Los congresos del futuro: The Congress, de Ari Folman

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(Esto es / no es una reseña sobre The Congress, de Ari Folman)

 

Está sonando la inquietante Music is math, de Boards of Canada, mientras me veo otra vez un video de Playground sobre unas lentillas desarrolladas por Samsung y que nos permitirán hacer fotos con un solo pestañeo. También cuenta que Google ha diseñado otras lentillas capaces de detectar los niveles de glucosa en sangre e informar si hay un problema, algo tremendamente útil en el caso de los diabéticos. Y es verdad que esto no parece tener nada que ver con The Congress, de Ari Folman. O, quizá, tiene TODO que ver. Porque la canción y el video me empujan hacia una de las escenas finales de la película, cuando una ¿despierta? Robin Wright (que se interpreta a sí misma en la cinta) cae de nuevo en ¿la realidad? y se pasea entre una marabunta de seres humanos zombificados, la mirada perdida en un horizonte que en realidad está en el interior de sus cabezas. Una escena estremecedora e inquietante. Que recuerda a la caída de una civilización. Por no hablar de Prometeo. O de las aceras llenas de adictos al guasap, almas lobotomizadas que juegan a no chocarse con farolas ni tropezar con los bordillos. Quizá hubiera que hablar de Prometeo, quién sabe.

 

¿Cuál es el argumento de The Congress? Voy a dejar, por un momento, que los profesionales de Filmaffinity me ahorren el trabajo: “La necesidad de dinero, lleva a una actriz (Robin Wright) a firmar un contrato según el cual los estudios harán una copia de ella y la utilizarán como les plazca. Tras volver a la escena, será invitada a un congreso, que se desarrolla en un mundo que ha cambiado completamente”. Las sinopsis genéricas tienen esto, que con obras de cierto calado no resuelven ni aclaran gran cosa. En este caso, nos revela el motor inicial de la película, basada en una novela del gran Stanislaw Lem (Solaris, Ciberíada). Este motor no nos habla de la verdadera magnitud de la obra, una distopía en toda regla, uno de esos desagradables lugares imaginados en los cuales no querríamos estar pero hacia los que, paradójicamente, nos dirigimos a velocidad de crucero. Por eso el visionado de The Congress es desasosegante.

 

(Inciso 1: creo que siempre seré un sucedáneo de falso periodista metido a escribir reseñas, ya sean de música, literatura o cine. En gran medida porque escribo por impulso, y los impulsos son cualitativamente inexplicables. Y sí, esta es una de esas justificaciones que María siempre me dice que no debería incluir en mis textos, por innecesarias. Yo qué sé.)

 

A raíz del (Inciso 1): hace unos cuantos meses, cuando escribí una reseña de La Grande Bellezza, de Sorrentino, tenía la excusa del inexperto primerizo. Una excusa que ahora se me cae, por iniciativa propia, al tratar de hablar de The Congress. Es curioso que en ambos casos el primer visionado transcurriese entre breves sueñecillos, y en Islandia, y que también en ambos casos una pulsión interior me llevase a un segundo visionado. La misma pulsión, supongo, que me empuja ahora a escribir: cuando una obra nos toca la fibra correcta, esa que tensa espera la caricia, entonces llega a nosotros esa extraña mezcla de tormento y placer.

En 2014, el cartel de The Congress me miraba desde el exterior de los cines más independientes de Reykjavík, pero no fue hasta que leí una crítica que me convencí de descargarla y vérmela. Y la impresión fue descomunal. No sabía, por entonces, que el responsable de la cinta era el mismo que me había embelesado con Vals con Bashir.

