentro de una postal: pura estática. El aire estaba saturado, exudaciones del pánico. Tantos pijamas, un día blancos ahora grises, rozándose con los cuerpos que contenían: piel fláccida y quebradiza como una hoja caída, todos escuálidos, los ojos hundidos en cuencas azuladas, mechones de pelo gris: cuerpos de hombre con peso de niño. Leyó el número grabado en la nuca del hombre al que precedía: 0265; y recordó el suyo propio: 0877. Sonido de pies, canción cansada y triste.

El frío lo carcomía todo. El mundo parecía estar fabricado de madera vieja.

Dos soldados abrían y cerraban la fila de prisioneros. Sus armas automáticas apuntaban a media altura. Si algo ocurría, la orden era disparar a la barriga, era así como se conseguía una larga agonía. Cada muerte agónica era una señal para los otros prisioneros. Aunque muchos ya estuviesen, de facto, viviendo una larga agonía: lo delataban sus miradas frías y hambrientas, su costillar convertido en xilófono de hueso, las nalgas desaparecidas, esos andares quebradizos, los latidos huecos rebotando en las paredes. Allí había pocas personas realmente vivas.

Graf se sentía, en cambio, tranquilo. La respiración acompasada, el pinchazo del hambre recorriendo las paredes acostumbradas de su estómago. Hacía meses que no se veía su propio rostro, pero lo reconocía cada mañana con sus manos, huesudo y áspero, la barba rala enrizándose, los mechones de pelo caídos. Veía la piel pálida del resto de su cuerpo, y suponía que la de su cara iba a juego. Pero bajo este aspecto de cadáver habitaba una luz ardiente e indestructible. Graf no era un prisionero más, y sus captores le temían.

Soy el Intocable, pensó, permitiéndose una leve sonrisa de loco.

Los fueron apelotonando a todos en la salita donde desembocaba el pasillo. Paredes sucias, pintura desconchada en el techo: nevada artificial. Contempló los rostros de sus compañeros, asustados, labios azules, dientes apretados. Los miró como se mira a un paisaje. Muchos sabían a dónde se los llevaban. Otros no, o al menos intentaban convencerse a sí mismos de que ese no era el final. Aunque lo fuese. Había dos soldados flanqueando la puerta de metal. Ante un escritorio sencillo de madera, un desgarbado administrativo de pelo rasurado escribía en una lista. A su lado, el coronel Jollezswer: uniforme de alto rango, labios finos como los de una serpiente, ojos y dientes muy brillantes. Emanaba buena salud, era puro hielo, el azote del campo. Ahora se miraba la punta de sus relucientes botas negras. En su mano derecha una fusta de cuero.

La mirada de Graf se cruzó con la de alguno de aquellos condenados, pero la mayoría llevaba la cabeza gacha. A su lado, un muchacho que no tendría ni veinte años abrió mucho los ojos al identificarle, luego le señaló. Graf torció el gesto mientras el muchacho se inclinaba hacia un compañero. Le escuchó decir: Es el Intocable.

Le habían bautizado así meses atrás, pero el epíteto le venía grande por inexacto. Solamente se trataba de un afortunado que seguía vivo, pero sufriendo igualmente el hambre, el tifus, las garrapatas y los piojos, las fiebres, el hálito de la muerte constantemente en su espalda: al acostarse, al levantarse, al vagar entre barracones, agotado en los trabajos forzados. Graf era un muerto viviente como los demás. Con una salvedad.

¡Silencio!, aulló Jollezswer, dando un golpe con su bota derecha. El silencio se solidificó en el aire, como una piedra de hielo. De la sala contigua les llegó un calor emanado, que calentaba las paredes y devolvía un poco de color a aquellos rostros cadavéricos y azulados. Abrid la puerta y que vayan pasando, diciendo antes su número, dijo Jollezswer.

Uno de los soldados abrió la puerta. Una vaharada densa y corrupta inundó la salita, a la vez que desapareció el conato de esperanza en muchos de los prisioneros. Allá vamos otra vez, pensó Graf, observando el rectángulo de oscuridad más allá de la puerta abierta. Alguien tosió. Uno de los soldados se tapó la cara y dio un paso a su derecha.

