La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco

Podría decirse que la segunda novela de Jesús Carrasco, La tierra que pisamos (Seix Barral), resulta un experimento fallido. Quizá tenga algo que ver en ello que su aparición en el panorama literario español, con la brillante Intemperie, hubiera dejado el listón muy alto. Aquel poderío narrativo impresionó y enamoró a muchos. Con La tierra que pisamos, en cambio, se percibe un trabajo más atrevido narrativamente, pero también más confuso y nunca del todo acertado. Por partes.

La novela puede contemplarse como una ucronía: en algún momento de nuestro pasado más reciente, así como principios del siglo XX, España se convierte en la colonia de un gran imperio, con una guerra breve pero sanguinaria. Décadas más tarde, con el recuerdo de esa guerra presente pero algo más atenuado, Carrasco nos presenta a los dos protagonistas de la historia, que transcurre en un pequeño pueblo de Extremadura: Eva Holman, la esposa de uno de los coroneles del imperio; y Leva, un vagabundo oscuro y silencioso. La aparición de este último en el jardín de la primera enciende el motor de la novela, que combina los contradictorios sentimientos que Eva Holman siente hacia él, y el lírico relato de la experiencia vital de Leva, cuya existencia Eva va reconstruyendo en una sorprendente obsesión en el otoño de su vida. Es una obsesión que resulta, además, delictiva, puesto que a los colonos no se les permite acoger indígenas, algo que Eva Holman incumple, perdidos los miedos y ataduras de una vida de sumisión a la autoridad.

Con este argumento, y la gran capacidad que Carrasco tiene para desenvolverse con una prosa desnuda pero con breves arrancadas líricas, muy al estilo de algunos autores norteamericanos, ¿qué es lo que me genera esa sensación de fallida? Desde luego, no es el aire tremendista con el que Carrasco inunda la novela, y que funciona igual de bien que en Intemperie. Tampoco es la presencia tópica de la atmósfera de un campo de concentración, ni la ausencia de grandes giros o sorpresas en la trama, algo que el lector entiende rápido. Ninguno de estos factores son, por separado, un problema serio, especialmente si el autor es capaz de hacer funcionar la novela. Lo que hace que, en mi opinión, La tierra que pisamos no funcione del todo es la confusión entre las dos voces narrativas, las dos tramas enfrentadas: el monólogo interior de Eva Holman, el relato de los recuerdos desvaídos de Leva. Esta doble voz se confunde por momentos, borrosa la línea que separa a ambas, y descoloca al lector. Este desajuste, sumado quizá a una falta de reposo de la novela, hace que el resto de pequeños problemas se magnifiquen y que el lector tenga la sensación de que algo no va bien.

Todo ello no resta potencia a la historia, ni aplaca el aire terroso de su narrativa, que parece emanar de la tierra como el agua de un manantial. Un poso que nos invita a la reflexión, a pensar en nuestra relación con la tierra, de la que nos hemos ido separando poco a poco en un deterioro imparable. La novela nos describe así una distopía de la que no estamos tan lejos, y aunque vagamente fallida en lo literario, es una lectura más que recomendada.

Y yo al menos, ya me pongo a esperar la tercera novela de Jesús Carrasco.

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