Las luces de lo creado (a través de cinco preguntas)

Primera pregunta: ¿Conoces a algún escritor?

Esta es facilita. Seguramente la respondas, tras pensar un segundo, con un sí. Todo el mundo conoce a alguien que escribe: un hermano, un hijo, el amigo de un amigo. En su gran mayoría, aficionados. Seamos realistas: por mucho que el Sistema Educativo intente cargarse metódicamente la creatividad y todo lo que derive de ella, esta se nos sale de dentro porque está en la naturaleza humana, y a la que raspas, emana a raudales.

Segunda pregunta: ¿A dónde se van todos esos textos?

En estos tiempos, lo habitual es que toda esa muchedumbre de escritores se monte un blog en las consabidas plataformas tipo blogspot, wordpress, etc. Ahí soltamos los textos, como quien saca el perro a pasear. Así, de gratis. Sean mejores o peores, porque la mayoría no pertenecemos a esa clase quizá ya legendaria de escritores que publican desde la más tierna juventud, llevan sobre la cabeza el aura de santo y acumulan cientos de miles de lectores, publicando periódicamente un par de libros por año y rellenando sus honorarios con a veces jugosas y a veces vacías columnas semanales en periódicos y magazines. Dejando a estos escritores de lado, esa minoría afortunada, el grueso de escritores nos contentamos con tener un grupito de seguidores: nuestra madre, nuestra novia, un hermano, el amigo de toda la vida. No importa cuánto nos esforcemos, lo cierto es que la red arde en publicaciones, millones de ellas solamente en castellano, y alcanzar notoriedad es una poco menos que una quimera. En mi caso, vivo mi segunda etapa como bloguero, y seis o siete meses después de abrir Aullando, cuento con ese grupito exiguo de lectores. Casi los conozco a todos, aunque alguna visita me desconcierte (por ejemplo, si alguien entra desde Zimbabue), y muchos de ellos (ellas en realidad) podrían identificar mis textos entre otros. Estoy convencido que, además, alguno hay que me lee por mera consideración, o amor hacia mi persona, no tanto por gusto a mis textos. La hiperabundancia y la inmediatez matan, es lo que hay.

 

Tercera pregunta: ¿Pretender ser leídos, en este estado del arte, es un exabrupto del ego?

Que los creadores tenemos un fuerte componente de ego es viejo como la propia especie humana. Puede convertirse en un problema cuando esa parte esencial del alma se convierte en un monstruo mal educado e insaciable. Pero en muchos casos, ese componente de ego se contenta sólo con llamar un poquito la atención. Ser tenidos en cuenta. Otro tema es ¿cuánto, cuánto es suficiente? Treinta lectores, cien, veinte mil, un millón. ¿Cuál es el límite? O, mejor dicho, ¿hay un límite? Para el que busca notoriedad en este mundo que habitamos, ahí está la adición a las estadísticas y la métrica de algo que, en el fondo, no se puede medir. Porque sacando motivaciones emocionales y personales, la realidad es que la inmensa mayoría de textos que pueden habitar la red son literariamente mediocres. Algunos, dantescos. Muy pocos, sublimes. Un océano de textos a la deriva que buscan ojos que los miren, y mientras tanto, los escritores al otro lado, puliendo su estilo, intentando hacerlo cada vez mejor, recabando opiniones más grandes o más pequeñas, más o menos útiles, bailando con las malas críticas para procesarlas y asimilarlas.

 

Cuarta pregunta: ¿Cómo se lidia con la desesperanza?

Periódicamente, mi pareja escucha lamentos de mi boca a causa de las pocas visitas que recibe Aullando. No debe esto ser visto como un desprecio a los que sí me visitan y me leen, está lejos de serlo, sino como una ansiedad por algo más. ¿Mil? ¿Un millón? En términos generales, me cago en la lista de los libros más vendidos. Mis movimientos como lector y escritor se restringen a otros campos más pequeños, más artesanos, más emocionales. No es necesariamente bueno, simplemente es. Lo intento a mi manera, regalo mi esfuerzo al tratar de escribir con un estilo, con una ética personal, con una búsqueda interior. Y me gustaría que más gente accediese a ello. Y ya está. Porque todo acto de escribir, y esto es importante, incluye, además del ego, una fuerte motivación por compartir. Compartir es lo que hace humano al ser humano. Me voy a centrar, porque divago: ¿cómo se lidia con esa frustración? Mi pareja me escribe “debes seguir haciendo esto, porque lo haces bien. […] es un entrenamiento estupendo y que creo que te va a reportar muchas cosas, te vendrá rebotado todo este trabajo de algún modo. Y si no sucediese, a pesar de que estás continuamente proyectando, sería como una especie de legado poético a tu persona, como el que guarda arena de diferentes partes del mundo en tarritos de cristal, el que acumula millones de dibujos en cuadernos que nadie lee o la que teje millones de bufandas que nadie se pone”. Legado poético, es una bonita forma de verlo, que me seduce y, a veces, convence. En gran medida porque siempre he considerado que el principal motivo que me empuja a escribir es el de intentar, a través de la escritura, procesar el mundo, entenderlo, moverme en él. Y así, toda mi percepción de la realidad se modifica: al ver un paisaje del sur de Islandia, colosal y bello, mi mente busca de inmediato maneras de contar, de describir; al leer mariposa negra en algún lado, mi mente ya rebusca para idear un cuento. Legado poético. Regalo a uno mismo. Todo se puede ver de muchas formas diferentes.

 

Quinta (y última pregunta): ¿Merece la pena?

Quizá la pregunta más crucial. Después de casi veinte años de mi vida escribiendo, estoy en una buena posición para decir si merece o no la pena. He recibido millones de negativas de editoriales más o menos buenas, he aceptado el silencio de la gran mayoría de ellas, también los fracasos en certámenes literarios. Mientras todo eso ocurría, coleccionaba miles de palabras en volúmenes autopublicados sin más motivación que la de atesorar físicamente los textos por si una catástrofe planetaria arrasaba con lo digital. Y tras todo esto, ¿merece la pena? Y la respuesta es SÍ, MUCHO. Tajantemente. Merece mucho la pena porque a pesar de que no me conozca ni el tato, de que el 99% de lo que he escrito permanezca no-publicado, de que mis logros sean pequeñas motitas entre tanto fracaso, seguir haciéndolo tiene sentido en sí mismo, y es un leitmotiv en mi vida. Crear SIEMPRE merece la pena.

 

Concluyo con una cita de Bernard Shaw: “Aunque soy hombre de letras, no debéis suponer que no he intentado ganarme la vida honradamente”.

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Un comentario en “Las luces de lo creado (a través de cinco preguntas)

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