informe HEKLA

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Esta noche, la primera en esta tierra negra llamada Islandia, sueño con una cremación. Me encuentro en una larga y curvada playa de arena oscura, enfrentada a irregulares cascotes de hielo turquesa que son arrastrados por el mar hacia la orilla. En el cielo negro hay una sonrisa de gato, colmillos incluidos, como trasunto del gato de Cheshire. Distingo varias figuras en la penumbra contemplando un cadáver  que arde. Sobre ellos, una bandada desestructurada de cuervos de Odín giran y clavan en mí sus ojos ámbar.

Y hay también algo que me empuja hacia ese cadáver, una fuerza invisible, que me empuja hasta que me fundo con él y noto en mi propia piel esas llamas casi transparentes.

Ardo y entonces, despierto.

 

Estoy en el sur y el guía del bus, un rubicundo islandés de barriga cervecera y aires algo afrancesados, nos cuenta, pasando un lugar llamado Hella que él pronuncia como jec-cla, que muy cerca se encuentra nada menos que una de las entradas al infierno. Su acento al hablar inglés es entrecortado y saltarín como el del resto de sus compatriotas. Está señalando al horizonte norte, en donde una imponente y roma montaña negra nos mira con violencia. El Hekla, dice. Tengo la impresión inmediata de que la montaña abriga algún tipo de maldad, mientras el guía añade que nadie quiso subir a la cima de la montaña durante siglos, temiendo caer al fuego de los demonios. Que las leyendas cuentan que la gente que rondaba la montaña perdía el juicio, y que todos los imprudentes que intentaba escalarla nunca volvían. Que sobre su cima orbitan constantemente enormes pero invisibles bandadas de cuervos. Que allí arriba se pueden escuchar los gritos inconsolables de las ánimas que arden en el infierno. Y otras muchas leyendas de demonios, penitencias, susurros, almas, sacrificios, etc. Y Odín, claro, entretejido en la mitología cristiana desde el paganismo de una tierra nueva y trágica. Con cierta sonrisa de suficiencia, al final nos revela que en 1750, dos científicos islandeses escalaron la montaña armados con su escepticismo y con la intención de apartar la superstición de sus compatriotas para siempre. Sin embargo, apunta antes de sentarse en su asiento, el propio Hekla se encarga de labrar su historia a base de explosiones volcánicas, algunas de ellas catastróficas, más o menos cada década.

Y ya va tarde para la siguiente, murmura.

 

Esta noche, la segunda, abro los ojos y descubro a un inmenso cuervo negro picoteando mi rostro con saña, sus alas medio abiertas como para mantener el equilibrio sobre mi pecho. Al ver mis ojos abiertos, se lanza hacia uno de ellos, al derecho. El dolor lacerante no me hace despertar, detrás de la escena se escucha una música sombría, como un murmullo grave, acompañada de flauta y de lo que podría ser una txalaparta.

Acabo despertándome, al fin, sudando y tembloroso. Me levanto y camino hacia la ventana. Afuera, en una calle cuyo nombre no podría memorizar ni mucho menos pronunciar, distingo hordas de vikingos que, en el artificial silencio de una habitación insonorizada, beben y se mueven y vomitan y se meten rayas de coca en los capós de los coches y se follan los unos a los otros en callejones, nórdica Sodoma, vikinga Gomorra, una visión espectral en la luz diurna de la madrugada de esta tierra que lame los límites del Ártico.

Noto, de alguna forma, que algo ocurre en mi pecho.

 

El solsticio de verano está muy cerca. No hay noche ni oscuridad, todo brilla, reluce, incluso en la más tierna madrugada, durante esa hora tétrica y misteriosa situada entre las tres y las cuatro de la mañana. Fuera del fin de semana, cuando me despierta el sueño de los cuervos, me acerco a la ventana para serenarme y desde allí contemplo el resplandor sobre las calles desiertas. La visión es sobrenatural, mágica, como de hechizo, sin coches, sin paseantes, sin turistas, con un falso ocaso perpetuo en las montañas de los fiordos que sirven de marco.

Y en mitad de la calle, de esta calle, y siempre a la misma hora, contemplo una figura con sombrero y capa, larga barba blanca, bastón en la mano derecha, tuerto. Con su ojo sano me penetra y accede a las capas más profundas de mi ser.

Veo sobre él un cielo limpio y fresco. Del revés, allí navegan las almas de un millar de ballenas, mostrándome las líneas de su vientre.

 

En la recepción de la guesthouse trabaja un portugués, durante el turno de noche, que lleva casi veinte años en esta isla. Cuando siento que no puedo escapar del terrible sueño de los cuervos, bajo y charlo un rato con él. Le hablo del Hekla, de Odín y de mis sueños, y él, en el agradable español imperfecto de los portugueses, me sugiere que olvide a Odín, y que también olvide al infierno, que según él, no existe. El infierno está dentro de cada hombre, dice.

