Día nacional

Es mi bolígrafo de Bob Esponja el que escribe, casi solo, en una página cualquiera de mi moleskine, unido a mi mano y a mi cuerpo, que permanece en lo alto del LOFT Hostel, en una bella terraza de madera artificialmente desgastada con vistas al centro de Reykjavík. En el resto de mesas, grupitos desiguales de islandeses beben copas de vino blanco, tambíen alguna cerveza. Todo muy desenfadado y tranquilo. A mi lado, María dibuja a una mujer islandesa que está tocando un acordeón blanco y negro que, durante un instante, me hace recordar los pantalones de Beetlejuice, aquel maleducado espíritu de una película de Tim Burton, esa en donde se bailaba la canción de las langostas en una mesa. La acompaña, a la acordeonista, un hombre que toca la guitarra aunque la bella potencia del acordeón no necesite acompañamiento alguno. Ahora está tocando, precisamente, la principal canción de la banda sonora de Amelie. Abajo del LOFT, hordas de descendientes de vikingos y otras etnias menos glamurosas se pasean con sus amplias progenias, hay tantos niños y niñas en este país que uno llega a pensar que hay una fábrica en alguna parte, al estilo de Un mundo feliz. Mi mirada vuelve de nuevo a la terraza, lejos de las banderitas del día nacional: blanco, rojo y azul. Dentro del LOFT, una mujer de unos cuarenta años y aire de loca, o de hada, pinta la bandera en las mejillas de todo el que se lo pida, la mayoría, niños y niñas aburridos de las conversaciones de mayores. Le echo un vistazo a María, luego de nuevo a la acordeonista, a la que está dibujando, y que se gusta y goza la canción con los ojos, en éxtasis. Lleva puesto un vestido violeta, como de madre proletaria de los años ochenta, los labios también pintados de violeta en su rostro de islandesa morena, un poco al estilo Bjork, sobre la cabeza una pamela color carne. Tiene las piernas abiertas, y sobre ellas, el acordeón, meciéndose casi con ternura. El guitarrista, a su lado, la mira embelesado, rostro sanguíneo, pitillo, copa de vino, zapatillas converse cortas y muy sucias, ayer fue el Secret Solstice, el festival, no el acontecimiento planetario, y llovió, vaya si llovió, en su cara veo algo, los retazos de algo, es un Dylan como el de Sensación de Vivir, chaqueta vaquera y jeans. Giro la mirada al otro lado, a los tejados de Reykjavík, todos de diferentes colores, sazonados por torres de tejado plano, pináculos de iglesias, relucientes hoteles nuevos, pequeñas cajitas que son casas en suburbios. Me están entrando unas tremendas ganas de fumar al verles, lo cual es grave porque yo no fumo, pero igualmente le sonrío a la fortuna, porque María está aquí y tengo un buen trabajo y es día de fiesta, es el día nacional de una nación que no es la mía pero que siento muy mía, probablemente más mía que la mía propia, la que me vomita, y ese pensamiento me hace sentir raro porque detesto los chovinismos y otras patrañas del estilo que se alzan con orgullo la bandera de algo tan azaroso como nacer en un lugar, y no en otro cualquiera. Quiero sonreír a la fortuna incluso sabiendo que no existe, trato de abrazar este presente tranquilo-eléctrico, trémulo-oceánico. Huele a tabaco no sólo porque estén fumando, sino porque en esta esquina de la terraza hay varias colillas frescas arrojadas al suelo. Bebo mi té, verde, mi verde. En el paredón de un edificio cercano, un grafiti mi habla sin voz, mudo pero a gritos. Hay hordas de gaviotas aburridas que lo contemplan todo desde sus autopistas invisibles. En la maceta de nuestra mesa, miro las fresas que han plantado, reconozco las hojas y los frutos, aún verdes, adoro las formas de lo orgánico, las formas primitivas o las no definitivas, como las de los fetos de animales que hace un tiempo publicó National Geographic, son tan perfectas en lo incompleto… vuelvo a sorprenderme de la cantidad de niños que hay en este país, y de la enorme proporción de ellos que llevan globos llenos de helio, muchos son liberados voluntaria o involuntariamente al espacio y suben al cielo azulado, prendándolo de falsas estrellas de plástico brillante. Acaba de llegar una pareja a la terraza, son precisamente gallegos, y se sientan a nuestro lado con un aire de somos-jóvenes-aunque-tengamos-cuarenta, se ponen a hablar de viajes privados a Los Ángeles y de cosas por el estilo, el tipo de cosas que cuando alguien como yo las escucha, pobretón de libro, empieza a pensar automáticamente en ‘pijos de mierda’. La acordeonista se detiene y deja el acordeón en el suelo. Acaba de llegar una pareja con un carrito de bebé, y se mueve a nuestro lado para fumarse un pitillo y no molestarlo con el humo. María se pone nerviosa porque no quiere que vea los trazos del dibujo, de tan nerviosa se le cae la goma al suelo y se pone roja e intenta cogerla sin revelar el contenido de su libreta mientras yo me río de ella y la molesto para que la situación se alargue. Motas de ceniza flotan en el aire. Los padres del bebé que ha llegado parecen más bien sus abuelos, parecen hasta incómodos de la ambigüedad que puedan suscitar. A nuestra izquierda, los gallegos hablan con un acento definitivamente vigués. Ahora la acordeonista ha regresado a su lugar, María está enfadándose porque no es capaz de dibujar como ella quiere sale uno de los zapatos de la mujer. El Dylan guitarrista se acaba de levantar y está frente a mí, apoyado en la baranda, con la espalda medio inclinada, una rodilla doblada, ofreciéndome su perfil de bon vivant, o de rock star. Está tremendamente delgado, como