Náufragos y chocolate

Son las seis de la tarde y llueve. Es una tarde de primavera, de tormenta. No hace frío, de hecho hace algo de calor, o calmuceiro, como decimos aquí. Detrás de las nubes arde la luz, convirtiéndolas en las escamas grises de una gran bestia. Las gotas que apedrean el suelo son muy gordas, y en las colinas sobre el horizonte, a veces, relampaguea un rayo, tan rápido que no se sabe si va del suelo al cielo o al revés. Y yo estoy tirado en cama, leyendo un libro llamado Stranded (Náufragos), de Aguilera y Vaquerizo, la versión novelizada de una película que no pasará a la historia, supongo que como el libro, que sin embargo a mí me atrapa con un magnetismo que combina la ciencia-ficción y la aventura. En estos tiempos leo mucha ciencia-ficción. Tumbado boca abajo, sobre mis codos, devoro las páginas ajeno al rumor cotidiano de mi hogar. Y también chocolate, que yace a mi lado en un montoncito de onzas apiladas unas sobre otras y sobre el papel de plata y el envoltorio de papel. Es mi tableta de chocolate del día. Tengo quince años y, aunque parezca increíble, me como una tableta TODOS los días. Quizá se trata de un desbarajuste hormonal, o la inestabilidad que regalan las emociones adolescentes. No lo sé, pero una pulsión interior, quizá la misma que me hace leer, me empuja cada día a cruzar la calle hasta el supermercado de enfrente y comprar la tableta de chocolate más barata, y negra. Al principio consumía chocolate con leche, pero finalmente me empalagó y caí adicto del fuerte sabor del chocolate negro. De modo que una vez llego a casa con mi tableta, dedico un buen rato al ritual de partir cada onza, y amontonarlas, a veces en líneas, cuadrados, otras veces como una pirámide imperfecta. Y una vez están todas partidas, me sumerjo ya en la lectura, inextricablemente acompañada por el amargo-dulce del chocolate.

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Son casi las diez de la noche, y el cielo está gris. Hace una temperatura agradable, dadas las circunstancias, y esta noche, como las precedentes, y hasta dentro de bastantes días, no habrá oscuridad. Estoy en Islandia, y hoy tengo treinta y dos años. Sin embargo, y a pesar del tiempo transcurrido, cuando nadie mira sigo con mi ritual de partir las onzas de chocolate, aunque no siempre las apilo todas en un montón, básicamente porque a estas alturas ya no puedo permitirme comer una tableta por día. Lo que entonces eran baratas tabletas de marca blanca, son hoy tabletas Lindt del 70% u 85% traídas de estraperlo desde España, o alguna que otra pequeña tableta de chocolate ecológico. También sigo leyendo, aunque en lugar de libros de ciencia-ficción, mis gustos se han dirigido hacia títulos como Trilogía del vagabundo o El loro de Flaubert. Lo que no ha cambiado es el ritual que une a chocolate negro y lectura. Supongo que porque hay cosas que nunca cambian, y porque los verdaderos placeres, los que hunden sus raíces en el estómago y el corazón, permanecen a lo largo de los años destilándose y aumentando poco a poco su pureza.

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