Y detrás del Hekla, añade, se encuentra Surtur, un demonio travieso, un duende, que toca con sus baquetas las laderas de la montaña, y como para ilustrar mejor la acción, tamborilea sobre el mesado de recepción con dos bolígrafos de publicidad. ¡Arranca sonidos infernales!, grita, riendo, ¡Como los de Slipknot!

 

Siempre a la misma hora, el cuervo sobre mí. Y en mí. Picando mi ojo, el derecho, mientras con el izquierdo le veo, contemplando reuniones de mujeres alrededor del fuego, contemplando sinestésicamente la muerte y la música en el aire, oliendo sabores luminosos.

Y la risa de un viejo.

 

Quince días más tarde de mi insólita estancia en Islandia, masacrado por los nervios y la falta de sueño, e impresionado por la belleza de sus paisajes, vuelvo a Compostela con un agotamiento brutal a causa del Hekla y de Odín, y de esa pesadilla que no se queda en Islandia, sino que me persigue hasta la ciudad de las estrellas. Más horas de luz, pero la misma sensación de algo sobrenatural. Como un zombi, camino por las calles insípidas del Ensanche compostelano, y de vez en cuando, alzo la mirada y busco cuervos en el cielo. A veces los encuentro, aunque un análisis lógico suele revelarme que en realidad se trata de gaviotas. En los rostros de las personas que me cruzo, una parte de mí intenta encontrar pecas, pelo rubio, ojos azules, pero solamente son los rostros multiculturales de la mezcla que habita la ciudad, ese absurdo ideal de la pureza europea diluida por la lógica de las poblaciones humanas. Creo delirar cuando, entre todas esas miradas, descubro la del viejo tuerto, que habita un espacio al que quizá solamente yo puedo acceder. Suelo descubrirle a lo lejos, mirándome, pero incluso si no lo hago escucho los golpes que con su bastón da en el suelo, y que se extienden por la acera y el asfalto como si la tierra estuviese hueca. Son una llamada, estoy convencido.

 

En uno de mis vagabundeos, encuentro una cafetería patrocinada por Café Candela, de las tantas que pueblan Galicia, un lugar anodino construido por y para el proletariado allá por los setenta, sin estilo ni necesidad de ello, abocado al horterismo y que con el tiempo alguien podría definir como kitsch. Me ha llamado la atención por su nombre: Cafetería Hekla. Asombrado, hago visera con mis manos y miro al interior. A través de la cristalera sucia, entreveo paredes blancas sucias de humedad, mesas regaladas por Coca-cola y recubiertas con un hule transparente, anuncios de cerveza Cruzcampo, un surtidor grasiento y menús plastificados con probables errores ortográficos.

Hekla, murmuro.

Antes de entrar, ya sé que al fondo de la calle Santiago de Chile está el viejo, mirándome entre la gente. Pero me atrevo a no devolverle la mirada. O me arredo, no puedo saberlo.

 

La camarera me recuerda, de alguna forma, a mi madre, aunque está mucho más delgada y avejentada. Tiene un lunar azulado entre las cejas que la haría parecer vagamente hindú si no fuera porque viste como una niñata de quince años. Resulta grotesca. Le pregunto si sabe por qué la cafetería se llama como se llama, y primero me mira con cara de no entender la pregunta. Luego, con una voz sorprendentemente grave, me dice que es solamente la empleada, y que el dueño casi nunca aparece. Y que, de todas formas, no hace ni tres meses que compró la cafetería. Le pregunto si puede facilitarme su teléfono, pero me dice que no, no sin razón, que no puede hacerlo porque podría despedirla y necesita el trabajo.

Qué vida de mierda, está diciendo ella mientras trato de buscar algún motivo que pueda forzarla a entregarme el teléfono. Está señalando el televisor pequeño que cuelga en una esquina de la estancia. Ha desaparecido una mujer en la zona de Galeras. Tiene 31 años, su rostro en la pantalla es el de una muchacha morena y de pelo rizo, el rostro redondeado. Guapa. Pasaba por una mala racha, dice la voz en off.

Abandono a la camarera, que sigue hablando sola, y salgo de nuevo a la calle. Ni rastro del viejo.

 

Por las noches, los cuervos taladran mi ojo derecho. Noto la sangre corriendo por la mejilla, aunque igualmente me da la impresión de que el ojo ya está perdido y que la herida se prepara para cicatrizar. El dolor lacerante se ha vuelto sordo, leve, casi monótono, como el latido de un corazón dormido. Como el sonido de los golpes del bastón del viejo. De ese cielo negro, por momentos, veo caer una ceniza negra pero brillante, que viene de la boca oscurísima del Hekla.

