El último salto de un pobre desgraciado

Sí, estoy pensando en mi desgracia, sentado en un banco blanco del metro de Hamburgo. Es una lejana estación de U-bahn al final de línea, se llama Kummerfeld y no hay prácticamente nadie. Dejo pasar los trenes, retrasando el momento de subirme a uno de ellos y enfrentarme al resto de mi vida. Hace un rato me han dado un terrible diagnóstico médico. No es cáncer. Ni nada del corazón. De hecho, no me matará. Pero afectará a mi vida de un modo tan radical que lo que suele llamarse calidad de vida brillará por su ausencia. Por no hablar del dolor. El ser humano, al contrario de lo que podría pensarse, no teme a la muerte, a lo que teme es al sufrimiento. Lo cual es absurdo, porque ambos son inevitables. Dicen. Nadie quiere vivir sufriendo. Algo así me ha soltado el médico, haciendo gala de una falsa compasión que no borraba la realidad de sus ojos de cristal: que le importaba un pimiento. Después de mí entró otro paciente. Así que aquí estoy, pensando en mi vida miserable, previendo el modo en que evolucionarán los próximos meses y años. Un regodeo de patetismo. Empiezo a frotarme las manos, envolviéndolas sucesivamente como si se quisieran proteger mutuamente de un enemigo invisible y acechante. Delante de mis ojos, baldosas amarillentas y gastadas, sembradas de chicles aplastados que han perdido el color y se mimetizan. Más allá, el hoyo donde se esconden los raíles del U-bahn. Dibujan un camino que tiene dos direcciones, eso me incita a seguir pensando en mi salud, en la buena salud que hasta hoy he despreciado, o más bien dado por sentada. Ahora, la homeostasis ignorada se ha convertido en un avalón: un lugar donde no se puede ir sino con la mente, o muerto. Se escucha un traqueteo, que aplaca el sonido de las moscas y mosquitos. Es verano y un afluente del Elba discurre con calma muy cerca de la estación. Los seres zumbantes buscan, al atardecer, las catacumbas del U-bahn buscando sangre caliente. Está llegando el tren, que se detiene con el estruendo de una maquinaria incontrolada. No hay nadie para subirse, se bajan un señor con el mono azul de trabajador impoluto y dos señoras mayores de ganchete. Pronto desaparecen al fondo del anduve, horizonte de escaleras, y vuelvo a quedarme solo. Pienso en ti, en la forma en que te fuiste, inesperada porque de tanto esperar a que lo hicieras, me hice a la idea de que jamás serías capaz de hacerlo. Pienso también en todos esos paseos que nos dimos en tren por el centro de Europa, el reflejo pálido de nuestros rostros en las aguas de los grandes ríos de la historia del continente, en nuestros infrecuentes pero impetuosos encuentros sexuales. Teníamos casi un acuerdo de vida, que se rompió a medida que yo me iba oscureciendo. No creas que no lo sé (espera, ¿con quién hablo? Desde luego, no contigo). Cosas de la genética, murmuré siempre, pero es una mentira, la genética no es nada comparada con la voluntad, la genética no es sino material maleable en manos obstinadas. Suelto un largo suspiro, muevo las rodillas comprobando que siguen moviéndose sin crujidos, que la enfermedad no ha avanzado ni un ápice en el par de horas que ha pasado desde que ese médico con cara de pez me dijese que mi futuro era jodido. En la columna a mi lado se lee No fumar en un cartel, y aunque no fumo, nunca he fumado, de pronto tengo ganas de hacerlo, de transgredir las normas y destruir el mundo usando mi rebeldía como arma. Pero siempre he sido un cobarde, y de todas formas, destruir no me sacará de este agujero. Escucho cómo llega otro tren, ese ruido de chatarra, chirridos y piezas engarzadas pero con libertad suficiente como para moverse entre sí y no ajustarse del todo. Este es de los que no paran, entran en el túnel y avanza a toda velocidad. Dentro, medio distingo los rostros desdibujados de los habitantes de los vagones: personas sentadas, otras de pie, algunas mirando sus móviles, otras sus portátiles, alguna un libro, alguna la nada, muchas escuchando música, una minoría hablando, alguno, quizá, tratando de que su mirada se cruce con la mía. El tren arrastra un viento artificial que me golpea en la cara, caliente y cargado de polvo y folletos de publicidad que se escapan del interior del túnel y de una papelera ladeada que hay a mi derecha. En mi pie se engancha la hoja suelta y arrugada de un periódico, en donde anuncian un tour espectacular a unas cuevas que al parecer están a pocos kilómetros de Hamburgo, pero de las que jamás he escuchado hablar y que, supongo, jamás tendré la suerte de ver. Escucho pasos en las escaleras que dan acceso al andén, y veo entrar en mi espacio visual a un hombre orondo, enorme, el tipo de hombre que da la impresión de ser tan ancho como alto. El enorme abdomen está recubierto por un jersey azul de picos verdosos, abajo unos pantalones de pana grises y cubriéndole los hombros, un inadecuado abrigo gris marengo. Hace demasiado calor para un abrigo. Siempre he pensado que con tanta grasa, las personas gordas jamás tienen el frío que nos devasta a los raquíticos. Su cara la dominan las mejillas, pecosas y enrojecidas, también una gran sonrisa de labios pegados. Como si no tuviera dientes. Le cubren los ojos unas