Sobre bromas infinitas

(La broma infinita, de Foster Wallace)

 

Soy atrevido pero no tanto como para intentar una reseña de La broma infinita, de David Foster Wallace. Así que esto no es una reseña, es más bien un comentario, una expresión vagamente anular de ideas que han nacido de una lectura bestial. Porque, voy a dejarlo clarito, leerse La broma infinita es una auténtica proeza digna de lectores pacientes y sin miedo al suicidio. Gente temeraria. Y me enorgullezco de haberlo conseguido, tras mi doble fracaso con el Ulises de Joyce y con En busca del tiempo perdido. También es cierto que, para muchos de entre el mundillo de lo hípster y lo cool, leerse La broma infinita es un must. Yo lo veo, más bien, como una de esas cicatrices de las que uno termina alardeando aunque se ha ganado más por casualidad que por verdadero heroísmo.

Al César lo que es del César.

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Un dato: La broma infinita me ocupó desde principios de enero a mediados de mayo. En ese tiempo he dejado España y emigrado a otro país. Porque en cuatro meses pueden pasar muchas cosas. Cuatro meses son la tercera parte de un año.

Casi nada.

 

Leerme esta novela ha sido tan arduo como lector que, mientras iba de aquí para allá con ese auténtico tocho de libro, me leí otras novelas. De lo contrario, no habría podido sobreponerme a la sensación de estar perdiendo el tiempo, que para un lector obsesivo es oro. Adjunto la lista de libros, para que nadie se piense que me estoy tirando un farol (y supongo, también, por algo de ego): Desobediencia civil. Antología de ensayos políticos, de Henry David Thoreau; La Constitución Española de 1978 (juro que es cierto); O burato do inferno, de Xosé Manuel Trigo y Ramón Trigo (es una novela gráfica); Cáncer, ¿tiene cura?, de Javier Herráez; El lamento de Portnoy, de Philip Roth; la mitad de El cisne negro, de Nassim Taleb; Instrumental, de James Rhodes; Seda, de Alessandro Baricco (por partida doble: la novela y también el álbum ilustrado de Rebecca Dautremer); Crematorio, de Rafael Chirbes; El extranjero, de Albert Camus; Siddharta, de Herman Hesse; La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco; Soldados de Salamina, de Javier Cercas; El cuerpo tiene sus razones, de Thérèse Bertherat; y Sanshiro, de Natsume Soseki. Todas estas lecturas aligeraron la tediosa broma de FW, de la cual ha habido días en que solamente fui capaz de soportar diez páginas. Y esto, en una novela que pasa de las 1200 (Y con letra pequeña, que diría mi madre), distorsiona la concepción del tiempo, lo transforma en otra cosa.

 

A la pregunta de cómo llegué a FW no podría responder de forma directa. No hay una anécdota increíble que me abriese los ojos, ni un maestro que vendiese las maravillas del autor norteamericano. Si hubo, en cambio, algunos detonantes. El principal, ese aura que desprenden los escritores que se suicidan, y que a FW le colocaron incluso en algún que otro telediario, además de en multitud de revistas y periódicos. Su ahorcamiento me llamó la atención, y dado que mis apetencias como lector se han ido transformando hacia territorios agrestes y a veces eclécticos, empecé a encontrarme con Foster Wallace en artículos, reseñas, comentarios. El gran novelista americano de su tiempo. Un incunable. El genial escritor norteamericano. Heredero de Pynchon. Etcétera. Títulos como La broma infinita o Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer o El rey pálido o Hablemos de langostas se convirtieron en cantos de sirena. Y el detonante final fue el biopic de FW, The end of tour, que vi en las postrimerías de 2015, y que me llevó a forzar a mi compañera para que me regalase La broma infinita en Navidades. Cosa que hizo. Y con fortuna, puesto que su naturaleza de regalo fue una motivación extra que me empujó a llegar al final.

 

Mientras me documentaba para este texto, que aunque no es una reseña excede mis capacidades y requiere de apoyo intelectual exterior, leí en una entrevista: Pero el artista de verdad ha de intentar hacer algo que es sencillamente diferente, porque en eso consiste la magia de la literatura. Esto habla mucho de FW. Es imposible imaginarle escribiendo Crepúsculo o 50 Sombras de Grey o El Código Da Vinci, Foster Wallace y su obra pertenecen a ese tipo de literatura que, para bien o para mal, está fuera del alcance comprensivo de gran parte de la comunidad lectora. Y este comentario no es esnobismo. Eso que en ocasiones da en llamarse Alta Literatura implica una preparación, una experiencia, un bagaje como lector. Mientras que gran parte de lo que leemos es una tarde en la playa, libros como La broma infinita se parecen más a Vietnam: lodo, orina, sangre, vísceras. Y vaya por delante, por cierto, que a mí eso de Alta Literatura me parece un poco una patraña. Como cualquier clasificación.

 

Me parece muy acertado ese comentario que dice que los escritores, con su obra, buscan enfrentarse a la soledad inherente del espíritu humano. Buscan al Otro, al lector, en un tipo de comunicación misteriosa de la que reconozco no haber sido consciente hasta leer a Cortázar hablando de ella, y que ahora busco en cada novela con la esperanza de que ese vínculo invisible y mágico surja. Como una forma de epifanía, o de revelación (o de chorrada, que dirá alguno): armonía e intensidad. Reconozco que la forma en que FW buscaba al Otro no es la más directa ni la más ordinaria, ni mucho menos fácil. Y que no llegó a comunicarse conmigo. Pero reconozco en sus páginas la llamada de un espíritu en el vacío:

¿Hay alguien ahí afuera?

