¿Exhibicionismo u obra maestra? ¿Ambas?; La muerte del padre, de Karl Ove Knausgård

Estos días escribía sobre Everybody wants some, de Richard Linklater. Digo esto porque, en algún momento de lucidez, he encontrado un improbable punto de conexión entre la película y el primer volumen de la serie Mi lucha, de Karl Ove Knausgård, titulado La muerte del padre. Ambas consiguen remover algo insertado muy hondo en nuestro espíritu, y es esa capacidad la que diferencia (en parte) a creaciones literarias de obras maestras.

La muerte del padre, de Karl Ove Knausgård

La muerte del padre (serie Mi lucha), de Karl Ove Knausgård

 

En el caso de Knausgård, que es el que me ocupa, todo el ruxe-ruxe (que es como en gallego llamamos al runrún) generado alrededor del mastodóntico proyecto del escritor noruego me hizo desconfiar. Servidor no cae fácilmente en las modas (o cae con todo el equipo), y a pesar de comentarios de amigos, reseñas y demás intuiciones, no las tenía todas conmigo. Así que cuando finalmente me enfrenté a la novela, lo hice con esa mezcla de nervios y expectativas que todo lector siente cuando se enfrenta a algo grande y desconocido. Es, en muchos sentidos, como enamorarse. Y, como en todo enamoramiento, siempre cabe la posibilidad de salir decepcionado.

Sin embargo, la novela de Knausgård es soberbia, por no embarullarme en una larga cadena de grandilocuentes epítetos.

El autor noruego se embarcó en 2009 en un proyecto que ha acabado conformando una serie de seis novelas que en total superan las 3500 páginas y que le han catapultado a la fama. Hasta un 10% de población noruega le ha leído, ahí es nada. Lo que viene a llamarse todo un fenómeno literario. A día de hoy, Knausgård es una auténtica rockstar, y en esta primera novela, la que sentó las bases de su proyecto, narra la tormentosa relación con su padre, con un exhibicionismo muy crudo, y lo que en él se generó cuando este murió en condiciones más bien desagradables.

Knausgård saca a la luz una temática universal que puede remover a cualquiera, puesto que todos tenemos un padre y su influencia en nosotros es brutal, por ausencia o por presencia. El exhibicionismo destruye la intimidad familiar y traspasa las barreras de la ficción, puesto que, además, el noruego escribe su vida como si fuera pura ficción, con una aproximación estratégica similar y una seriedad incuestionable, se desnuda y nos ofrece sus memorias como en sacrificio. Qué hijo de puta, recuerdo que pensé a las primeras páginas, sintiéndome un intruso en vidas ajenas… y palpando la maestría.

Su serie de novelas le ha granjeado no pocos problemas con su familia, especialmente con sus tíos y su exmujer, mientras la crítica le iba alabando y comparando incluso con figuras de la talla de Proust y su tiempo perdido. Sin embargo, la prosa de Knausgård es austera, y mucho más asequible que la del francés, se vuelve incluso tediosa en algunos pasajes y, gracias a sus formas, te hace avanzar envolviéndote hasta que te encuentras acelerado y devorando páginas. La forma sublime en que transmite lo cotidiano, lo banal (“Ocurren un montón de cosas en la pequeña vida cotidiana, pero lo que ocurre, ocurre todo el tiempo dentro del mismo marco, y eso, más que ninguna otra cosa, ha cambiado mi imagen del tiempo”), entremezclado con lo trascendente (“Lo único que me ha enseñado la vida es a soportarla, nunca a cuestionarla, y a quemar en la escritura los deseos generados”), está a la altura de un gran cirujano. Abundan las digresiones entre el Knausgård adulto y el que fue, el recuerdo de sí mismo, y pese a algún altibajo, la novela arrasa en casi todas sus partes, especialmente en cuanto el autor y su hermano han de enfrentarse a los pormenores del funeral de su padre. Y sobre todo esto, capas de frustración, melancolía y desafío, depositadas sobre la narración como una seda finísima. Del campo de batalla no se escapan tampoco la culpa, la vergüenza, la rabia, la incomprensión. Todo lo que Knausgård nos regala es su camino de auto-comprensión, de conocimiento de sí mismo, y remueve porque es el mismo camino que todos transitamos. No voy a negar que, por momentos, la lectura me ha llegado a resultar desagradable.

 

Hoy, Knausgård es comparado con los más grandes, empieza incluso a aparecer en las quinielas del Nobel, la crítica mayor y menor le adoran, y hace intensas giras promocionales. Me sorprende y no me sorprende, puesto que es cierto que el mundo editorial se mueve también con las modas y está ávido de fenómenos así. Lo cual no oculta el hecho de que se presenta ante nosotros una obra maestra, colosal, atrevida y desgarradora.

Me despido con la frase que el autor noruego soltó en una de sus entrevistas: “La literatura es lo que las palabras despiertan en el lector”. En ese sentido, y en muchos otros, La muerte del padre es casi insuperable

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4 comentarios en “¿Exhibicionismo u obra maestra? ¿Ambas?; La muerte del padre, de Karl Ove Knausgård

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