Algunas sensaciones sueltas diez días después

 

De turista a residente: transformarse. Las relaciones no se rompen, se estiran. Los apegos yacen en la superficie del Atlántico, primero, para luego hundirse. Algún día serán petróleo. Las páginas electrónicas no me hablan de un tiempo nuevo, me hablan del mismo camino que llevo recorriendo tantos años. Ese que conduce a alguna parte.

 

No llevo fuera dos días, como me da la impresión. Han pasado quince meses. Pero es difícil obviar la sensación de que el tiempo que he pasado en España, tras mi primera estancia aquí, no es más que un paréntesis corto en el que no ha pasado nada. Aunque haya pasado. El tiempo jamás está vacío de acontecimientos.

 

Me gustan esos estorninos bañándose en lo alto de un garaje. Y también la cruz de esa iglesia, iluminada por la noche con un horterismo torrentiano, noventero. Solamente en Islandia se puede encontrar esa (inconscientemente) hábil combinación de antiguo y moderno, de hortera y fashion. Todo en dos metros cuadrados de hierba seca.

 

Hay un algo en la eficacia burocrática que me da vértigo. Que no te pongan las cosas difíciles es un punto al que no estamos acostumbrados. Lo que habría de llevar días, ocurre en unos segundos. Regalo de tiempo. Y ahora qué.

 

Necesitaría aquí mi cornerstone, pero aún no. Me miran los cuervos, que de paso buscan a Odín. Un ostrero aburrido cruza el cielo, no es día de mariscos.

 

Por cierto, sigo pensando que contemplar una aurora boreal tendría que ser un derecho humano universal. Todos necesitamos seguir una luz, un fuego. Y que las noches se iluminen y aniquilen cierta oscuridad siempre es un regalo.

 

Impresiona el tamaño de un salmón. Colgado en su gancho, alzarlo por el cordel e introduciendo un dedo en parte de sus branquias, sus veinte o veinticinco kilos, el tacto grasiento y húmedo de su piel, sus ojos desorbitados, su sistema nervioso extendido tras la muerte, los temblores, el naranja de su carne, el negro de su riñón. Impresiona.

 

La transformación de los días vacíos. La nieve.

 

El anacoreta como reflejo de La fuerza irresistible, una en las alturas, la otra en el fondo del valle.

 

Me acuerdo de Morente y el Generalife, de los gallos de amaneceres caóticos, del desgarro de mañanas sin fin, de sobados y coca-colas, me acuerdo de aquellos tiempos de cucharas y nuevos encajes, me acuerdo de los tangos, de los tés y paseos de media tarde, de la irresponsabilidad laboral, y de Londres y aquel calvo que me impresionó desde el bus, de todas esas separaciones, idas y venidas, me acuerdo de la magia de los fiordos negros y las nieves perpetuas, de fríos algodonosos y de Sigur Rós en aires veraniegos. Uno se acuerda de muchas cosas, conforman una historia angulosa, compleja, inexplicable.

 

La tarde se alarga, el cielo palidece. Corre el sol detrás de esas nubes, una órbita alta, parábola cruzada por la trayectoria de aeroplanos de recreo en un aire decididamente frío. Latitud perdida. Todas las historias mueren si no las escribo. París, Texas. La poesía está hecha de vacío y el vacío está dentro de mí, fértil. La tarde se alarga, mis piernas corren, saltan mis ojos hacia abajo, hacia la gravilla oscura, las calles industriales vacías, las bicicletas abandonadas, contenedores alzados y caídos, al fondo ese perfil conocido, como si mi casa fuera, nevado, estriado, acero móvil y líquido. Desmoronamiento de emociones, eso que no falte. La tarde se alarga, se alarga tanto que se estira como un chicle, estas plazas norteñas, qué tango, qué belleza, qué Hurdes de miseria y sarna y botulismo, qué tango, qué padres e hijos y hermanos y mujeres, qué crematorio. La tarde se alarga, se transforma en noche, se ilumina la cruz y las luces del hotel, en otras partes es el tiempo de las alimañas, no aquí, aquí solamente se termina el tango, mínimo, parisino. Y es así.

 

Todo es como escribir un cuento.

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