Soldados de Salamina, de Javier Cercas

¿De qué hablamos cuando hablamos de historia: de Historia, o de historia? ¿Realidad, mentiras o mitificaciones? En Soldados de Salamina, Javier Cercas juega a despistarnos, a inducirnos a reflexionar acerca de la veracidad de lo que se nos suele presentar como una verdad definitiva: la Historia.

Soldados de Salamina es una auto-ficción; o una narración ficcional; o un relato histórico ficcionalizado. Se le podría llamar de muchas maneras, supongo. En todo caso, el relato se origina de un acontecimiento central, motor de la novela: el ejército republicano se está retirando hacia Francia en las postrimerías de la Guerra Civil, y Rafael Sánchez Mazas, uno de los conocidos falangistas que empujó al país a la guerra fratricida, escapa milagrosamente a la muerte en dos ocasiones casi consecutivas, la primera en un pelotón de fusilamiento, la segunda, arrojado en un hoyo, gracias a que un soldado republicano le perdona la vida. Es este instante el que empuja a la voz narradora, alter ego de Cercas, a documentarse sobre este nimio acontecimiento de la historia y a escribirlo en torno a Sánchez Mazas pero también en torno al misterioso soldado que le perdona la vida. Ambos son una fotografía y su negativo: el cobarde y frívolo falangista, escritor mediocre; el héroe casual y sufrido, personaje anónimo. A Sánchez Mazas, Cercas nos lo construye (o destruye) a lo largo de toda la novela, a través del relato de diferentes personas que le conocieron. En cambio, el soldado republicano se convierte en una quimera, un leitmotiv: su existencia nos hace pensar en la guerra, en los héroes, en si la naturaleza más esencial del ser humano es la bondad o la maldad. Siempre envuelto en un halo de misterio.

Javier Cercas juega hábilmente con la narración, revelándonos nuevos datos que mantienen la intriga, despiertan la curiosidad a pesar de la repetición constante del mismo acontecimiento. Y lo hace con una habilidad calculada, aprovechando las entradas y salidas de personajes para movernos hacia delante con la narración. Es hábil, también, utilizando breves destellos de humor (o patetismo), y diálogos inteligentemente salteados, para ayudar a aligerar la narración, que por momentos se vuelve algo densa. Así es como usa, por ejemplo, a un Roberto Bolaño de ficción, que relanza la trama cuando esta parecía muerta. Son astucias de gran escritor. Y quizá es esta astucia la que a uno le hace dudar de quiénes son los verdaderos protagonistas de la historia: si Sánchez Mazas y el misterioso republicano, o el mismo narrador, que nos cuenta su historia de frustraciones, de depresión y engaños, todos esos problemas que los escritores enfrentan al escribir sus historias. La vocación de escribir. Ese Roberto Bolaño de ficción, en un punto de la novela, dice: “Para escribir novelas no hace falta imaginación –dijo Bolaño-. Sólo memoria. Las novelas se escriben combinando recuerdos”.

Todo esto convierte a Soldados de Salamina en una novela poco ligera, pero que engancha y resulta, en sus postrimerías, conmovedora sin caer en la sensiblería ni el tremendismo al que la literatura y cine de la Guerra Civil nos tienen acostumbrados. Y, a pesar de todos los esfuerzos del narrador (y del lector), no llega nunca a aclararse la identidad de este soldado que perdona la vida a Sánchez Mazas. Quizá porque en la vida no encontramos lo que buscamos, sino que encontramos siempre otra cosa.

“Las palabras sólo sirven para decirse a sí mismas”.

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