Cuentos leves XXI

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Y le tenían por un intelectual… Nada de eso. Mi hermano era un farsante. Se pasaba las semanas entre la única librería del pueblo, en la cual se compraba al menos una docena de libros; y la biblioteca, de donde cada lunes sacaba otros tantos. La inmensa mayoría eran clásicos imperdibles, y tanto la bibliotecaria como la librera estaban encantadas. Y mientras esta gran avidez crecía, también lo hacían los rumores: que si era un intelectual (Como mínimo, pensaba yo); que si la universidad le tenía a sueldo como analista (Ojalá); que si colaboraba con importantes editoriales, como corrector, y también con periódicos y revistas (bajo pseudónimo, claro, Umbral, Sánchez Dragó); que si preparaba una novela que transformaría la literatura del siglo XXI (como si esta no hubiera nacido muerta…). Pero la realidad era otra. Mi hermano sufría una versión literaria del síndrome de Diógenes, y acumulaba todos esos libros en su habitación, formando enormes y trémulas columnas que rozaban el techo, que rellenaban el hueco bajo la cama o el armario, que cubrían el escritorio e incluso se encaramaban al cajón de la persiana. Mi hermano era un Ignatius Reilly a la gallega, y resultaba todo tan cómico que ni siquiera era consciente de los rumores que generaba. Así que jamás comprendió las asombradas miradas de admiración que generaba en los vecinos. Lo cual me convence, una vez más, de que nada es lo que parece en esta vida.

 

Lee los demás Cuentos leves aquí.

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