Pero con el paso de los días, aparece un nuevo elemento en el sueño. Como una transición, que me hace levantarme del lugar en donde los cuervos picotean mi cuerpo. Es una fuerza que me empuja hacia el interior de un bosque. Desaparecida la playa, me sumo en una negrura tan intensa que creo flotar, hasta que empiezo a distinguir en el suelo un montón de estrellas caídas. Alumbran como luciérnagas blancas. A mi alrededor, los árboles parecen guardianes, fósiles. En el claro inundado de luz plata, hay una niña, o una mujer. Que murmura.

Espero, dice. Una y otra vez.

Mientras me acerco a ella, para ver su rostro, despierto. Siempre.

 

En realidad, nunca me han gustado mucho los pájaros.

Una mañana descubro plumas negras en la cama, alrededor de mi cuerpo como si se tratasen de una ofrenda o de la decoración de un lecho de muerte. El acompañamiento fúnebre del cuerpo del chamán de la tribu.

Primero grito. Luego me pregunto qué es todo eso.

 

Pronto empiezo a temer dormirme, e intento atravesar la noche sin hacerlo. Por la mañana, agotado, duermo a ratos, a veces sin sueños. Para cuando soy capaz de comer algo y llega la tarde, vuelve a entrarme sueño, y para huir de él, camino hacia la cafetería Hekla y entro. Nunca pregunto nada, la camarera parece haberse olvidado de mí, y mientras pienso si me estoy volviendo loco o no, bebo café quemado. La cafetería casi siempre está vacía, a excepción de la camarera, que apoyada en sus codos, mastica chicle. Lleva siempre los labios embadurnados de carmín fucsia. A veces entra algún estudiante despistado para comerse una hamburguesa grasienta, tóxica y congelada, acompañada por una Coca-cola y unas patatas fritas que, en realidad, parecen madera.

En mi esófago, el café abrasador.

Al caer la luz del día, el sueño se me va, y enfrento una nueva noche temiendo a los cuervos, y al viejo.

 

Supongo que sí que me estoy volviendo loco.

 

Durante una de esas tardes de cafetería, escribo sobre una servilleta palabras sueltas: ‘hekla’, ‘anciano’, ‘cuervo’, ‘odín’, ‘ballena’, ‘cafetería’, ‘bastón’, ‘islandia’. No sé por qué. En parte, ya me he acostumbrado al viejo que me ronda, incluso al cuervo que pica mi ojo, incluso también a la colosal y espectral visión del Hekla, la puerta del infierno, grabada a fuego en mi mente: es la puerta de mi infierno.

A lo que no me acostumbro es a la esa mujer que, en mi sueño, llora y murmura: Espero.

¿Qué espera?

 

Estoy huyendo del sueño en una Compostela vacía. He rodeado el casco viejo por Galeras, y estoy en el parque que rodea lo que un día fue el campus norte de la ciudad pero que un atentado terrorista, hace unos años, destrozó. Ahora solamente quedan edificios derruidos, y casi nadie pone un pie ahí, como si se hubiese recubierto de una pátina de infortunio. A mí, en cambio, me gusta. Me tranquiliza el aspecto triste de los edificios medio caídos, así como el riachuelo que corre entre ellos. En los estanques aún viven algunos gansos, como los que ladran a los aviones en Reykjavík, y hay una hondonada en la que adolecen dos mesas de ping-pong de cemento pintado, hojas caídas y una pequeña capilla en donde casi siempre alumbra una vela roja. A veces me quedo sentado en las mesas de ping-pong, pero hoy entro en la capilla, impulsado por algo que no sé qué es, porque lo cierto es que últimamente no me siento y la intuición es lo que único que flota en este mar agitado que es mi mente.

Delante de los bancos, un icono de la Virgen llora sangre. La luz de las velas mueve las sombras. No le he escuchado entrar, pero el anciano se ha sentado a mi lado. Nos une un temblor magnético. Como si hubiese un hilo de electricidad estática entre nosotros.

Empieza a hablar en una lengua extraña que no conozco pero de la que entiendo dos palabras aisladas y cristalinas: mujer, espero.

 

Supongo que hay tratos que no se verbalizan, tácitos, y que ni siquiera han de comprenderse para cumplirse. El viejo ha puesto su mano sobre la mía, me ha recorrido un largo escalofrío, y luego noto el aire que se enfría dentro de mis pulmones.

Después, el viejo recoge su bastón y se va. Al desaparecer, siento el aire agitándose. Cuando me levanto, las velas se apagan de golpe, como si alguien hubiese soplado sobre ellas.

