Cuentos leves – XV

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Cagar de campo tiene algo mágico. Que no se me tome por un cerdo o un pervertido. Mi nombre es Euclides Mamoa, y me gusta mucho el senderismo. También el té, especialmente el negro. La combinación de ambas filias me obliga a evacuar al aire libre casi cada vez que voy a andar. Y no es algo que haga a disgusto. Bajarse los pantalones con la intensa premura del sistema intestinal, el airecillo agitándose en las nalgas y, por qué no decirlo, en los testículos, es algo in-com-pa-ra-ble. Transforma algo habitualmente considerado como asqueroso en un acto bello (sobre todo si pixelamos la parte más grotesca del asunto). Cagar de campo obliga, además, a detenerse y contemplar. Mientras uno caga no puede hacer otra cosa. El movimiento del aire en las plantas, las hojas de los árboles, las flores. Los pájaros en el aire. Quizá, descubrir las miradas indiscretas de algún voyeur. Las aguas del río arrastrando una bolsa de plástico hacia la desembocadura. El rumor de la existencia acunado en mis oídos…

 

Lee los demás Cuentos leves aquí.

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