Cuentos leves – XI

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Leo el futuro en los posos del té (menos risas, que os veo). Mi esposa, en cambio, prefiere consultar el I Ching y así intuir el devenir de los acontecimientos en ese capricho adivinatorio chino. Antes solía echar las cartas, pero se desengañó a raíz de un par de controvertidas experiencias, de modo que ahora se fía más del Oriente. Es lo que ella os diría, pero lo que puedo deciros yo es que la razón oculta de que hable con el I Ching es que no le gusta el té, y leer los posos del café es de un imposible obtuso. Usa el I Ching por pura envidia. Para mí, en cambio, resulta mucho más fácil: me tomo mi gunpowder al amanecer, mientras despunta el alba, y después leo los posos con esa calma que nos regala siempre la mañana, el principio del día. En muchas ocasiones, los posos incluso me sonríen, apreciando mi lealtad. Para cuando ella se despierta y pone a calentar su café, yo ya suelo tener una idea aproximada del devenir del día, y le digo que ya no hace falta que conecte el I Ching, que va a ser un día tranquilo. O no.

Normalmente se enfada conmigo.

Lo zen no evita que seas tan irritante, me dice.

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