Cuentos Leves – IX

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Siempre veo cosas muy interesantes en la piscina. No sé por qué, pero lo cierto es que me empuja a un estado de observación inhabitual en mí. Quizá es eso que dicen de que al ser humano le calma el agua, recuerdo de cuando éramos fetos. Siempre me impresionan los jubilados que van a chapuzar de forma ridícula venciendo recelos y vergüenzas, quizá humillaciones pasadas. También los grupos de niños con síndrome de Down, atados a sus discapacidades pero tenaz e inconscientemente decididos a luchar contra ellas, y sobre todo muy felices. Los monitores y sus actitudes condescendientes, o aburridas o guasonas, la bella monitora… El equipo de natación al completo, delfines humanos que nadan a velocidades increíbles y agitan el agua a mi lado. Algunos hombres de mediana edad que acuden porque les han dicho que la piscina reduce el colesterol, muchos de ellos sin acabar de creerse que ya tengan cincuenta años. Pero la persona que más me impresiona de entre toda esa marabunta humana, semana tras semana, es una mujer de quizá veinte años, gran melena rizada atada en un gordo moño bajo del gorro, gruesas gafas de culo de vaso que no se quita ni para nadar, un bikini rosa que cubre un cuerpo esbelto y bello, y el sufrimiento dibujado en su rostro. Siempre se queda en la parte que no cubre, dando pequeños pasitos por el agua, levantando una pierna, luego la otra, en su cara todo el tiempo ese rictus de dolor, esa mueca ocultando un deseo de muerte.

 

Lee los demás Cuentos leves aquí.

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