es menester para sostener el tópico que vende su estilo, y fuma un tabaco fuerte que me recuerda el Ducados que fumaba mi tío y que de pequeño me hacía llorar los ojos. En su muñeca luce amarilla la pulserita del festival, como una cicatriz de guerra. Los vigueses, neo-pijos maleducados, hablan ahora de Miami, de la asequibilidad de un viaje relámpago, de América, hablan de viajes como quien habla de su colección de discos, de sellos o de entradas de concierto, lo siento repugnante porque todo lo demás es tan sedoso, tan suave, tan adecuado… Le digo algo a María sobre el queso que quiero cenar, y luego bromeo en voz baja a costa de ese par de compatriotas que no siento como tal, o que siento ajenos como si fuesen alienígenas de los poco simpáticos, luego hablamos un ratito de Alafoss y de los loppapeysa, mientras la acordeonista nos mira, yo le sonrío, ella sonríe, en este país es tan fácil recibir sonrisas que uno aprende también a regalarlas. María está virtualmente enamorada de ella y de todas las canciones francesas que va tocando, algunas muy Amelie, otras pletóricamente Zaz, también a mí me hace sentir bien, abajo las banderitas, los pasos, el murmullo de una muchedumbre de fiesta, a lo lejos las aguas plata del Tjornin, el perfil de las iglesias, de la Hallgrimskirkja, la bandera de la embajada de la República Checa, nubes de algodón, más a lo lejos aún una ópticamente ordenada línea de abetos que mira hacia el oeste, hacia América, es un horizonte que me recuerda el que se ve en los atardeceres de luz desde el templo de Nebot, en el Madrid más principesco. Por momentos, esos malditos vigueses se ríen estentóreamente, son risas de aburguesados, risas falsas y con aires de superioridad, poco democráticas. Se ríen entre ellos y sin contar con los demás. Desvío la mirada, en el ceño fruncido del guitarrista veo el reflejo de mi propio ceño, que cada poco me empeño en desfruncir, como en un eterno partido de pingpong. Quizá también su media sonrisa oculta sea reflejo de la mía, detrás de esta barba sin color definido y que cada vez me pica más y pienso en cortar. En la taza se mece el poso dibujando un universo, el mío, mi propio cuento leve. La belleza inesperada de un momento, María y yo hablamos a ratos de cosas trascendentes, y de otras intrascendentes, a veces solamente queremos el contacto de un roce, mi mano en su pelo o la suya en mi rodilla, nada más, algo así es suficiente, en algún momento alguno de los dos se pregunta cuánto tiempo llevamos juntos, pero ninguno sabe la respuesta. Un día renegamos de fechas. Supongo que si buscamos, encontraremos, pero, ¿qué necesidad hay? Los abuelos y el bebé se van, agradeciendo la música a la acordeonista con un gentil Takk. Noto la sombra de Siam sobre mi corazón, de pronto, un flechazo de melancolía, mi té se ha cambiado por una cerveza, lo sabía, algo tenía que haber detrás de esa sutil sombra. Vuelvo a intentar convencer a María de que le dé el dibujo, precioso, a la acordeonista, pero su timidez le hace negar con la cabeza, me dice, No, está mal hecho. Pero mi insistencia tiene éxito, especialmente después de una intensa perorata en la que le hablo de que es así cómo funcionan las cosas en el mundo de lo bello, dando y regalando, ofreciéndose, exponiéndose desde la vulnerabilidad que nos caracteriza a todos, abriéndose, poniendo, quizá, la otra mejilla, pues más vale intentar dar que negarse de antemano a hacerlo, mi perorata debe ser buena, o convincente, porque del No, está mal hecho, ella pasa a un Ya veremos, primero, y a un Estaría bien, ¿no?, después. Para entonces ya se han ido también los vigueses, a dios gracias, abajo sigue el murmullo de familias paseando entremezcladas con mareas de turistas que quizá no entiendan bien qué está pasando, las nubes algodón van convirtiéndose en sábanas blancas sobre un fondo azul, se agitan las banderas y el aire de fiesta se vuelve magnético, trepidante, caemos en uno de esos momentos en donde todo encaja y todo funciona, en donde se olvidan las brumas bolañescas de una existencia a veces triste, en donde se deja de buscar el sentido y se comprende que el sentido no tiene sentido, que la sensibilidad es lo único que nos mantiene a flote, momentos en donde el magnetismo nos une a todos de una forma misteriosa y casi clarividente. Sigo el vuelo de una gaviota sobre nuestras cabezas, mientras María borra los trazos inservibles que rodean su dibujo. Le doy el último sorbo a esta Classic cuyo sabor intenta igualar, a veces, al de la Estrella Galicia, casi consiguiéndolo, y luego nos levantamos, llevo adentro los vasos y las tazas, y desde el interior del LOFT, a través de la cristalera, veo a María azorada y con las mejillas rojo estrella, entregándole a la acordeonista su dibujo, la sonrisa hada de ella, salgo a tiempo para escuchar el agradecimiento sentido de la receptora, que le pide que le escriba su nombre, y que la abraza, riámonos de la frialdad de las gentes del norte, y luego nos vamos porque para María ya es demasiado, escapa a toda prisa de la situación tan bella que acaba de vivir, y mientras esperamos el ascensor no puedo evitarle mi inevitable ¿Ves?, ese que uso porque, en el fondo, siempre he sido algo resabido y me gusta atesorar las victorias, con el brazo por encima la aprieto contra mí y le doy un beso en la cabeza, contento de que esté contenta y de que, a veces, los universos personales se alíen para conformar una cosa nueva y superior.

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