El extranjero, de Albert Camus

El día antes de emigrar otra vez, empecé (y terminé) El extranjero, de Albert Camus. Prometo que no fue un acto premeditado, aunque pudiera parecerlo. Dentro del saco de los clásicos imperdibles, el destino me lo puso delante, y su lectura, más de setenta años después de haberse publicado, se me mostró más actual que nunca.

El extranjero, de Albert Camus

El extranjero fue la primera novela del posteriormente nobelizado Albert Camus, que a lo largo de su vida más bien corta fue conocido, además de por su literatura, por su actividad como periodista y activista, en la defensa de las libertades y, sobre todo, en la lucha contra todos los totalitarismos de su época. Hay quien dice que su muerte, en un accidente de tráfico, fue provocada por la KBG tras las críticas que Camus dirigió a la Unión Soviética cuando esta invadió Hungría. Conspiraciones aparte, El extranjero sigue resultando revelador con el paso de los años. Utilizando una prosa más bien sencilla (sin duda, mucho más que la que Camus usó en otras obras posteriores, como La peste), Camus logra transmitirnos ese difuso sentimiento de no pertenecer a ninguna parte que en muchos casos sienten también los emigrados y, especialmente, los refugiados. No soy de aquí ni soy de allá, que cantaba Facundo Cabral. Es bien seguro que le ayudó haberlo vivido en sus propias carnes. Como francés nacido en las colonias (Argelia), Camus era considerado árabe en Francia, donde fue ninguneado durante décadas, y francés en tierras africanas, donde era otro colono blanco. Ese no pertenecer a ninguna parte empuja a la alineación, por eso El extranjero es una crítica feroz a la sociedad en su conjunto, y al modo en que esta devora individuos para confundirlos con el conjunto. El mentado rebaño de ovejas. Alienado de sí mismo, el protagonista de El extranjero, Meursault, cae en una apatía que la luz del desierto recalca, perfectamente retratada en los ambientes: cafeterías, playas, caminos, inmensos días de luz en donde el individuo se siente pequeño y señalado por ese enorme dedo que el Ojo Social utiliza para marcar lo diferente y tratar de destruirlo. Un dedo que Camus utilizaba, a su vez, para retratar a la sociedad y mostrarla absurda en sus acciones: se acaba condenando a un hombre por no llorar la muerte de su madre. Al ser Camus un ateo declarado, en la novela el concepto de Dios se banaliza, se olvida. Y eliminado el concepto de Dios, la felicidad pasa a depender únicamente del individuo; eliminada la individualidad, la felicidad depende de que la sociedad te la conceda. Una posición incómodo y, en cierto modo, vacía. En un reciente artículo en El País, Reverte escribía que Camus ‘es un expatriado de los dos mundos’, y que en su día, su intento de conciliar ambas partes le empujó a ser repudiado tanto por argelinos como por franceses.

La Europa en la que hoy vivimos, con crisis de refugiados y dudosas acciones geopolíticas, con hambre, penuria y con esa implacable guerra silente que asola las calles de las ciudades, son un recordatorio de que todo lo que hablaba Camus sigue vigente en nuestro mundo. Y que, en no pocas ocasiones, somos extranjeros de cualquier parte y de nosotros mismos. Comprender esto ayuda, quizá, a huir de esos sentimientos de chovinismo e incluso xenofobia que hoy se extienden por Europa y que llevan lastrando a la especie humana durante toda su historia.

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Un comentario en “El extranjero, de Albert Camus

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