Reinando en el cerebro

La CREATIVIDAD. Así, en negrita y mayúsculas.

Las formas en que se ha manifestado la inspiración a lo largo la historia de la Humanidad, las siempre mentadas musas, un fenómeno misterioso y mágico que García Lorca llamaba duende, y que en los últimos tiempos la ciencia atribuye a una pequeña molécula, la dopamina, que habita en el cerebro y lo moldea. Supongo que esto retira parte del encanto de lo misterioso, la ciencia siempre está metiendo las narices en todas partes, especialmente en  los temas más esenciales. Y en el caso concreto de la creatividad, los científicos llevan décadas intentando desentrañar qué hay detrás de esa cualidad de la mente humana responsable del Gran Salto Evolutivo. Entendiendo creatividad, claro está, en su sentido más innovador, como génesis de ideas nuevas, de soluciones, de avances, de adaptabilidad a situaciones inesperadas. Es un territorio que, por cierto, no se circunscribe exclusivamente al mundo de los artistas, sino que incluye también a emprendedores, personas en perpetua búsqueda espiritual, viajeros, maestros que se las ingenian para enseñar sin instrumentos, médicos en lugares recónditos, padres sin posibilidades económicas, etc. En todas partes bulle la creatividad, en muchos casos de forma anónima.

Siempre me gusta echar mano de la RAE, que en este caso nos dice que la creatividad es la capacidad de crear; una definición, que al contrario que en otras ocasiones, no arroja mucha luz sobre el asunto. La semántica no es infalible. Resulta más explícito Einstein, que dijo Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo. Ergo, innova. La creatividad es pura innovación, y nuestra especie es experta en ello a pesar de que para muchos de nosotros se reserven caminos mecánicos y centrados en un modo estrictamente cartesiano de ver la realidad. Pero, insisto, somos creativos. Es quizá el sistema educativo el que aparta a muchos adultos de la creatividad, no requerida para trabajos que algún escritor de ciencia-ficción del siglo pasado predijo que ya no realizaríamos a estas alturas. Trabajos en los que la creatividad está mal vista, o es poco útil. Este anquilosamiento viene recibiendo cada vez más críticas, como las del experto en pedagogía Ken Robinson. Pero este artículo va de otra cosa: de qué hay detrás de la creatividad, de qué nos hace creativos, de por qué unas personas son más creativas que otras, y de por qué algunos, incluso, se enferman de tanta creatividad.

 

Si bien durante siglos los filósofos y otros eruditos han reflexionado sobre qué se esconde detrás de las musas, el interés de la ciencia es mucho más reciente, impulsado por el increíble avance de las técnicas y métodos de análisis, y los conocimientos sobre el cerebro y su funcionamiento. Este progreso impresionante ha permitido desentrañar procesos biológicos que hasta ahora se habían mantenido bajo un manto de misterio. En un principio se pensó que la creatividad tenía una fuerte relación con el lóbulo temporal, que suele encontrarse desactivado o con una actividad reducida cuando un proceso creativo está teniendo lugar. Esta desconexión podría explicar el fenómeno de las musas, esa creencia de que la chispa, la inspiración, viene de algún lugar externo. Sin embargo, toda esa potencia siempre ha estado dentro de la mente humana. El descenso de actividad en el lóbulo temporal podría actuar facilitando la asociación libre de ideas, algo crucial puesto que el pensamiento creativo ha de nutrirse. De todos modos, a pesar de que se creía que el lóbulo temporal jugaba un papel clave en esa magia, hoy se sabe que en realidad el impulso creativo involucra a todas las áreas cerebrales, que participan de un modo u otro en ese fenómeno que Arquímedes remató hace más de dos mil años con un vehemente ¡Eureka!

Por cierto, circulan a lo largo y ancho de la red preciosas ilustraciones que dividen el cerebro en sus dos hemisferios y reparten las funciones de la mente humana entre ellos: el hemisferio izquierdo, realista, analítico, organizado, lógico; el derecho, creativo, pasional, poético, intenso. Aporto mi granito de arena para derribar el mito. Absolutamente TODAS las regiones cerebrales están implicadas en un proceso que es plenamente global, como muchos de los que ocurren en el cerebro.

En el proceso de comprender la naturaleza neurológica de la creatividad, nos ayuda saber que en no pocas ocasiones, la chispa se produce mientras soñamos. El descenso de actividad de la parte más analítica del cerebro mientras dormimos facilita la asociación de ideas que mencionaba anteriormente. Hay ejemplos sobrados de esta creatividad onírica, como el de Paul McCartney, que compuso Yesterday después de soñarla. Todas las regiones cerebrales participan, pues, mezclándose diferentes procesos cognitivos, algunos inconscientes y anónimos, con las emociones, aderezo imprescindible en la ensalada de lo creativo. Los científicos han divido a estas regiones cerebrales en tres redes: la de atención ejecutiva, la imaginativa y la de Salience. Así, el modo en que la ciencia entiende el proceso creativo difiere ligeramente de lo que algunos internautas creen (especialmente aquellos maltratados por una deadline).

