La carretera, de Cormac McCarthy

Como escribí hace tiempo en el artículo Hostias literarias, La carretera, de Cormac McCarthy, es uno de esos libros que cambian (o tienen la capacidad de cambiar) la percepción de cualquier lector (por no hablar de lo que le puede hacer a un escritor). La obra del novelista norteamericano, eterno candidato al premio Nobel, tuvo una adaptación cinematográfica que, sin ser ridícula, no pasará a la historia, y nos cuenta la sobrecogedora historia de un padre y su hijo, ambos acarreando el metafórico fuego de la civilización a través de un páramo de inhumanidad: una calamidad global (que no se explica en ningún momento) ha arrasado el planeta, flora y fauna han muerto, la temperatura ha bajado bruscamente, y entre árboles muertos y ceniza, nuestros dos protagonistas migran por la carretera hacia el sur, el único lugar en donde el padre sabe que pueden sobrevivir al invierno. Los seres humanos que se encuentran en el camino no son más que pálidos y dantescos reflejos de una realidad atroz: o huyen o se devoran o ambas cosas. El hombre es un lobo para el hombre.

La novelita de McCarthy está organizada en pequeños párrafos que generan una vaga sensación de continuidad, especialmente en lo referente al tiempo, y que se conduce en tercera persona, acompañando el punto de vista del padre. Ninguno de los dos protagonistas, por cierto, tiene nombre, acentuando esa sensación de que padre e hijo son, o podrían ser, cualquiera de nosotros. Cualquier ser humano. El planteamiento destila numerosas incógnitas, y acaba por envolver la historia con un halo neblinoso, anónimo y especialmente desgarrador, como el lenguaje, parco en palabras pero con ciertos matices de lirismo dirigidos hacia lo sombrío, lo tétrico. Hay mucho puntillismo, y lenguaje y estructura parecen prestarse al servicio de incrementar la sensación de encontrarnos dentro de ese paisaje desolado. De ceniza.

Toda la obra podría ser considerada el relato de un gran éxodo, y al mismo tiempo como un poema épico, que alterna muy exiguos momentos de paz con la auténtica estupefacción por las vicisitudes que los protagonistas han de vivir, y por numerosas escenas en las que reina el desgarro, campo en el que McCarthy se mueve como un mago: parece traspasar las hojas de su obra, salirse de dentro y agarrarte la garganta.

Y, sin embargo, entre todo este desastre, este miserable mundo descrito por el norteamericano, late una luz: el fuego; que representa la esperanza, la honestidad, la justicia, la moralidad, e incluso la sabiduría. Un sobreponerse a cualquier cosa porque la vida, como decía Sampedro, merece, debe, ser vivida. Y quién mejor que un niño para arrastrar ese fuego. Y quién mejor que Cormac McCarthy para contárnoslo.

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