 

La prosa de FW no es demasiado grandilocuente, sino más bien monótona, gris, larga e insustancial. A veces induce el bostezo. Otras veces divaga en círculos. Y en ocasiones alcanza un clímax insuperable. Pero cuando digo que no me parece una prosa grandilocuente me refiero a que a lo largo de sus 1200 páginas he encontrado las mismas frases efectistas que en otras novelas cuya extensión es mucho menor. Las añado a continuación, únicamente porque sigo intentando comprender a dónde voy:

“Entonces, ¿dónde está su camino más corto? ¿Dónde está entonces la línea recta y eficaz de Euclides? ¿Y cuántos dos puntos hay que no tengan algo atravesado en el camino?”

 “, y servidor vuelve a sentir esa sensación fría de superalerta y peligro, uno se mete en inmensos peligros en esta puta vida de mierda porque es una cacería que nunca acaba y te fatigas demasiado para seguir con el hábito que nunca acaba y todo eso, pero no digo nada aunque tengo la fría sensación dentro de mí”.

 “El destino no te llama al busca; el destino siempre sale de golpe de un callejón vestido con gabardina y te suelta un <<Psst>> al que normalmente uno no presta atención porque se tiene demasiada prisa en llegar o venir de algún sitio donde se ha tratado de fraguar algo importante para uno”.

“y en algunos sitios la lluvia golpeaba la tierra más que rociarla”

“Hacia el sur, un sistema de tricolores luces intermitentes describía una espiral sobre la cima palpitante de la torre de control; aterrizaba un avión”.

“Algunas de las estrellas parecían latir; otras brillaban con mayor consistencia”.

“Qué dice un ciego al pasar por la Lonja del Pescado de Quincy y, sin esperar ninguna respuesta, dice ‘Buenos tardes, señoras’.

“Un pescado viejo y sabio nada hacia otros tres pescados y les dice ‘Buenos días, chicos, ¿cómo está el agua?’, y se aleja, y los tres pescaditos lo miran alejarse nadando y se miran y dicen: ‘¿Qué mierda es el agua?’”.

“Pero al cabo de un tiempo uno descubre que hay mucho dolor en la sobriedad”.

“El cielo está encapotado y gris y parece estar al acecho”.

“El horizonte de la tierra amputaba las piernas de la constelación de Perseo”.

“…que el hombre era tan bizco que podía estar en medio de la semana y ver los dos domingos”.

“- La bestia ha matado y devorado y ahora está echada a la sombra del baoba”.

“- No apartó el velo de Maya.”

“El ruido oceánico de la conversación”.

“Las dos entraban y salían de los conos de luz epiléptica de las farolas callejeras”.

“La nación norteamericana trataba a la gente en silla de ruedas con la condescendencia con que los débiles sustituyen el respeto”.

Episodio de la mosca, página 944.

“Fuera de la luz de la mañana ha pasado un soleado amarillo blancuzco a una especie de gris de moneda vieja debido a lo que parece ser un serio ventarrón”.

“La habitación está ahíta de metálica e invernal luz matinal”.

“Durante días, la nieve cayó sin cesar de un cielo de grafito”.

“Se le ocurrió que si él moría, todos seguirían existiendo, se irían a casa, cenarían, follarían con su mujer y se irían a dormir”.

Estas anotaciones son destellos, y probablemente muchas de ellas no brillen de forma aislada, fuera del entorno de la novela, del mismo modo que un vaso de agua que no llamaría nuestra atención la concentraría del todo si nos encontrásemos en un desierto y brutalmente deshidratados.

Oasis y desierto.

 

La broma infinita es un exceso literario, una novela giratoria y sin fin que oscila trémula en torno a una galaxia de personajes, la mayoría pertenecientes a la Academia Enfield de Tenis y a la Ennet House, una casa de exadictos. Todo girando alrededor de la Adicción, el núcleo central de la obra, una fuerza magnética por la que FW nos conduce mediante un tono narrativamente similar al monólogo interior. Jugando a confundirnos con las diferentes voces interiores. Con la Adicción como trasunto de la Muerte. Cómo no.

Por lo demás, hay delirios de enfermos postrados; batallas callejeras; alguna que otra experiencia sexual; la pormenorizada descripción de todos los caminos existentes para alcanzar la Adicción; y un número similar de suicidios, y asesinatos; por no hablar de la lista de películas del maestro Incandenza; diálogos memorables, y otros muchos imposibles de seguir; referencias literarias a docenas, la mayoría subyacentes al texto y al intelecto de la mayoría de lectores; conversaciones entre espías travestidos; niños prodigio malogrados; por no hablar de ese grupo terrorista canadiense integrado por individuos en silla de ruedas; pederastas, incestuosos, madres, deformidades; incluso un hombre que fallece ahogado por sus propios mocos cuando le tapan la boca con esparadrapo.

En La broma infinita cabe de todo, por eso se la ha caracterizado de sátira, de novela posmoderna, o existencialista, como ciencia-ficción, tragicomedia, distopía, novela filosófica, política o psicológica, novela metaliteraria; e incluso, de hipernovela: una novela de novelas, inabarcable, múltiple y sin final distinguible.

 

O, sencilla y llanamente, de una broma. Que, como la vida misma, es absolutamente incomprensible.

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2 comentarios en “Sobre bromas infinitas

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