Cuentos leves – XXVIII

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A la mínima me largo. Ellos no lo saben, creen que estas rejas en las ventanas y en la puerta sirven de algo, pero se equivocan, porque cada día que pasa estoy más cerca de escaparme. En concreto, estoy más cerca con cada bandeja de papel de plata que me traen con las comidas, tres veces al día. Al irse y dejarme a solas, tiro la comida por el retrete y con el papel de aluminio tallo diminutas esferas. Se trata de un material perfecto, y ya tengo al menos mil guardadas en el armario, bajo las mantas. Cuando llegue el momento, y no falta mucho, activaré el mitraltrón y las esferas se acoplarán hasta formar la nave. He hecho y rehecho los cálculos para que el artefacto quepa dentro de esta nauseabunda habitación de psiquiátrico, no quiero derribar ninguna pared ni herir a nadie. Ya he decidido, además, que lo haré por la noche. Me meteré dentro de la nave y volveré a mi planeta. Ya me he cansado de los seres humanos y su incomprensión, su desdén, su falta de miras. También de su cuerpo, que me resulta notablemente incómodo. Así que ya no hay vuelta atrás, es sólo una cuestión de tiempo.

Toc, toc.

Ahí llega otra bandeja. Tontos ignorantes.

 

Lee los demás Cuentos leves aquí.

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