Cuentos leves – VIII

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Habíamos planeado aquel fin de semana a conciencia. Separados por casualidades de la vida, ese apartamento vacío y prestado por unos días había de convertirse en el simulacro de una vida en común, un respiro del mundo violento y mezquino que nos rodeaba. Un santuario. Llovía en la Ciudad de la Lluvia, así que compramos comida y bebida y nos pasamos todo ese fin de semana leyendo y follando y comiendo y bebiendo y viendo llover. No hicimos otra cosa, nos aferramos a los momentos haciendo aflorar la belleza que emana de ellos, y rompimos la cama, una persiana, nos duchamos en agua helada y bebimos lodo, curioseamos los objetos de la gente que no éramos nosotros, imaginando sus vidas, sus rutinas, imaginándonos nuestra propia vida recuperada. Un intento vano, porque para cuando llegó el lunes, el embrujo se esfumó y salimos a la calle para encontrarnos de nuevo con la misma mierda de siempre. Como suele ocurrir siempre que uno no está dentro de una película e intenta buscar la magia a través de lo anecdótico.

 

Lee los demás Cuentos leves aquí.

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