El espléndido viaje de una araña y otras sensaciones de un domingo tranquilo

En mis oídos alguien que un día fue Thom Yorke canta algo acerca de quemar a una bruja. Al parecer hay un disco nuevo de Radiohead y el mundo necesita detenerse, contener el aliento, mirar al cielo. Resulta ridículo en la misma forma que otras cosas, como sentirme feliz por llevar una rodaja de salmón islandés congelado en la bolsa. Voy por Hverfisgata, porque me gusta más que Laugavegur, y porque siempre está más vacía de turistas, y es entonces cuando aparece una araña, la araña, bien agarrada a un filamento de telaraña perdido, que ni cae ni baja, que solamente se mueve hacia delante por la calle, a mi lado, sigue mis pasos, acompañándome, la araña es como un Tarzán silencioso en su liana eterna, agita varias de sus patas, girando sobre sí misma, como contemplando a su alrededor el paisaje urbano de edificios de color amarillo sucio, edificios también grises y medio desastrados, lo mira todo con sus múltiples ojos de araña hasta que se interna en el ramaje de un haya que invade la acera con sus tentáculos, y ahí la pierdo de vista, al dejar atrás el árbol la busco en esta pecera gigantesca que es el mundo, consciente de lo inútil de mi mirada, de que no voy a encontrarla y que nuestro periplo juntos ha finalizado, de que hemos compartido un instante y que eso ya se terminó, el camino se parte en dos, se bifurca, y mentalmente nos deseamos suerte. El cambio de tercio me conduce al KEX, en donde leo a Sanshiro y bebo té negro, pensando aún en la araña, y al mismo tiempo contemplando las paredes medio nevadas del Esja y el mar de Faxaflói, que llegan a mi mirada a través de la ventana, el día es uno de esos días muy nublados pero en los cuales, paradójicamente, el azul brillante del cielo deslumbra en los bordes, sobre el horizonte, como si las nubes fuesen solamente una gran cúpula caída sobre la ciudad, persiguiendo su sombra, estoy deleitándome en esa sensación cuando empieza a llover gallego, en la calle miro a la gente, que aquí no corre por una minucia como la lluvia, sino que caminan tranquilamente junto a la gasolinera vacía, de pronto empieza a sonar el No cars go de Arcade Fire, ese grupo que no me gustaba nada, luego me gustó un poco, y ahora me resulta algo anodino, sin embargo esta canción me gusta, me encanta, suena como para elevar mi ánimo aún más en esta mañana de domingo aprovechada y sin resaca, no siento pena de otros vermús porque tengo mi té, y el murmullo de cuatro americanos que, a mi lado, se pasan un buen rato despidiéndose, los cuatro pretendidamente mochileros, ellas con un indefinible estilo neoyorquino, ellos dos jugando a disfrazarse de granjeros, una rubia barba Lincoln, un peto vaquero, son dos parejas de amigos que probablemente pasaron la noche juntos, o no, veo por la intensidad de la despedida, especialmente de una de ellas, que algo se quedó pendiente en la corta noche ártica, algo que bien saben que, a pesar del You have my phone number, no va a solucionarse en América, hay tantas y tantas cosas que solamente pueden ocurrir cuando uno está de vacaciones o en lugares mágicos o sólo en un determinado y preciso momento, fuera de esa minúscula ventana de probabilidades, la estadística se desploma a cero y el suceso se esfuma. Ellos siguen despidiéndose mientras yo intento dedicarle algo de atención al pobre Sanshiro, que adolece en la fría pantalla de mi kindle, mientras sobre mi abrigo, el salmón doblemente envuelto en plástico procede al largo proceso de descongelamiento, relleno la taza vacía con más agua caliente, aquí no cobran por esas minucias que en el Sur se consideran terreno abonado para el beneficio, miro de nuevo al exterior e intento anotar estas impresiones en una servilleta que absorbe la tinta roja del bolígrafo, empapándose y desvirtuando (aún más) mis palabras, hinchadas como si absorbiesen realidad, y luego doblo la servilleta con cuidado, tras soplar a la tinta para secarla y no incrementar el estropicio, la meto en el bolsillo y empiezo el proceso de irme: la cazadora primero, luego los cascos, odio los cables, meto la kindle en el bolsillo izquierdo, el roto, bueno, en realidad están los dos rotos, agarro la bolsa blanca y débil del salmón, que suda como si estuviésemos en el trópico, compruebo que la cartera esté en su sitio, ese bolsillo interior que considero la caja fuerte más segura del mundo, enciendo la música en el móvil, está sonando algo de Joaquín Pascual mientras abandono el KEX, no sin antes dejar mi taza usada en la barra, y emprendo esa larga Borgartún, me mojo con las pocas gotas de lluvia dispersas, observo con gracia la alcantarilla que escupe vapor blanco, al verla siempre me siento como si corriese por las calles de Tribeca en madrugadas húmedas, al frente la inmensidad de la larga calle, cuento las tres rotondas que me separan del hogar, el salmón se agita a mi espalda, porque es ahí donde llevo ahora las manos, lo aprendí esto de un anciano, que decía que es así como la llevan los hombres tranquilos, y como no soy tranquilo, intento que la postura de mis manos, que la imitación, aporten a mi espíritu lo que mi espíritu no puede, al menos por ahora. Las aceras están desiertas, bancos, grandes empresas, edificios de la burocracia más sencilla del mundo, y tras la muralla de edificios, el mar azul acero, las paredes brillantes de los fiordos, con sus ocultos ojos de vikingos mitológicos. Solamente por un momento pienso en no escribir nada de esto porque, al fin y al cabo, esto no son más que sensaciones y las sensaciones son intraducibles. Pero lo hago. Siempre lo hago.

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