Cuentos leves – XIV

 

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Vete a saber por qué, quizá por evitar que me cayese dentro, pero de pequeño mi padre me decía siempre que no debía acerarme a las alcantarillas, que en su interior vivía un terrorífico monstruo, largo como una serpiente y de brazos cuasi gelatinosos. El leviatán estaba recubierto de un moco asquerosísimo y nauseabundo, tenía trece ojos y una boca que podía abrir tanto como quisiera para devorar a sus presas. Mi padre era un guasón, un escritorzuelo de comedia, y me contaba ese cuento por mera diversión, sin saber el horror en que me sumía por las noches ante la idea de que ese misterioso ser, al que él llamaba culebróptero del Salnés, saliese de las alcantarillas y buscase la carne más tierna que pudiese encontrar, en el caso de mi casa, yo mismo, un espécimen sabroso y joven. Lo curioso es que tanto tiempo más tarde, ya fallecido mi padre y también su culebróptero, sigo evitando pisar las tapas de las alcantarillas, y cada vez que las miro me recorre inevitablemente un largo y absurdo escalofrío.

 

Lee los demás Cuentos leves aquí.

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