Cuentos leves XXV

25

No fue hasta que llegó la policía que me di cuenta de que todo había ocurrido realmente, que no había sido una alucinación.

Ocurrió así: me encontraba sentado en un banco del vestuario, secándome el pelo y con el olor del cloro picándome en la nariz, cuando aparecieron un padre y su hijo pequeño, este dando unos pasitos cortos, rubio y adorable. Su padre era uno de esos padres hípster de hoy: barbaza y cara de haberse leído muchos manuales de educación alternativa. Empezaron a desvestirse. El padre le iba dando empujoncitos morales a su hijo para que no se les hiciese tarde, pero el crío estaba más ocupado en el complejo proceso de saltar del banco al suelo, y vuelta a empezar. Logró arrancarle las zapatillas y alinearlas junto a sus botas con un estudiado estilo Instagram, pero poco más. Lo normal: un niño empeñado en hacer cosas de niño. Entonces sobrevino lo que yo creí alucinación y contemplé con silencioso asombro. El padre agarró al niño por la cabeza y lo estampó contra la pared. Luego sangre y gritos finalmente aplacados, la furia dibujada en los ojos de un hombre fuera de sí. Todo eso no duró más de tres segundos, lo juro, suficientes para que el padre dejase caer al niño muerto al suelo, tras lo cual continuó desvistiéndose como si nada hubiera pasado. Bañador, gafas, gorro de baño.

Y sin mirarme, me dijo: A veces, no hay otra forma de que se queden quietos un rato, ¿eh?

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