Cuentos leves – XXX

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Hay muchas teorías. Que si en el centro del Atlántico, que si entre las Columnas de Hércules, que si en la Antártida, que si Doñana. Pero a mí no me cuelan, conozco la verdad porque la descubrí una noche en el río de mi pueblo, aquí en las Rías Baixas. Era un lunes para martes, y desvelado por el insomnio, como de costumbre, fui a dar un paseo por el pueblo vacío. Siempre termino esos paseos en el jardín y su malecón de bancos de piedra. El río pasa ahí con mucha calma, y a esas horas todo resultaba pacífico. Luna creciente sobre las aguas, que de pronto se vieron agitadas. Supuse que se trataba de una trucha, a veces sacan la cabeza fuera del agua como para boquear nuestro mundo. Pero no, se trataba de un bulto vagamente redondeado y mucho mayor que una trucha, y que con unas raras extremidades adosadas, iba moviéndose hacia la orilla contraria con un movimiento lento y serpentino. Su piel, o la superficie que le recubría, tenía un fulgor aceitoso y el agua resbalaba por él como si fuese una nutria. No me miró en ningún momento, así que no sé si aquella cosa tenía rostro. Terminó por desaparecer entre los juncos, y yo volví a casa y tardé en caer en la cuenta de que probablemente se trataba de un atlante, y que la verdadera Atlántida, por tanto, se había quedado sumergida bajo mi pueblo, en la húmeda Galicia. Por la mañana, mi madre me dijo que eso era una completa idiotez, pero yo sé lo que vi. Sé que es cierto.

 

Lee los demás Cuentos leves aquí.

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