Esto va a ir en un volado

Esto va a ir en un volado, murmuró mirando el fondo de la taza de té, donde fragmentos de hojitas se mecían suavemente. La mesa de la cocina vibró un momento al paso de un bus urbano. Su mujer, a un lado, mordisqueaba una galletita de chocolate, aunque el oncólogo le había recomendado expresamente que huyera de los hidratos de carbono como de la mismísima muerte. Qué expresión tan desafortuanda, pensó.

¿El qué?, preguntó ella, alzando la cabeza y mirándole con un tiste intento de sonrisa.

La vida, pensó él, pero no se atrevió a decirlo, porque la que se moría era ella y no él. Tenía la impresión de que la vida se diluía, desaparecía entre sus dedos, igual que la frontera entre memoria y presente.

¿Mmm?, insistió ella, terminando la galleta y cogiendo otra del paquete.

El hombre se encogió de hombros, miró de nuevo el fondo de la taza, dio un sorbo. Todo ocurría a una velocidad indescriptible, irreal, absurda incluso.

Ella debió comprender lo que pasaba por su cabeza, o que, definitivamente, algo le pasaba, pero no dijo nada y solamente le puso la mano sobre la suya, cubriéndola. Pensó que se echaría a llorar, pero aguantó.

El instante se alargó hasta que la mesa vibró de nuevo, otro bus, y sus manos se separaron y la mañana siguió su curso natural. Como todas las cosas.

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