Cuentos leves – VI

6

Aún era un niño cuando encontré aquel cadáver junto al río. Yo me encontraba allí huyendo del horror que habitaba mi casa: una batalla campal entre mis padres a guantazo limpio. Ya era bastante tarde, y al distinguir a una pareja de jubilados que venía en mi dirección, me metí en medio de una finca de maíz seco. Pronto los tallos de tono ocre me ocultaron, y fue entonces cuando me encontré el bulto tirado en el suelo. Creo que jamás podré olvidar la huella de aquella impresión. Sé que no grité, tampoco sentí miedo. Todo lo contrario, me arrolló una curiosidad implacable, así que me acerqué y lo miré bien. El hombre tenía el rostro duro y contraído en una mueca de dolor, completamente cubierto de unas hormigas rojas y minúsculas como nunca más las he vuelto a ver. Parecían especialmente diseñadas para devorar a ese cadáver, y se afanaban entre las arrugas intentando arrancar pedacitos de carne. Cuando lo conseguían, volvía al hormiguero con su tesoro. Mucho después, leí la batalla de hormigas relatada por Thoreau en Walden, y pude comprender su fascinación. Allí estaban, saliendo del interior de las mangas de su chaqueta negra, entre los botones de la camisa, enredadas en el pelo de su pecho, en todos sus orificios, oídos, nariz, boca, ojos. Lo estaban devorando en vivo y en directo. Luego empezó a anochecer, así que me fui de allí y nunca dije nada. Creo que encontraron el cuerpo unos días más tarde, medio comido por las hormigas. En mi casa, la batalla duró lo que dura una vida.

 

Lee los demás Cuentos leves aquí.

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