El recuerdo de la trascendencia

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¿Cuál es la naturaleza exacta de lo que nos mueve, nos impulsa, a cambiar?

Hace un par de semanas me tropecé, juro que de casualidad (que es la palabra que utilizamos para designar todas aquellas coincidencias bizarras que no podemos comprender), con mi antiguo y primer blog, La llamada de la trascendencia, que funcionó desde 2010 hasta mediados de 2013, y representó mi primer intento organizado y meditador de asaltar la red con mis textos. Hasta entonces, me limitaba a compartir lo que escribía con algunas personas cercanas, gente a la que le gustaba leerme. La llamada de la trascendencia significó mucho más de lo que en su momento creí, aunque no dejó de ser un paso adelante, pequeño, alzar un poquito la voz de entre tantas voces alzadas en la red. De hecho, lo veo, hoy, como un acto de significancia personal más que otra cosa. La comunidad bloguera y literaria ni se enteró, eso por supuesto, pero para mí significó establecer una constancia y meticulosidad en el acto de escribir. Los textos pasaron a habitar mi aura más privada a saltar a la red, en donde cualquiera podía acceder a ellos, de modo que fui más consciente de que, aunque la escritura automática es maravillosa, y mi modalidad preferida, la revisión mejora, no en pocos casos, el impulso inicial que empuja a escribir. Un escritor ha de ser, necesariamente, también un pulidor. Así fue como me convertí, poco a poco, en editor de mí mismo.

Como suele ocurrir en la vida, La llamada de la trascendencia me dio muchas cosas, pero un día sentí que moría, que desfallecía e iba siendo arrinconado en mi vida cotidiana. Aunque seguía escribiendo todos los días, o casi todos, empecé a publicar con menos frecuencia y, finalmente, tras una larga sesión de cervezas en la mágica zona vieja compostelana, decidía que ya no más, y lo cerré. Permaneció abierto durante un tiempo, para que cualquiera que quisiera pudiese seguir accediendo a los textos (y también por si me echaba atrás en mi decisión), pero terminé convirtiéndolo en un espacio privado a donde solamente yo podía acceder. Y así sigue.

Desde el momento en que La llamada de la trascendencia cerró, a mediados de 2013, caí a la oscuridad literaria y mis textos volvieron a sus andanzas entre mi círculo de allegados. También me deshice de algunos prejuicios y comencé a enviar mis textos a concursos pero, sobre todo, a pequeñas editoriales que cumplían con los estándares que pretendía para mis textos. En la red, por el contrario, no apareció nada mío. Me había agotado la a veces tormentosa exhibición pública e las intimidades que todo escritor plasma en sus textos, y el silencio de las sombras me sentó bien. De La llamada de la trascendencia me había quedado con la definitiva costumbre de escribir todos y cada uno de los días de mi vida, de contemplar la escritura como un modo de comprender la realidad, y de revisar mis textos a pesar de que casi nadie fuese a leerlos. El modo en que actuamos, especialmente con nosotros mismos, dice mucho del respeto que nos tenemos, y también de cómo tendríamos que tratar a los demás. Cuidar mis textos, aunque nadie fuese a leerlos, era (y es) mi forma de respetarlos, y respetarme.

De modo que puedo decir que mi llamada a la trascendencia fue respondida, y la energía empleada, devuelta con creces en muchas formas distintas.

***

Y después de un tiempo, quizá no tanto como hubiese previsto, renacieron en mí las ganas de exponerme de nuevo. Quizá tuvo que ver en ello el tedio de un año medio muerto en la lluvia de una tierra húmeda como pocas, el olor de los hospitales y el polvo acumulado en las oficinas del paro; pero fuera como fuese, decidí que quería volver, y así nació Aullando, que a partir del título del famoso poemario de Allen Ginsberg, pretendía algo absolutamente literal: aullar en las redes. Incluso si, como suele pasar, no hay nadie para escuchar el aullido. Tengo la fortuna, sin embargo, de que algunas personas escuchan (leen), y esto no solamente me honra a mí o a Aullando, sino que honra al que fue el primer lugar en donde compartí textos que ahora lucen malísimos.

Hoy, recuerdo La llamada de la trascendencia.

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