Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño

Tras la lectura de sus dos grandes obras, la insuperable Los detectives salvajes y la mastodóntica 2666, debo reconocer que la nostalgia me hace soslayar la orfandad dejada por Roberto Bolaño tras su muerte enfrentándome, poquito a poco, a esa retahíla de nouvelles que produjo en vida y que pueblan las estanterías de Anagrama. La primera de ellas es Nocturno de Chile, una novelita que a través del delirio febril de un sacerdote del Opus Dei, nos habla de los años más convulsos de la historia de Chile, un paisaje cargado de militares, torturas, aires marciales y de la figura enorme y sólo vagamente distorsionada del gran dictador, Pinochet.

Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño

Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño

 

El propio Bolaño aseguraba que no estaba interesado en la literatura de denuncia ni en el realismo social, pero sus obras emanan un realismo que quizá no es social, pero que engloba lo social. La figura central de Nocturno de Chile, el cura Ibacache, es el hilo conductor de un único párrafo de 150 páginas que sólo se rompe con la última frase. No es en lo narrativo una obra radical, el tono febril contiene cuentos o historias que divergen pero que se mantienen unidas al cuerpo central de la obra: el cura Ibacache enseñando a los golpistas los rudimentos de la filosofía marxista; la fuerte personalidad de un crítico literario trasunto, al parecer, de un tal Hernán Díaz Arrieta; la muerte de Pablo Neruda, esa figura colosal de la literatura chilena; la historia de La colina de los héroes; la tarea oculta como torturador del americano Jimmy Thompson, también basado en un agente real de la CIA; un grupito de eclesiásticos europeos que libran una batalla sangrienta contra las palomas que ensucian sus iglesias.

La nouvelle puede esconder (o mostrar) muchas de las sensaciones que emanan de un país sometido a los arbitrarios designios de un golpe de estado y la posterior dictadura militar. Un clima asfixiante, de toque de queda, de falta de libertades, de la banalización del mal de la que hablaba Arendt, y también de rarezas y peculiaridades, que se mezclan con las propias disquisiciones espirituales del protagonista: una memoria frágil atizada por la existencia superflua de toda vida, las dudas sobre la moralidad de lo que hace y dice, una melancolía que tiñe sus días y de la que le resulta imposible desprenderse. Como si el relato vital de Chile y del cura Ibacache se entremezclasen, reflejos inexactos de una misma cosa.

Las pinceladas sobre Chile que Bolaño nos da resultan un tanto desdramatizadas, casi rozando la indiferencia, pero solamente lo parece, es un ejercicio imaginativo en donde los retratos de los personajes están cuidados al máximo, en donde se habla de silencios y culpables, y daños colaterales, y que con sátira y simbolismo nos conduce a un final sin final. El tipo de final que más se parece a la vida.

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