Un cuento sobre buenas y malas editoriales

Los tiempos cambian, a veces, incluso para bien. Vivimos unos años dorados en cuanto a editoriales pequeñas (y más o menos independientes) que tratan a sus libros con un mimo artesanal, casi de madre. Da lo mismo que se trate de viejos clásicos revisados, autores injusta o justamente olvidados o escritores noveles y desconocidos. El libro contemplado como una obra coral: maquetación interior y exterior, ilustraciones, texto. Estilo. Un todo que nos entra por los ojos, porque, en el fondo, somos seres tremendamente visuales. No quiero citar a ninguna de esas nuevas editoriales porque, aunque conozco muchas, podría olvidarme a algunas y eso sería feo. Pero son cada vez más, eso es lo que importa, y aunque esa artesanía se refleja necesariamente en el precio, ocurre que la industria editorial es la que es. Y al igual que en otras artes, como el cine o la música, la grandilocuencia de las grandes compañías parece aplacar el buen trabajo de las menores, que se ven arrinconadas y, sin el amparo de balances de beneficios y dominancia sobre el sistema, han de ajustarse lo mejor que puedan.

Hablo de todo esto no sólo por estas preciosas ediciones que ahora llegan a nuestras manos con mucha frecuencia, sino también por el extremo contrario, el de las malas ediciones y las malas editoriales. Qué mecanismo hay detrás de ellas es algo que se me escapa, no conozco demasiado el negocio editorial (tampoco me interesa mucho, la verdad: soy un escritor con tendencia a lo ideológico, que sabe que jamás va a ganarse un chavo con lo que escribe, y que, por tanto, puede permitirse según qué licencias). Sin embargo, como lector me enfrento a las malas ediciones (y, por tanto, malas editoriales) con la impresión de que no hay justificación posible. Utilizar un texto, sea cual sea, y destrozarlo, llenarlo de erratas, de construcciones gramaticales aberrantes derivadas de una mala traducción, de incluso papeles desagradables al tacto o fuentes dantescas, horrendas portadas,… es injustificable. ¿Qué puede haber hecho un autor para merecerse semejante castigo?

Hace unos días que terminé de leerme una edición de Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga. Es uno de los pocos libros que como emigrante me he traído al norte de Europa, más que nada porque rondaba por mi estantería desde hace un tiempo. Mi intención era currarme una reseña de la obra para esta ‘columna’ que cada sábado desde hace unos meses ocupo en El Herald Post, pero lo cierto es que el libro no me ha entusiasmado mucho y, lo peor de todo, la edición era tan jodidamente fea (con perdón) y estaba tan llena de erratas, que mi enfado ha ido creciendo con el paso de las hojas. Cierto que el pobre Horacio Quiroga no está vivo para ver semejante despropósito, pero como lector me indigna, y como escritor, me indigna aún más, porque nadie merece eso: una portada horrible, guiones de diálogos disonantes, palabras sin tilde, extraños saltos al vacío entre puntos y seguido y puntos y aparte, asteriscos descolocados, también letras dentro de una misma palabra, y la guinda de todo, una errata precisamente en la última palabra del texto.

Es cierto, el libro me costó tan solo cinco euros. Mi pregunta es, trasladada al lector, ¿queremos que se lucren desalmados de esta calaña con libritos a cinco euros, o preferimos que el mundillo se quede en las manos de quienes tratan a los textos como lo que son, obras de artesanía capaces de transformar el mundo?

Ahí queda la pregunta.

¡Feliz sábado!

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