 

Decía que The Congress es una distopía, y además, una de las buenas, de las que en su resolución se niegan a ser cazadas fácilmente. Robin Wright se vende al completo a los estudios a cambio de no actuar en los siguientes veinte años, y la escena de copiado se funde y nos lleva a veinte años más tarde, no sin que antes Harvey Keitel (uno de los secundarios de lujo, al que habrá de sumarse Danny Huston y Paul Giamatti) nos suelte una bonita crítica al buitrismo mercantil que subyace a todo negocio, ya sea artístico o no. El fundido nos lleva al futuro, al Congreso (la novela de Lem se llama, precisamente, Congreso de Futurología), porque eso es The Congress, una proyección hacia un futuro temerariamente cercano. Esta primera sección de la película, más bien convencional, se termina con una Robin Wright solamente un poquito envejecida conduciendo un Porsche descapotable por el desierto, camino de Abrahama, un misterioso estado propiedad de los mismísimos estudios, que en su devenir corporativo se han fusionado, además, con una gran farmacéutica. Poco sutil, ¿no? Para entrar en este estado, únicamente animado, Robin Wright se toma una cápsula.

Es a partir de entonces cuando muchos se bajan de la película, y es algo comprensible, porque lo que sigue es una sucesión de escenas animadas, febriles, llenas de sugerencias, de alguna forma irresistibles, descabelladas, absurdas, muy lisérgicas, en donde de la mano de la versión animada de Robin Wright, nos conducimos con melancolía y asombro por un mundo que roza lo paroxístico. Las referencias son apena veladas (ahí ese gran gurú-sacerdote imitación de Steve Jobs), en relación proporcional a los conocimientos de cine que uno posea.

 

(Inciso 2: hubo un tiempo en que los escritores de ciencia-ficción gustaban de las distopías (el propio Lem, Aldous Huxley, Ray Bradbury, Arthur C. Clark,…), y la mayoría de ellos consideraban que los totalitarismos del futuro no dominarían a través de la fuerza, sino a través del consumo. De la adicción y los adictos.)

 

Toda esta larga alucinación, prendada de diálogos por momentos incomprensibles, descoloca, termina por hacer confundir la realidad con la alucinación, algo que no es defecto de la cinta sino virtud de su director. Trasposición alucinada de aquello del sabio y la mariposa de la cultura oriental. Es precisamente la intención, la de hacernos dudar de si seguimos en la alucinación o hemos salido de ella, o si lo que consideramos alucinación no es más que la realidad sin velo. Todo el tiempo. Quizá es por ello que Robin Wright no acaba de emerger, permanece sumergida en la incomprensión, y para cuando da un paso fuera de ella, ya nadie tiene muy claro si ha salido o, de hecho, acaba de entrar. Confuso, ¿no?

El leitmotiv de Robin Wright es el reencuentro con su hijo enfermo, y la empuja a través de la incomprensión a pesar de ser un alma perdida. Los espectadores la acompañan durante todo este rato, intentando encontrar una resolución a la trama, que alcanza un clímax muy matrixiano, pastilla roja pastilla azul, con la salvedad de que en The Congress ni una pastilla ni la otra conducen al paradiso, y la triste protagonista de esta historia descubre (medio-SPOILER) que su hijo ha viajado a un lugar a donde ella no lo puede seguir. Ese paraíso inalcanzable. Y Robin Wright, desolada, termina escogiendo: no La Realidad o La Alucinación. Simplemente, su realidad.

 

La gran virtud de The Congress (especialmente con respecto al Congreso de Futurología de Lem) es que nos lanza a la cara un futuro nada lejano y mucho menos distópico de lo que nos gustaría: lentillas que superpondrán información a nuestra percepción de la realidad: cascos de realidad virtual casi indistinguible de la realidad. ¿Estamos tan lejos de que nos ofrezcan una cápsula que nos permita huir de la realidad? ¿Estamos tan lejos de que una corporación sea tan poderosa como para hacer lo que se le antoje?

¿Estamos tan lejos, o ya estamos allí?

 

Ari Folman se sirve de la novela de Lem para darnos un pequeñísimo empujón hacia el futuro. No hay muchas oportunidades, pero aún podemos huir de él. Hay tiempo.

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