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¿Proceso creativo?

 

También se han establecido algunas características comunes que suelen encontrarse en personas creativas, principalmente tres: plasticidad, divergencia y convergencia. La plasticidad se expresa como apertura ante nuevas experiencias, inspiración, extroversión, energía; la divergencia, como impulsividad e inconformismo; y la convergencia, como precisión, persistencia y sentido crítico.

Y detrás de todo esto hay un actor principal, esa molécula que mencionaba al principio del artículo: la DOPAMINA.

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Ella, reinando en el cerebro.

 

Este neurotransmisor participa en numerosas funciones cerebrales, como la memoria, la cognición, la atención, el sueño, el humor o el aprendizaje, y es muy famosa por ser responsable, también, del sistema de recompensa (los famosos perros de Pavlov); y está detrás, precisamente, de estas tres cualidades que mencionaba más arriba. La apertura mental es absolutamente necesaria para el proceso creativo, que se nutre de ella y de las nuevas experiencias que esta permite. Kerouac decía que El mejor profesor es la experiencia, y abrirse a lo nuevo es algo característico de las personas creativas.

Aprovecho para intentar derribar otro mito: el CI (Coeficiente Intelectual), usado en otros tiempos como medida de la inteligencia (hoy sabemos que existen muchas inteligencias diferentes, incluso en un mismo cerebro), no tiene nada que ver con la creatividad. Autores como Scott Kaufman afirman que la capacidad de abrirse a nuevas experiencias es algo que tiene mucho más que ver con la dopamina, que al aumentar la tendencia a explorar y lidiar con situaciones nuevas, nos enfrenta a lo desconocido, a la incerteza. Y además de su ya mentada implicación en el sueño, también es responsable de la ensoñación que caracteriza a muchas personas creativas, y de reducir la inhibición latente, que se ocupa de filtrar lo que nos rodea y liberarnos de todo lo que se da por sentado o no es relevante para la tarea que estamos realizando. Al filtrar menos de esa realidad, estas personas también se distraen más (es famosa la hipersensibilidad que Proust tenía ante los sonidos, pero también el modo en que otros lidian con esta tendencia a la distracción: Stephen King, por ejemplo, se ponía música heavy para escribir porque no la soportaba y le ayudaba a concentrarse). El exceso de información que se deriva de esta falta de filtro aumenta la probabilidad de que se establezcan conexiones nuevas entre conceptos que, per se, no tienen nada que ver entre sí.

Todo este fenómeno maravilloso de la mente humana tiene una cara más oscura y morbosa, la de la relación entre creatividad y enfermedad mental. Estudios recientes demuestran la escasa diferencia que hay en cuanto a niveles de receptores de dopamina entre personas creativas y personas con síntomas psicóticos. Es una fina línea que la ciencia estudia con fascinación. Frederik Ullén y su equipo han descubierto que el nivel de dopamina entre creativos y esquizofrénicos es sospechosamente parecido, y se sabe que el exceso de dopamina puede provocar flujos de emociones que, mezcladas con otras sensaciones y fantasías, anulan funciones cerebrales tan cruciales como la memoria, el pensamiento crítico o la motivación. Y la lista de personajes creativos con problemas mentales es demasiado larga como para desdeñar estos hallazgos: Guy de Maupassant, Alejandra Pizarnik, Van Gogh, Eduard Munch, Brian Wilson, Nietzsche, Newton, Beethoven, Edgar Allan Poe, John Forbes Nash, Pitágoras, Tolstoi, Hemingway, Philip Dick, Kafka, Virginia Woolf, Ezra Pound, Sylvia Plath, Mark Twain, Herman Hesse, Foster Wallace, Dalí, Schumann,… Hoy también sabemos, por cierto, que algunos estados de conciencia alterada que sufren los esquizofrénicos pueden ser experimentados, en menor medida, por personas creativas. Así que, de nuevo, la línea que separa la salud de la enfermedad mental es muy estrecha.

 

Aún queda mucho para que comprendamos exactamente cómo funciona la creatividad, una de las cualidades más decisivas y fascinantes de la mente humana, motor de nuestra existencia personal y de la evolución de nuestra especie. Es muy probable que la dopamina, en vista de los estudios actuales, reine sobre todo el cerebro, pero también resulta obvio que su actividad ha de verse influenciada por el trabajo de otros muchos neurotransmisores. El cuerpo humano funciona como un todo, y es una bella paradoja que los científicos deban echar mano de su propio pensamiento creativo para poder desentrañar lo que se esconde tras la creatividad.

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Un comentario en “Reinando en el cerebro

  1. Pingback: Las luces de lo creado (a través de cinco preguntas) | aullando

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