AZUL 2

Azul llegó a Islandia en tren. Sé lo que estás pensando: Islandia es una isla, no se puede llegar en tren. Pero ella lo hizo, quizá por eso su historia se introduce peligrosamente en el terreno de la fantasía. Fue, por cierto, en un Talgo de la Renfe que, por algún motivo relacionado con los lagolieros, se desvió y acabó en Reykjavík, dentro una estación de bus minúscula, destartalada y con el aire hortera de los años noventa, o los setenta. Y desde ahí, acompañada por su mochila y por la caja con la tortuga Hamsun, que milagrosamente había sobrevivido a un viaje de tal magnitud, fue vagando por las calles desoladas de la capital: frío, hielo y nieve. Y hordas de borrachos que emergían de algún que otro local de ocio, ciegos y absolutamente grotescos. Azul jamás se ha dejado arredrar por ninguna situación, y consciente de sus capacidades, segura de sí misma, al día siguiente encontró un trabajo de lavaplatos, y, lo más importante, una habitación en una casa de las afueras, un lugar anodino pero con un precioso jardín descuidado y vistas al mar. Un barrio, por lo demás, que era el típico suburbio estadounidense en cuyos porches las familias felices se hacen fotos para que, con el paso de los años, estas adquieran el tono sepia-amarillento que tanto gusta. Sin filtros. Azul no tenía la menor idea de a dónde iban sus pasos, ni cuál era su historia, pero había sido así durante toda su vida, así que se acostumbraba rápido a los cambios, y abrazaba con cariño la rutina que pronto entró en su vida: columnas dóricas de platos sucios, algunos semi-llenos de comida como exabrupto consumista, cuánta comida arrojada a la basura, olor a langostino y a carne muerta, a detergente y al ruido coral de mandíbulas rechinando; y en sus días libres, el sumirse en la melancolía de las largas y crecientes noches árticas, leyendo libros de poetas muertos, o sudamericanos, o ambas cosas, enrollada en una manta barata pero mullida, bebiendo té y comiendo pan negro con mantequilla, aguacates y manzanas Golden. A veces echaba alguna mirada a Hamsun, cuya vida se reducía a dar paseos eternos por su terrario. Suponía Azul que para ella el cambio de escenario había sido mínimo, más allá del olor del aire. Su paisaje vital jamás cambiaba. Y así transcurría la vida de Azul, del modo en que transcurren las vidas normales de las gentes normales, enormes lapsos de rutina interrumpidos por calambres de acontecimientos nuevos, sorpresivos. Uno de estos calambres fue un sueño, uno de esos sueños tan tremendamente surrealistas e intensos que se parecen de manera sospechosa a la realidad (o no): soñó que se convertía en el flautista de Hamelín. Fue intenso, absurdo, y por alguna razón, vivido con intensidad. Y del que se despertó riendo, lágrimas cruzándole la cara como sublimación de a saber qué emociones. De inmediato supo que el sueño escondía otras escenas, otras cosas que no recordaba y que, al contrario de lo que suele ocurrir con los sueños, se le fueron revelando en las horas siguientes, como un velo que se retira del rostro de una bella bailarina árabe. Así, se le reveló que lo que en un primer momento parecían ratones eran realmente gatos, y que la flauta del flautista era más bien una bolsa de valeriana. Y que Azul tenía una misión, relacionada con estos dos elementos, con la guía. Falta de señales, Azul decidió continuar con su vida, ¿qué más podía hacer? Es verdad que a partir de entonces fue más consciente de que Reykjavík en general, y su barrio en particular, eran lugares atestados de gatos. Parecían ser ellos los habitantes reales de la ciudad, campando a sus anchas por entre las casas y las calles y bajo los coches y en los campos de hierba cubierta por la nieve. Sin temor alguno y absolutamente confiados en su superioridad espiritual, seguros de que ningún coche se atrevería a atropellarlos ni ningún humano a tocarlos sin su consentimiento, relamiéndose en esquinas con esa aristocracia gatuna, y en lo más crudo del invierno, dentro de las casas, observando con soberbia la nieve y esos vientos gélidos que cruzaban entre los edificios desde el otro lado de las ventanas, al calor de los radiadores. Poco a poco, Azul empezó a darse cuenta de que la miraban con desconfianza, como se mira a una intrusa: cada vez que la veían llegar de trabajar a la casa, seguían sus pasos como constatando que no representaba un peligro… por el momento. Aquel no era un comportamiento habitual de los gatos reykjavikenses, por lo demás edulcoradamente solícitos a las caricias de cualquiera, a los ronroneos gratuitos, y que con Azul, en cambio, parecía que algo no les gustaba. Con el paso de los días, como una bola que rueda por una pendiente hasta chocar con algo que la detenga, la sensación de que tenía una misión y que estaba relacionada con aquel sueño se hizo casi físicamente tangible. Una noche, al regresar a casa, intentando desprenderse de la mirada de todos esos gatos, se encontró con la casa vacía y el portátil de una de sus compañeras encendido. Entró en el buscador, escribió gato + valeriana, y leyó durante un largo rato toda la historia de que, para los Felis catus, la valeriana no reporta descanso y tranquilidad, sino un subidón tipo cocaína, repleto de éxtasis y euforia durante medio minuto. Detalles acerca de aceites volátiles, sistema límbico, aromas destilados, hormonas del celo, adicción, y