El romanticismo de la ciencia bizarra

Me hace gracia encontrar según qué en los cajones menos habituales de la ciencia, lugares que uno se imagina oscuros, húmedos y marginales como el despacho de Fox Mulder en los sótanos de la central del FBI. Bizarradas de cuidado que incluso a los metidos en materia les hacen enarcar las cejas, mirar con cierta desconfianza a los lados, haciéndose la pregunta: ¿de veras hay alguien que estudia eso? Y la respuesta es sí, hay científicos titulados y serios, con un buen currículum y con una vida por lo demás bastante normal, que se ocupan de estudiar maravillas como ese característico olor que emana la tierra cuando llueve después de un tiempo.

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Inciso: no me digáis que los científicos locos no son geniales, y que aunque poco acordes con la realidad, despiertan en nosotros un tiempo pasado en que el mundo era un poquito más misterioso y, por qué no decirlo, más romántico. Tome la forma que tome, la figura del científico loco forma parte de nosotros y nuestra cultura: el profesor Bacterio, el mismísimo Dr Brown de Regreso al futuro, Mister Beakman, los profesores Frink o Huber Farnsworth de Los Simpson y Futurama; por no ponernos decimonónicos y mentar al Dr Jekyll de Stevenson.

Todo esto viene a cuento de un artículo científico que me encontré hace unas semanas (no preguntéis cómo: es cierto que dios los da y ellos se juntan, aunque hablar de dios en un artículo sobre ciencia, aunque bizarra, da repelús), titulado Thanatotranscriptome: genes actively expressed after organismal death. Todo el texto habla de genes que se expresan una vez estamos muertos, cuando se supone que, mal que bien, todo ha terminado ya y la función corresponde a gusanos y bacterias. Pues no, para nuestro cuerpo la cosa termina por barrios, y del mismo modo que cuando el barco se hunde hay un capitán que se queda dentro, todo un aparataje genético se pone en marcha cuando llega el ¿fin?. Bonito, ¿no? Que haya gente en institutos como el Pasteur o el Max Planck estudiando estas cosas, a mí me da entre miedo y vértigo. En mis días de facultad, no era el único que pensaba que el mundo podía darse por jodido si dejaban mandar a los científicos.

El artículo sobre el tanatotranscriptoma me recordó, por cierto, a otro que leí hace años cuando ya me interesaba mucho la ciencia bizarra, y que hablaba de la inauguración de una nueva subrama llamada degradómica. El que piense que en ciencia no hay modas, está muy equivocado, y ya desde hace más de una época, está de moda añadir el sufijo –ómica a diferentes y más o menos novedosas ramas de la ciencia (genómica, proteómica, transcriptómica, etc). La degradómica, según decía aquel artículo, se dedicaba a estudiar los procesos que estaban detrás de la degradación de los compuestos de nuestra vida cotidiana. Y, concretamente, en qué procesos químicos se estaban produciendo cuando un libro se hacía viejo y olía precisamente a eso, a viejo. Me recuerdo a mí mismo pensando en la practicidad de semejante estudio, y en que era debido a estudios semejantes que un montón de cenutrios se sentían llenos de razón al afirmar que se invertía mucho en ciencia. Menos mal que la practicidad de la ciencia es algo muy relativo, y que es complicado, en ocasiones, explicar a los no iniciados los entresijos de determinados estudios. Yo mismo viví en mis carnes la dificultad de explicarle a personas sin formación científica qué coño hacía en la universidad con fondos públicos. El intento siempre es inútil: les ves mirarte a los ojos, para luego desviar la mirada a algún lugar en el horizonte, incapaces de comprender. Algunos solamente preguntan por educación, supongo. Así que ahora mismo estoy imaginándome a ese pobre doctorando que llega a casa de sus padres y trata de explicarles que lo que estudia son los genes de la gente cuando muere. Me imagino también (que imaginación me sobra) al arquetípico cabeza de familia mirando profundamente a su hijo, preguntándose qué coño hizo mal y por qué su niño no quiso estudiar medicina.

Servidor vivió una fase terriblemente conspiranoica y bizarra, en la adolescencia, fase que todavía se me arrastra por detrás como la capa demasiado larga de un superhéroe, y supongo que es por eso que este tipo de informaciones se tropiezan conmigo. La búsqueda de la verdad puede tomar muchas y diversas formas, y a mí me gusta ir hacia las fronteras para ver qué hay allí. Pero, aclaro, mis fuentes no son dudosas páginas sudamericanas con fallos de ortografía, ni ninguna web con un diseño ciberpunk. Tampoco frecuento gurús de voz grave en videos de youtube. Ante todo, seriedad. Todas estas bizarradas que menciono con el romanticismo del misterio, las busco y encuentro en el mayor archivo de artículos científicos, el mismo que se usa para referenciar la bibliografía de cualquier tesis doctoral o trabajo que se precie: Pubmed. En ese gran cajón del saber científico de nuestros tiempos hay de todo, literalmente, y las bizarradas se adhieren a los bordes del cajón con la tenacidad de las garrapatas (quizá, mal ejemplo). Aunque no lo parezca, también mueven a la ciencia hacia delante, haciéndola innovadora y dinámica. En el mundo hay científicos que tratan de curar el cáncer, o el Alzheimer, otros se devanan los sesos para fabricar las prótesis más increíbles o en desarrollar vehículos espaciales que puedan viajar fuera del Sistema Solar; y otros se dedican a cosas tan maravillosas como intentar que las abejas fabriquen una miel a partir de la resina de marihuana, con fines terapéuticos; a modificar el aceite de orégano para usarlo como combustible; a investigar por qué hay un minúsculo bichito que, contradiciendo los pilares de la ciencia, es capaz de realizar la fotosíntesis y alimentarse de la luz (Elysia chlorotica); a intentar averiguar que modificaciones genéticas se producen cuando un yogui medita; o a tratar de elucidar por qué hay tantas tendencias homosexuales entre los pingüinos antárticos.

Todas estas investigaciones podrían parecer inútiles, o incluso risibles, absurdas, pero conforman un cuerpo de avance, un auténtico ariete científico que muchas veces es ninguneado por la ciencia más convencional, precisamente también la más financiada por la industria. Pero a mi modo de ver, son el trabajo de personas que con rigor llevan la ciencia a lugares en donde nadie antes se había atrevido a meter el hocico. Perlas de la ciencia que, además, merecen ver la luz, porque un día la acupuntura fue tachada de pura superstición, pero hoy, científicos tan bizarros como los responsables de todas las investigaciones que he mencionado, han descubierto que existen centros neuronales hasta ahora no conocidos, y que siguen de forma muy precisa los meridianos y puntos que los chinos conocían ya hace miles de años.

Así que la próxima vez que te preguntes por qué coño el gobierno está financiando según que cosa, apela a la prudencia porque quizá esa investigación pueda salvarte la vida mañana. E incluso si no fuese así, como poco, te informo desde ya que se malgasta dinero en cosas mucho peores que en estudiar qué hace que un libro huela a viejo.

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