Resiliencia

Hay todo un mundo de palabras que parecen surgir de la nada y ponerse de moda (freak, híspter, selfie). Resiliencia es, en un grado quizá menor, otro ejemplo de término que por motivos desconocidos empieza a rellenar suplementos dominicales.

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Rápidamente adaptada por la RAE (sorprendente), la resiliencia se limitó a expresar, durante mucho tiempo, la capacidad de un material, mecanismo o sistema, de recuperar su estado inicial tras haber sido sometido a una perturbación; para luego entrar de lleno en el campo de la psicología humana, pasando a denominar la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o a un estado o situación adversos.

Al igual que ocurre con la nostalgia, la resiliencia es una palabra nueva que designa algo viejo: la capacidad de usar las adversidades propias de la vida para construir y avanzar. Algo que Viktor Frankl resumió, tras su paso por los campos de concentración nazis, como “El hombre que se levanta es aún más fuerte que el que no ha caído”.

Con esta introducción, intento aclarar que ya no es original hablar de resiliencia, puesto que hay artículos sobre ella en todos los periódicos y revistas del mundo, libros acerca del tema, e innumerables entrevistas a uno de sus supuestos padres, Boris Cyrulnik. Y que, a pesar de ello, he sentido la necesidad de hacerlo.

Remarcando algo que va implícito en la resiliencia: el abandono del victimismo.

 

Todos conocemos la miseria espiritual. La vida es una concatenación de situaciones que nos gustan más o menos, que nos generan más o menos placer, o absolutamente nada de placer. A muchas personas les gusta referirse a ello en términos de buena o mala suerte, pero esa caracterización resulta absurda. Hay una historia china que refleja muy bien que las situaciones están concatenadas, y que esa caracterización de buena/mala suerte no sirve de nada si ampliamos el foco. Contemplar las situaciones de la vida con suficiente altura espiritual significa aprender de ellas. Lo sencillo y ciertamente mayoritario es dejarse al victimismo y esperar a que alguien nos saque del agujero.

Resiliencia es tomar esos tragos amargos que nos da la vida y usarlos para crecer.

 

Hay que soportar sin dejar de avanzar; si tú sabes lo que vales, ve y consigue lo que quieres. Pero tendrás que soportar los golpes de la vida”. Es de Rocky. Para que luego digan.

Crecer y aprender es la razón de que estemos aquí: viviendo.

El victimismo al que me refiero es pura inmovilidad, falta de reacción ante los acontecimientos externos (e internos). No es siquiera una incapacidad, puesto que la capacidad de romper con ese estatismo se encuentra dentro de todos nosotros. Pero es también falta de protagonismo: pensar que algo o alguien acabará apareciendo y sacándonos las castañas del fuego. Se es resiliente si aceptamos esa parte injusta de la vida. Si ponemos en valor nuestros recursos y capacidades. Si observamos nuestro potencial a la hora de resolver problemas. Si intentamos forzar un cambio en el ritmo de las cosas. Si nos enfrentamos en lugar de huir.

Y sí, esto suena a libro de auto-ayuda.

En mi experiencia reciente, soy capaz de contemplar dos versiones de mí mismo: la resiliente y la anti-resiliente. Una, protagonista, la otra, víctima. Una, reaccionaria, la otra, depresiva. Una, atribuyéndose tanto los éxitos como los fracasos, la otra, buscando culpables. Una, viviendo el presente. La otra, rebuscando en el pasado y fantaseando con el futuro. La una, sin procrastinar, la otra, postergándolo todo para mañana (el cambio de dieta, el abandono de una adicción, esa conversación incómoda, un cambio de rumbo en la vida). La una, buscando la levedad, la otra, rebozándose en la ansiedad.

Me recuerdo víctima y culpando de mi vida a todo el que me rodeaba. Y durante muchos meses (hay sobrados testigos). Podría usar excusas, como que la lluvia de Galicia no ayuda, o que los hospitales son lugares duros para levantar la cabeza, o que en España todo va mal, pero serían eso, excusas. No tengo dudas, tampoco, de que a los que nos gobiernan les gusta vernos así: mansos. El gran problema del victimismo es, al igual que ocurre con la depresión, la dificultad de salir del círculo vicioso en el que uno se ve metido. Y, con mucha frecuencia, la soledad aumenta esa sensación de agujero negro. Se entra en un torrente de drama y desgracia (más o menos objetivo, cualitativa y cuantitativamente mayor o menor, eso da igual), y nos dejamos llevar. Nos dejamos golpear. Abrazamos la desvalorización a la que nos somete la sociedad, con ese intangible y gigantesco dedo acusador: no sabes hacer nada, no puedes, no vales para nada. Y entramos en modo determinista: no hay salida.

El espíritu resiliente vence todos esos obstáculos y sale de ahí, pero no lo hace desde el aislamiento, sino desde la honestidad y la cooperación. La resiliencia es un mecanismo adaptativo, de resolución, y tiene mucho que ver con la compañía. No en vano, somos mamíferos, vivimos en manada. Biológicamente estamos diseñados para cooperar en la solución de los problemas. Algo que se llama, en auto-ayuda, repartir la mochila de nuestros problemas para que pese menos. Viktor Frankl, por cierto, vio mucho de esto en los campos de concentración, y lo cuenta extraordinariamente bien en su libro El hombre en busca de sentido.

Todos somos capaces de ser resilientes. La primera norma es no encerrarse, porque todo funciona mejor si se comparte. Funciona mejor, también, si te valorizas, si te dices: soy capaz de esto, y de eso, y de aquello, y también de aquello, y si me das un momento, también de eso otro. Es decir, funciona si huyes del No puedo, que muchas veces significa más bien No quiero, una negación del lugar a donde te ha llevado la vida. Para ser resilientes, por cierto, no vendría mal machacar de una maldita vez la desastrosa influencia que han tenido en nuestra sociedad las ideas cartesianas de que una causa produce un efecto. La creación de la culpa.

Cyrulnik dice: “No hay biografía sin heridas. Todo el mundo, en mayor o menor medida, atraviesa la vida recibiendo golpes”. Que esos golpes se conviertan en energía de avance depende de nosotros, de que no nos dejemos hacer y hagamos. También Cyrulnik dice, y esto es lo que más me gusta: “La artesanía de la felicidad cotidiana se tricota día a día”.

Se puede. Así que, como diría un amigo: “¡Avances!”

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2 comentarios en “Resiliencia

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