Cuentos leves – XIII

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A veces no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes era algo que solía decirle a mi padre, sin darme cuenta de que la cita se daría la vuelta para romperme los dientes. Siempre he visto en las rutinas la mano del diablo. Y las ODIABA. Es curioso echar la vista atrás y recordar algo que odiaba y que ahora añoro, y descubrir que, de hecho, el odio era amor y no lo sabía. Quizá la fuerza de la nostalgia,… Esa rutina que odiaba con más placer era la de las mañanas a tu lado. Siempre te enrollabas toda la ropa de cama, como la mortaja de una momia, y entonces yo me despertaba aterido de frío y calentaba el agua, pelaba fruta, tostaba el pan. Y luego te despertaba con cuidado, como a un sonámbulo, si no lo hacía así te enfadabas. Por las mañanas nunca querías hablar, solamente escuchar un poco de música tranquila, Bill Evans o algo así, y tomarte tu café en silencio mientras el sol brotaba del horizonte ártico. Ya ves, yo odiaba todo ese proceso. Pero la mañana que fui a despertarte, y vi que estabas fría como el hielo, me di cuenta de pronto que lo que yo creía odio era amor puro, que amaba despertarte y hacerte el desayuno. Y alguien dirá que quizá sólo siento eso porque lo perdí. Prefiero pensar que en realidad era amor.

 

Lee los demás Cuentos leves aquí.

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