El camino, de Miguel Delibes

Sé que lo habitual es que se hagan reseñas de las novedades editoriales, más en tiempo de ferias, y no de obras que llevan editadas más de sesenta años, caso de El camino, de Miguel Delibes, cuya primera edición vio la luz en 1950. Casi nada. Pero lo habitual tiende al tedio, y habiendo tanto columnista empeñado en la novedad, ¿por qué no recuperar obras que parecen haberse quedado olvidadas bajo el polvo de las estanterías?

Al poco de empezar esta novela, de un Delibes que sin duda alguna es uno de los grandes novelistas hispanos del S. XX, me encontré con este diálogo perfecto entre el protagonista de la historia, el Mochuelo, y uno de sus amigos, el Moñigo:

Moñigo.

¿Qué?

No me hagas esas preguntas; me mareo.

¿Te mareas o te asustas?

Puede que las dos cosas –admitió.

Mareo y susto. Si hay algo que El camino refleja a la perfección es la novedosa sensación de ingravidez que uno sufre al abandonar la niñez y entrar en la adolescencia, una época más o menos tormentosa en donde uno reconoce la existencia de un mundo más allá de la levedad y los juegos de niño. Un mundo que, por cierto, nos priva de la infancia. Es un velo que no sacan y que no podemos recuperar, y que Delibes plasma mediante la contraposición entre la vida en el pueblo, segura y confortable, y la ciudad, el mundo nuevo que el Mochuelo ha de enfrentar para progresar y que le resulta sombrío e incierto.

Tras haber leído de Delibes solamente la soberbia Los santos inocentes, El camino ha sido todo un descubrimiento, ya que me ha traído de vuelta el valor de las historias simples contadas con un lenguaje fácil y sin grandes aspavientos estéticos, que pueden conseguir, como es el caso, un fuerte impacto. El camino deja muchos posos a su paso, aunque el que más deslumbra es, sin duda, el de la infancia perdida. Pero también nos habla de una vida rural perdida en la España de hoy, hecha de cosas sencillas y de naturaleza. Este mundo, Delibes nos lo dibuja entre los logrados diálogos de niños y la ristra de personajes que corren por las calles del pueblo, y que forman parte de un universo reconocible: el padre circunspecto que pretende para su hijo el éxito que él no tuvo, las chismosas puritanas que también saben caer en desgracia, pusilánimes y beatas, vividores, algún millonario que hizo las Américas, curas supuestamente santos, mucha gente práctica,… Hay espacio, así, para ese realismo social que, aunque probablemente no era la intención primera de Delibes en la novela, también nos dice mucho de aquellos tiempos.

Supongo que El camino me ha gustado, en parte, porque va de hacerse mayor, y pertenezco a una generación que parece que jamás ha de ser adulta, y que se ata a una eterna sensación de tránsito. Por eso frases como Los hombres se hacen; las montañas están hechas ya, o Todos eran efímeros y transitorios y a la vuelta de cien años no quedaría rastro de ellos sobre las piedras del pueblo. Como ahora no quedaba rastro de los que les habían precedido en una centena de años son auténticos monolitos contra los que ha de estrellarse ese miedo a avanzar y a crecer.

 

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