gafas de culo de vaso que, curiosamente, no le quedan mal. Se frota las manos igual que yo, como si tuviera frío, y apoyado en su propio peso paquidérmico, parece feliz. Eso no me gusta. La gente desgraciada como yo no soporta que los demás puedan ser felices. Es casi algo de mal gusto. Me olvido de mí mismo y no puedo dejar de mirarle, de observar esa mirada de bobo que se pierde en la pared un día blanco y ahora cargada de polvo gris que ambos tenemos en frente. Solamente estamos él y yo. Me pregunto si ha venido a tomar el U-bahn o simplemente a recoger a alguien. Me pregunto también qué tipo de profesión tiene. El prejuicio me empuja a tareas relacionadas con la comida: cocinero, tendero, empleado de supermercado, carnicero. Carnicero me pega. No soy capaz de imaginarle como profesor de colegio, oficinista, o alto ejecutivo. Para empezar, no lleva traje. Ni parece tener mucho dinero. Vuelvo mi mirada a mis manos, a mis rodillas, a mis huesos, a esa enfermedad silente que batalla en mi interior sin que yo lo hubiera sabido hasta hace un rato. Me pregunto, por un instante, si el médico ya habrá terminado su jornada laboral y se ha ido a casa a vivir su vida de persona de éxito. Regreso al gordo. Podría ser informático. Da el pego. Ahora pienso en ti otro poco, en que te fuiste y en que quiero verte como una traidora ahora que estoy enfermo, aunque tú no pudieses haberlo sabido. ¿Qué te obligaba a permanecer a mi lado, como si fueras una madre? Madre solamente hay una, para qué mentir, y la mía murió hace años. Aquí estoy, mirando a este gordo seboso y pensando en las mujeres de mi vida que se fueron, en mi propia desgracia con una complacencia infinita. De unos viejos altavoces llenos de polvo y telarañas emana una voz robótica, de mujer, que dice algo en alemán, pero yo no entiendo nada, llevo aquí quince años pero no me ha dado la gana de rebajarme a aprender alemán. En todo caso, mi trabajo de mierda no me lo exige, soy mano de obra barata descargando materiales de construcción en los almacenes del norte de la ciudad, con guineanos, congoleños, ugandeses, cameruneses, nigerianos, algún que otro vietnamita, y sin duda con muchos trucos y algún que otro español. No hay ningún alemán, válganme los cielos. He bajado la mirada pero vuelvo a alzarla para encontrarme con la del gordo, que a su vez también me miraba y ahora, cazado, me sonríe con gentileza. Vete a la mierda, pienso, mirándome de nuevo las manos. Se escucha ya otro tren. Me pregunto si debería tomarlo y olvidarme de todo esto, llegar a la habitación de mierda de la guesthouse en donde vivo de forma provisional, porque en estos lugares uno nunca dirá que vive de forma definitiva, se vuelve de forma provisional aunque el significado de ese provisional se estire hasta cubrir lo eterno. Vivo con otros doce, a los que no conozco, porque todos están ahí también de forma provisional, y nadie entabla conversación con algo tan provisional. No son, de todas formas, gente amigable. Es gente con ambiciones, no mochileros, gente que se ve obligada a esa miseria y reacciona ante ella de formas que se alejan de lo utópico. Se para el tren, de dentro no baja nadie a excepción de una mujer tremendamente gorda, a mi derecha en el último vagón. Lleva puesto un enorme vestido de flores, tipo mamushka, que ahora se han puesto de moda. Sobre él va abierta una chaqueta vaquera y que no puede cerrar ni disimula más que un poco sus poderosos pechos. Su rostro es algo más fino de lo esperado, lo encuadra una bonita melena rubia y ondulada, una sonrisa abierta y los labios carnosos pintados de azul celeste. Lleva unas Panama Jack, ese detalle me hace gracia. Camina con más prisa de la debida porque, lo descubro al mirar hacia el gordo, ambos habían quedado aquí precisamente, en este andén. Se funden en un gran abrazo, tan voluminoso como ellos mismos, y luego se enzarzan en unos besuqueos más húmedos que sensuales. La escena es bella, tan bella que me hace sentir jodidamente mal. Hubiese preferido que estuviesen muertos. Que jamás se hubiesen conocido. No tardan mucho en abandonar el andén, agarrados de la mano. Desaparecen por las escaleras, dejándome solo de nuevo. Aquí un pobre desgraciado, sin posibilidad de redención, prejuicioso y, según lo que se ve, un poco gilipollas. Un pobre desgraciado del que nadie espera nada, ni yo mismo, un imbécil atado inútilmente a un trabajo de mierda y con una enfermedad incurable que recorre sus venas repartiendo navajazos. Sin nadie en quien apoyarse un instante. Al cabo de un momento escucho que se acerca otro tren, así que me levanto para, ahora sí, romper esta situación que parece haberse vuelto cíclica y eterna. A lo lejos las luces del tren iluminan los raíles con una gracia simétrica. Está a unos pocos metros cuando doy un paso al frente y caigo sobre los raíles. El tren pinta, mientras noto que la existencia se me desvanece mientras las ruedas de esta enorme maquinaria, la muerte, no el tren, me despedazan y envían a otra parte. El último salto de un pobre desgraciado.

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Un comentario en “El último salto de un pobre desgraciado

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