 

Termino durmiéndome en el sofá, agotado. Acostumbrado a los vívidos sueños que llevan meses destrozándome, el sueño difuso y deslavazado que me acosa rozando el amanecer resulta inquietante. Mezquino en detalles, profuso en sensaciones, acompañado de escalofríos y temblores, y olores, caricias de desconocidos, pelo arrancado con precisión, un algo removiéndose en el bajo vientre. También, un dolor fugaz en la punta de un dedo del pie.

Me despierto porque alguien grita. Al abrir los ojos, me uno al grito, y ambos se funden en uno solo.

 

Es una pulsión que no entiendo la que me empuja a la calle. Hoy es martes. No, lunes. Los estudiantes duermen profundamente los excesos del fin de semana, en las casas habitadas por familias las luces se apagan pronto, transformadas en el resplandor azul de los televisores. El cansancio de enfrentar una nueva semana. Está lloviznando y los turistas se resguardan en sus hoteles. Me pregunto, al salir por el portal, si en Reykjavík también está lloviendo. Y si Surtur, el demonio travieso del Hekla, está tocando su tambor.

Voy cayendo hacia Galeras. En las farolas hay carteles de la muchacha desaparecida. El novio es el principal sospechoso. La violó y la mató, he escuchado decir a muchas mujeres en las calles. Mis pasos resuenan en el vacío de esta avenida muerta, rebotan en las paredes del hospital viejo, en las entradas de los garajes, en los cajeros automáticos. Doy dos saltos sobre un charco para entrar en el jardín, supero el riachuelo, ese mismo que mucho más arriba cruza las ruinas del campus norte. No hay rastro alguno del viejo. Ni tampoco de los cuervos. Siento, casi, como si algo se hubiese desprendido de mí.

Las pisadas teñidas de rojo son un elemento nuevo, ilustran el trazo de unos pasos fosforescentes en la penumbra nocturna. Dejo atrás las últimas casas aisladas, y los paseos para todos los preocupados por los niveles del colesterol, y me interno en la ribera de un río mayor y más cerrado cuya vegetación luce casi morada. Estoy empapado por esa lluvia mansa que cae sobre mí. El sonido del río, por momentos apurado, me calma. Es una canción bonita, con ritmo pero sin estribillo.

Mujer, espero.

Encuentro el cadáver entre dos árboles, medio oculto entre matorrales. Las aguas lo lamen. Más allá hay una casa en ruinas, abandonada entre la maleza devoradora. Hay también un banco de piedra. Hay un mochuelo silencioso en lo alto de una rama, blanco y fantasmal, ojos brillantes. El cuerpo está hinchado, algo azulado y en un ángulo extraño, los hombros alzados como si alguien estuviese estrujándola con un abrazo muy fuerte. Sus rodillas dobladas alzan las plantas de los pies, que me miran. Chorrean sangre muy roja.

Es tan roja, de hecho, que parece que en lugar de chorrear hacia el suelo, se transforma en burbujas que flotan en el aire antes de ascender más allá de la cubierta de árboles.

Mujer, espero.

 

Está a mis espaldas, ahora sí, y le encaro. Observo su único ojo sano, el izquierdo, y su sombrero, que oscurece un rostro casi invisible. Los cuervos están sobre nuestras cabezas, el mochuelo ha huido. Distingo un atisbo de sonrisa en la cara del viejo. El intercambio está listo. Me tiende su bastón. Asintiendo, lo agarro con mi mano derecha y noto el tacto nudoso y suave de la madera gastada en la yema de mis dedos.

Luego, el viejo da la vuelta y echa a andar, desvaneciéndose en el aire. Sé que ha llegado la hora, y que los lugares se han cambiado.

Quién me lo iba a decir.

 

fIN

 

Nota del autor. Es cierto que existe una cafetería llamada Hekla en la calle República de Chile, en Santiago de Compostela, pero es mentira que entrase a preguntar el porqué de su nombre (me faltó descaro periodístico). Lo hice a través de su página de Facebook, y quien fuese su responsable, vio mi pregunta y decidió ignorarla. A su indiferencia respondí yo con un lacónico: Lamento que no quieras colaborar conmigo. Escribiré sobre el tema de todas formas. Y lo he hecho usando las leyendas del Hekla que he podido encontrar en la red, así como un caos poco controlado y bastantes dosis de onirismo. Culpo de ello a la falta de horas de oscuridad. Lamentablemente, también es cierto que una mujer desapareció en la zona de Galeras, en Compostela, en los días en que escribía este texto, y cuyo cadáver ya apareció aunque las circunstancias de su muerte siguen siendo un misterio. También es cierto, finalmente, que se espera la erupción del Hekla desde hace ya unos años, y que temblores recientes indican que podría estar acercándose. Llamadme masoquista, pero espero que me toque verla en directo. Por si aparece Surtur, u Odín.

 

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2 comentarios en “informe HEKLA

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