En Siberia, de Colin Thubron

En Rusia no hay caminos, tan solo direcciones.

Siberia representa tres cuartas partes de Rusia, y una doceava del territorio mundial. Es una vasta inmensidad, congelada y fría, extrema, en donde cabe prácticamente de todo pero que parece vivir al margen; un espacio que los turistas solamente atraviesan siguiendo las líneas del Transiberiano: Yekaterinburg, Omsk, Novosibirsk, Krasnoiarsk, Irkutsk, Yakutsk, Vladivostok; y de donde sus habitantes tratan de huir. Una especie de Lejano Oeste que se ha usado como basurero: una prisión de hielo, frío y distancia. Un lugar hostil y fascinante enclavado entre los Urales, el Pacífico, el Ártico y Mongolia.

El impulso de la lectura nos nace, a veces, en forma de impresión visual. En 2008, buscaba libros baratos en la FNAC de Plaça Catalunya, y entre una marabunta de ejemplares de bolsillo, mi mirada se tropezó con una figura solitaria sobre un pedazo de hielo medio hundido.

En Siberia, de Colin Thubron

En Siberia, de Colin Thubron.

 

El título era En Siberia, de un tal Colin Thubron, y su sinopsis completó el anzuelo de la mirada: En Siberia es el largo viaje que Colin Thubron llevó a cabo a través de los territorios más inaccesibles del imperio soviético [seguir]. Servidor, que nunca antes había leído literatura de viajes, agarró el libro y se lo llevó a casa, en donde lo devoré.

 

Colin Thubron no es un escritor de viajes al uso (si es que eso existe): su visión del viaje huye de la versión edulcorada de las guías de viaje en que se han convertido muchos títulos de este subgénero, orientadas al enamoramiento más que a la experiencia. Lo que el autor inglés nos ofrece, en cambio, es una visión puramente melancólica que, en el caso concreto de En Siberia, emana directamente de un territorio que se mueve entre la descomposición, el olvido y el vacío más absolutos. Nos enseña retazos estalinianos de los tiempos del gulag, ese caos que la Historia sigue ocultando, y que conocemos a través de sus efectos: la vastedad y miseria de la condición humana, vastos rostros de pasado olvidado, unas monstruosas tasas de paro y una aún más monstruosa epidemia de alcoholismo. Efectos que Moscú, a miles de kilómetros al oeste, ignora a través de su jaula de burocracia y mafia. También hay espacio para reconocer la idiosincrasia de un territorio colosal: pseudociencia en edificios medio desmoronados, chamanes machacados por décadas de agresivo ateísmo de estado, vagabundos atrapados en algún momento de su pasado, las profundas aguas del lago Baikal, retazos del KGB y la Guerra Fría en paisajes de sórdida paranoia post-comunista. También para deliciosos momentos de diversión, que emanan siempre del contacto humano, la empatía, la comunicación.

La prosa de Thubron no es inmediata ni ágil, y además de melancolía, escupe sobre nosotros palabras cubiertas de un aire ominoso, y que se intuyen ya desde el primer párrafo: Hay siempre un hombre encadenado que cruza los campos de hielo. En la lejana distancia se desplaza quizás un rebaño de renos, o proyecta una sombra en la nieve un cazador. Pero eso es todo. […] Una belleza sombría y un miedo indeleble. Al viajar a dedo, o en tren o en bus, el viaje se plantea lento, casi atemporal, y su narrativa responde al impulso lírico y transformador de las notas tomadas al final del día. Te empapa, así, de una intimidad visceral, transferible o no en relación únicamente a nuestra capacidad de sincronizarnos con el autor: esa suerte de comunicación invisible y mágica de la que hablaba Cortázar.

El viaje, nos dice, forma parte del proceso educativo de una persona, del desprenderse de clichés y de la pegajosa cultura propia. Thubron afirma, con rotundidad: Yo he viajado sólo para entender.

Y En Siberia es, a fin de cuentas, uno de esos intentos de comprensión.

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Un comentario en “En Siberia, de Colin Thubron

  1. Pingback: Breve comentario sobre dos viajes futuros (pero seguros) | aullando

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