0-9-5-5, dijo el prisionero que estaba más cerca de la puerta, y de la muerte. Le vio temblar mientras se metía de lleno en aquella oscuridad. Continuó el devenir de números. A Graf aquella postal se le parecía a una cabaña de madera abandonada en alguna orilla perdida, y no sabía exactamente por qué. Procuró no mirarles, obviar esas miradas desesperanzadas o desesperadas o resignadas. ¿Para qué fijarse en ellas y recordarlas por siempre? ¿Para qué facilitar que las almas asesinadas en ese matadero le visitasen en sueños? Bastante tengo con soportar estas noches tan largas y frías, pensó.

Al ser uno de los últimos en pasar al interior de esa cámara de gas, el coronel Jollezswer no le identificó casi hasta el final. Con un gesto le hizo pararse, dio un paso hacia él, le miró.

0-8-7-7, dijo Graf, disfrutando al deletrear los números que le identificaban en aquel campo de exterminio. No dejó que la sonrisa de sus labios se volviese tan grande como para que Jollezswer la distinguiese.

¿Acabaremos contigo esta vez?, preguntó el coronel, con sorna. Graf no respondió. No tenía sentido. En el campo, siguió, le llaman el Intocable. No me gustan esas tonterías, esos rumores, pero he visto cómo otros asquerosos prisioneros le señalan. Quizá le consideren un santo, un profeta. Graf vio el rostro de Jollezswer contorsionarse mientras escupía a sus pies. Luego, le miró a los ojos, sin retirar la mirada. A su lado, un soldado se frotó las manos, aterido de frío. Hoy he ordenado que la concentración sea diez veces superior. Es un pequeño incremento en el gasto, pero realmente deseo su muerte. ¿Lo entiende? Pero, de nuevo, Graf no respondió. Solamente le miró a los ojos, sin responder. Morirá hoy, insistió Jollezswer.

Pero, ¿por qué callar siempre?, se preguntó, y carraspeando, añadió en una voz apenas murmurada: Quizá debiera entrar conmigo para asegurarse.

Observó el impacto de lo que había dicho en los rostros de los soldados, de los tres prisioneros que aún estaban con él. Qué rebeldía tan inútil, pensó al instante. Jollezswer estuvo a punto de perder los estribos, lo vio en su rostro. Pero consiguió mantener el control, no degradarse a aquella materia humana que consideraba pura escoria. Hizo un gesto, y la fila siguió entrando. Dentro el aire olía denso, amargo, húmedo. Cuerpos apretados y la muerte.

¿Eres el intocable?, le preguntó alguien. Se extendió un murmullo, luego llegó al interior la voz de Jollezswer, ordenando silencio. Graf siguió callado, ¿para qué hablarle a los muertos? Ni siquiera creo en dios, pensó.

Empezó el siseo, y luego un vapor tibio y denso, macilento, que caía a la sala desde las cuatro esquinas del techo. El aire se saturó pronto con aquel veneno. Empezaron a llorarle los ojos, observaba aquella realidad penumbrosa del mismo modo que se ve el diluvio de una tormenta a través del cristal de la ventana. Vio a algunos prisioneros intentando aguantar la respiración durante unos segundos, luego los gemidos asfixiados, un aullido sobrecogedor que retumbó entre las paredes y los cuerpos, y al final, quizá medio minuto más tarde, los prisioneros derrumbándose a su alrededor. Aquella caída sonaba como el galopar sordo de una estampida de caballos. En el suelo alumbraron los espasmos y las convulsiones, los estertores de cuerpos agonizantes.

Finalmente, el silencio.

Graf miró a su alrededor, pasándose el peso del cuerpo de una pierna a otra. Esperó hasta que los aspiradores del techo soltaron una lluvia que lavó el veneno de las paredes y de los cuerpos, arrastrándolo hacia las alcantarillas. Vio abrirse de nuevo la puerta. La luz brillante enmarcó la figura de Jollezswer.

Tosió tapándose la boca con la mano, y luego murmuró: Tendrá usted que pegarme un tiro, coronel.

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