El mar, de John Balville

Reconozco que empecé El mar, del irlandés John Balville, porque era un libro cortito. Es cierto que ya me sonaba su nombre, pero permanecía en el enorme montón de autores de obligada lectura que todo lector acérrimo posee sobre una mesita de noche muchas veces metafórica. Salir de este montón es pura arbitrariedad, y en este caso, la corta extensión de El mar la favoreció, pues no soporto leer libros largos en formato electrónico, el formato de los emigrados.

El mar, de John Balville

Y El mar resultó ser una agradable sorpresa y una gran novela, que a pesar de sus 224 páginas, no se lee rápido. Relata algo tan cotidiano como el doloroso enfrentamiento de un viudo reciente con la memoria de su propia vida, y en el pueblo en donde veraneaba cuando era un adolescente. El discurso, en forma de largo soliloquio lánguido de diálogos, es un amargo discurrir del protagonista por sus memorias más recientes (la enfermedad y muerte de su pareja) y más antiguas (un verano especialmente trascendente de su adolescencia), huyendo de tópicos y de sentimentalismos baratos, y por tanto, de lo fácil. La órbita de la novela rodea un sol que es la búsqueda de la identidad a través de la naturaleza plástica de la memoria. Y a ese protagonista, Max Morden, Balville lo dibuja/construye de forma casi artesanal, haciéndole formar parte de esa raza de protagonistas usados por sus autores para, en el proceso de contar su historia, comprender lo que la historia en sí misma significa. Un ser perdido que busca algo que ha perdido y que probablemente ya no pueda recuperar, que intenta empaparse de esos lugares que en su niñez y adolescencia significaron algo pero ahora, tras el paso de las décadas, solamente le regalan un poso amargo y melancólico: paisajes veraniegos a destiempo en una localidad costera, pensiones ancladas en el pasado y con la pátina de lo antiguo sobre el mobiliario y las personas, el fondo ubicuo de una botella de licor. La contraposición de memorias dibuja un paisaje emocional opresivo y doloroso: el verano eterno de nuestros años de juventud vs el otoño melancólico de la vida adulta; la dulzura confusa de los primeros besos vs la amargura de los besos perdidos; la compañía vs la soledad. Max Morden convertido en un merodeador.

Banville nos conduce por esta historia de orden interno particular mediante frases sinuosas, fabulosamente nostálgicas, poco autocomplacientes y de tendencia abstracta. Funciona más a través de las imágenes que de las metáforas, echando mano de lo atávico que permanece en el fondo de nuestro cerebro: aromas, sabores, sonidos. Un ritmo pausado que hace que las páginas transcurran con la lentitud de un río en su estuario, como en un largo crepúsculo y metiéndonos por el pecho las emociones que destrozan a su protagonista: pena, rebeldía, ofuscación, arrepentimiento, inevitabilidad. Por momentos, la habilidad técnica de Banville me ha recordado a la de otros novelistas sublimes, como el Cormac McCarthy de Meridiano de sangre, aunque aquí el autor irlandés utiliza su virtuosismo para alejarse de la fantasía e instalarse en la introspección más honda.

Es, pues, una novela bella, dura y absolutamente recomendable

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Un comentario en “El mar, de John Balville

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