Pájaros

Una amiga me contó una vez que lo que yo creía cuervos eran en realidad grajos, o cornejas, pero que no cuervos, que los cuervos eran unas bestias enormes que al extender las alas cubrían el suelo de sombras. Me acuerdo de esto al mirar por la ventana y ver a ese gran cuervo mirándome desde el pico del tejado del edificio de enfrente, enfrentando él, a su vez, el sol camino de ser eterno en estas tierras del norte. El cuervo mira con desprecio de gato las miríadas de estorninos (suspiro) que se mueven entre los árboles, en medio de la calle, en la charca sobre el garaje, atentos a la llegada de la primavera y a los primeros brotes de su pasión, disfrutan del aire más cálido con una alegría muy perruna. Perros y gatos. Pájaros. De cuando en vez, aparece alguna deslumbrante gaviota en el aire, llegan desde el fiordo de las ballenas o desde Akranes o Viðey, despistadas en su travesía y sorprendidas de encontrarse entre casas. A veces, me levanto y miro por la ventana, busco algún mirlo, esa ave cuya mirada me resulta siniestra e inquietante pero que, pese a todo, añoro estúpidamente, igual que la visita del petirrojo de cada mañana a las diez, o la de la lavandeira que, después de comer, sobre las cuatro, caía hacia la terraza buscando algo entre las baldosas sucias de humedad. Aquí no hay lavandeiras, aunque entre arbustos se puede encontrar algún mirlo, y también otro pájaro cuyo nombre no conozco pero que bien podría pasar por un petirrojo algo embrutecido. Los pájaros son cristales a través de los cuales miramos, pero no todos los reflejos son de nostalgia. El ostrero, que picotea entre las cunetas con su pico largo y naranja, me hace recordar el que un día cayó hacia mí con toda la intención de matarme, allá en los fiordos del oeste. Los charranes también me alegran, lo mismo que los patos tranquilos que desafían la postal de aguas más cálidas para resistir entre los islotes de la bahía de Faxaflói. Supongo que, como ocurre con la seda de Baricco, reconozco mis emociones en los pájaros, destiladas entre sus plumas como besos de cielo, entremezcladas en sus trayectorias simétricas, en sus brillantemente configuradas coreografías, en sus orgías dinámicas, yendo y viniendo como las olas de ese mar casi ártico que, por cierto, rompe aquí al lado, junto a las cumbres nevadas del Esja. Tecleo para terminar, mis emociones son como una grandiosa fiesta que se desmorona desde el asombro de todos esos pájaros.

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