un largo etcétera que la tuvo entretenida hasta que llegó su compañera y la apartó del portátil. Se fue a su habitación y le contó lo que había descubierto a Hamsun, la tortuga, que mostró tanto interés como una roca volcánica, de esas que abundaban en el paseo marítimo. Ahora, ese flautista de Hamelín con valeriana y rodeado de gatos tenía más sentido, aunque sus pesquisas no la condujesen necesariamente a algún sitio. Dado que su existencia tampoco podía ser considerada como normal, Azul estaba acostumbrada a las incertezas, y a dejar que estas dominasen su vida y la llevasen de aquí para allá. Los gatos se colocan con valeriana, Hamsun, ¿qué te parece?, le insistió a la tortuga. Pero, ¿y qué? No significaba más de lo que significaba. Así que siguió más o menos en las mismas, hasta que un nuevo sueño le aclaró el camino, un sueño sustancialmente muy parecido al primero, con ese extraño flautista de Hamelín que, con un zoom de la cámara onírica de su subconsciente, demostró ser ella misma, Azul, y con ese río de ratones que, con el mismo zoom, demostró ser una gran manada de gatos. Por no hablar de la flauta, que en realidad era una saca de hojas secas y arrugadas que Azul iba dejando en el suelo mientras caminaba, valeriana que los gatos mascaban y que les sumía en un estado peripatético de suspiros, ruedos por el suelo, espuma en los labios, a lo perro rabioso, una escena que lució dantesca en su sueño, que terminaba con ella misma y los gatos perdiéndose en el fondo oscuro del callejón, mientras Azul se despertaba, consciente o más consciente quizá de lo que había de ocurrir. A la mañana siguiente, y mañana era un decir porque la noche medraba y la luz de los días se concentraba ya en unas pocas horas, Azul compró valeriana en una tienda del centro, y esa noche, cuando todos dormían y las luces habían desaparecido de las casas, se escupió a sí misma al frío de la calle, a esa ventisca gélida, y presenció la sobrenatural aparición de los gatos del barrio, que acudían a ella como si hubiesen oído una extraña llamada que nadie más podía escuchar. Azul no quería pensar demasiado en el oscuro propósito que pudiera haber detrás de todo aquello. A cada gato le ofrecía un poco de valeriana en su mano enguantada, un cura repartiendo las hostias, y luego los veía espumear y rodar por el suelo, el placer y los ojos casi en blanco de unos animales que, por lo demás, se movían con una dignidad de prócer del reino animal. Conducirlos, pensaba Azul, tengo que conducirlos por esta calle. Pero esa calle, concretamente, desembocaba en el mar, y si era ahí a dónde había de conducirlos, serían las fauces del Atlántico las que darían cuenta de ellos. Terminada la orgía de babas, los gatos se esfumaron entre los setos, bajo los coches, dentro de las casas: no quedó ninguno, Azul no pudo hacer nada para retenerlos. Supuso que era tiempo lo que se necesitaba, tiempo para afianzar la adicción de esos seres, así que durante las siguientes semanas, cada vez más oscuras, cada vez más frías, Azul se dedicó a viajar por las noches por esa calle, repartiendo placer, observando como a medida que pasaban los días los gatos se transformaban en animales belicosos que se peleaban entre ellos buscando su dosis, los ojos fuera de las órbitas, la espuma en sus labios, los rabos alzados como señalando las estrellas, pegados a sus piernas, rozándose, mendigando. Eran yonkis, y cuando obtenían su dosis y éxtasis se diluía, querían más. Las peleas obligaron a Azul a arrojar la valeriana al suelo, como si la sembrara. Tras semanas de dedicada actividad camellera, llegó la luna llena de nuevo y Azul sintió que era el momento de completar su sueño y cerrar el ciclo. Una ventisca gélida caía desde el Ártico, y las estrellas se recortaban en el cielo como un paisaje colosal, la Vía Láctea partiendo la ciudad en dos. Cuando los gatos acudieron a ella atraídos por esa pulsión interior, Azul caminó hacia el final de la calle, atravesó el prado cubierto de nieve y punteado por las extrañas esculturas de un extravagante y legendario artista islandés, y pronto estuvo al borde de un pequeño acantilado en donde rompían las olas. Echó un vistazo a sus espaldas, tuvo un fugaz recuerdo para Hamsun mientras veía a una auténtica marea de gatos adictos, ojos violentos, expectantes. A Azul se le aceleró el pulso, pero cumpliendo con su cometido, arrojó la valeriana al mar y contempló cómo la marabunta de gatos se lanzaba al agua. Cayeron en la espuma salina de las olas, y el aire se llenó de maullidos espantosos mezclados con el ronroneo del mar. Ninguno de ellos intentó salvarse, sino que se dejaron llevar por las olas, pereciendo aplastados contra las rocas, unos, otros ahogados intentando aún masticar la valeriana bajo el agua. Azul se quedó contemplando esa carnicería durante mucho rato, larga madrugada, hasta que como atravesada por un rayo de comprensión, apartó la mirada del mar y de los cadáveres de gato que flotaban confundiéndose con las rocas, y volvió sobre sus pasos. En la casa, Hamsun la esperaba dando vueltas alrededor de la palmera de plástico, como una madre preocupada porque su hijo tarda. Hola, Hamsun, le dijo, tomando un libro y sentándose en el suelo a leer bajo la tenue luz de una lámpara, esperando el amanecer leyendo sobre la mujer, y sobre una isla.

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